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VIAJE APOSTÓLICO
DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
A AUSTRIA
CON OCASIÓN DEL 850 ANIVERSARIO
DE LA FUNDACIÓN DEL SANTUARIO DE MARIAZELL
CEREMONIA DE DESPEDIDA
DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Aeropuerto de Viena
Domingo 9 de septiembre de 2007
Honorable señor presidente federal:
Al despedirme de Austria, al final de mi peregrinación con ocasión del 850°
aniversario del santuario nacional de Mariazell, repaso mentalmente con corazón
agradecido estas jornadas ricas de experiencias. Siento que este país tan
hermoso y sus habitantes han llegado a ser para mí aún más familiares.
Doy las gracias de corazón a mis hermanos en el episcopado y al Gobierno, así
como a todos los responsables de la vida pública y, no por último, a los
numerosos voluntarios que han contribuido al éxito de la organización de esta
visita. Deseo a todos una abundante participación en la gracia que nos ha sido
concedida durante estos días. En particular a usted, honorable señor presidente
federal, le expreso con afecto mi agradecimiento personal por las palabras que
me ha dirigido en esta despedida, por haberme acompañado durante la
peregrinación y por todas sus atenciones. Muchas gracias.
He podido experimentar nuevamente Mariazell como un lugar particular de gracia,
un lugar que durante estos días nos ha atraído a todos hacia sí y nos ha
fortalecido interiormente para proseguir nuestro camino. El gran número de
personas que participaron con nosotros en la fiesta junto a la basílica, en la
ciudad y en toda Austria, nos debe animar a mirar con María a Cristo y a
afrontar llenos de confianza el camino hacia el futuro. ¡Qué bien que el viento
y el mal tiempo no han podido detenernos, sino que, en el fondo, han aumentado
ulteriormente nuestra alegría!
Ya al inicio, con la oración común en la plaza Am Hof, nos reunimos
superando los confines nacionales y comprobamos la generosa hospitalidad de
Austria, que es una de las grandes cualidades de este país.
¡Ojalá que la búsqueda de una comprensión recíproca y la formación creativa de
caminos siempre nuevos para favorecer la confianza entre los hombres y los
pueblos sigan inspirando la política nacional e internacional de este país!
Viena, según el espíritu de su experiencia histórica y de su posición en el
centro vivo de Europa, puede contribuir a ello, favoreciendo consiguientemente
la penetración de los valores tradicionales del continente, impregnados de fe
cristiana, en las instituciones europeas y en el ámbito de la promoción de las
relaciones internacionales, interculturales e interreligiosas.
En la peregrinación de nuestra vida de vez en cuando nos detenemos, agradecidos
por el camino recorrido; y, con vistas al camino que aún tenemos por delante,
esperamos y rezamos. También yo hice una etapa de este tipo en la abadía de
Heiligenkreuz. La tradición cultivada allí por los monjes cistercienses nos hace
remontarnos a nuestras raíces, cuya fuerza y belleza provienen, en el fondo, de
Dios mismo.
Hoy pude celebrar con vosotros el domingo, el día del Señor -en representación
de todas las parroquias de Austria-, en la catedral de San Esteban. Así, en esta
ocasión, me uní de modo particular a los fieles de todas las parroquias de
Austria.
Por último, para mí un momento conmovedor fue el encuentro con los voluntarios
de las organizaciones de ayuda, que en Austria son tan numerosas y variadas. Los
miles de voluntarios con quienes me encontré representan a los miles y miles de
compañeros que, en todo el país, con su disponibilidad a ayudar, muestran los
rasgos más nobles del hombre y hacen reconocible a los creyentes el amor de
Cristo.
La gratitud y la alegría colman en este momento mi corazón. A todos vosotros,
que habéis seguido estas jornadas, que os habéis esforzado y trabajado tanto
para que el denso programa pudiera desarrollarse sin dificultades, que habéis
participado en la peregrinación y en las celebraciones con todo el corazón, va
una vez más mi agradecimiento más sincero.
Al despedirme, encomiendo el presente y el futuro de este país a la intercesión
de la Madre de la Gracia de Mariazell, la Magna Mater Austriae, y a todos
los santos y beatos de Austria. Juntamente con ellos queremos mirar a Cristo,
nuestra vida y nuestra esperanza. Con sincero afecto os digo a vosotros y a
todos un cordialísimo "Dios os lo pague".
© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana
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