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VIAJE APOSTÓLICO DISCURSO DEL SANTO PADRE ENCUENTRO
CON LOS RELIGIOSOS, LAS RELIGIOSAS, LOS SEMINARISTAS Czestochowa, viernes 26 de mayo de 2006
Queridos religiosos, religiosas, personas consagradas, todos
vosotros que, movidos por la voz de Jesús, lo habéis seguido por amor; queridos
seminaristas, que os estáis preparando para el ministerio sacerdotal; queridos
representantes de los Movimientos eclesiales, que lleváis la fuerza del
Evangelio al mundo de vuestras familias, de vuestros lugares de trabajo, de las
universidades, al mundo de los medios de comunicación social y de la cultura, a
vuestras parroquias: Queridos hermanos, necesitamos un momento de silencio y recogimiento para entrar en la escuela de María, a fin de que nos enseñe cómo vivir de fe, cómo crecer en ella, cómo permanecer en contacto con el misterio de Dios en los acontecimientos ordinarios, diarios, de nuestra vida. Con delicadeza femenina y con "la capacidad de conjugar la intuición penetrante con la palabra de apoyo y de estímulo" (Redemptoris Mater, 46), María sostuvo la fe de Pedro y de los Apóstoles en el Cenáculo, y hoy sostiene mi fe y la vuestra. "La fe es un contacto con el misterio de Dios", dijo el Santo Padre Juan Pablo II (ib., 17), porque creer "quiere decir "abandonarse" en la verdad misma de la palabra del Dios viviente, sabiendo y reconociendo humildemente "cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos"" (ib., 14). La fe es el don, recibido en el bautismo, que hace posible nuestro encuentro con Dios. Dios se oculta en el misterio: pretender comprenderlo significaría querer circunscribirlo en nuestros conceptos y en nuestro saber, y así perderlo irremediablemente. En cambio, mediante la fe podemos abrirnos paso a través de los conceptos, incluso los teológicos, y podemos "tocar" al Dios vivo. Y Dios, una vez tocado, nos transmite inmediatamente su fuerza. Cuando nos abandonamos al Dios vivo, cuando en la humildad de la mente recurrimos a él, nos invade interiormente como un torrente escondido de vida divina. ¡Cuán importante es para nosotros creer en la fuerza de la fe, en su capacidad
de entablar una relación directa con el Dios vivo! Debemos cuidar con esmero el
desarrollo de nuestra fe, para que penetre realmente todas nuestras actitudes,
nuestros pensamientos, nuestras acciones e intenciones. En el Cenáculo los Apóstoles no sabían lo que les esperaba. Atemorizados, estaban preocupados por su futuro. Seguían experimentado aún el asombro provocado por la muerte y resurrección de Jesús, y estaban angustiados por haberse quedado solos después de su ascensión al cielo. María, "la que había creído que se cumplirían las palabras del Señor" (cf. Lc 1, 45), asidua con los Apóstoles en la oración, enseñaba la perseverancia en la fe. Con toda su actitud los convencía de que el Espíritu Santo, con su sabiduría, conocía bien el camino por el cual los estaba conduciendo y que, por tanto, podían poner su confianza en Dios, entregándose sin reservas a él, y entregándole también sus talentos, sus límites y su futuro. Muchos de vosotros habéis reconocido esta llamada secreta del Espíritu Santo y habéis respondido con todo el entusiasmo de vuestro corazón. El amor a Jesús, "derramado en vuestros corazones por el Espíritu Santo que os ha sido dado" (cf. Rm 5, 5), os ha indicado el camino de la vida consagrada. No lo habéis buscado vosotros. Ha sido Jesús quien os ha llamado, invitándoos a una unión más profunda con él. En el sacramento del santo bautismo habéis renunciado a Satanás y a sus obras, y habéis recibido las gracias necesarias para la vida cristiana y la santidad. Desde ese momento brotó en vosotros la gracia de la fe, que os ha permitido uniros a Dios. En el momento de la profesión religiosa o de la promesa, la fe os llevó a una
adhesión total al misterio del Corazón de Jesús, cuyos tesoros habéis
descubierto. Renunciasteis entonces a cosas buenas, a disponer libremente de
vuestra vida, a formar una familia, a acumular bienes, para poder ser libres de
entregaros sin reservas a Cristo y a su reino. ¿Recordáis vuestro entusiasmo
cuando emprendisteis la peregrinación de la vida consagrada, confiando en la
ayuda de la gracia? Procurad no perder el impulso originario, y dejad que María
os conduzca a una adhesión cada vez más plena. Queridos representantes de los nuevos Movimientos en la Iglesia, la vitalidad de vuestras comunidades es un signo de la presencia activa del Espíritu Santo. Vuestra misión ha nacido de la fe de la Iglesia y de la riqueza de los frutos del Espíritu Santo. Deseo que seáis cada vez más numerosos, para servir a la causa del reino de Dios en el mundo de hoy. Creed en la gracia de Dios que os acompaña, y llevadla al entramado vivo de la Iglesia y, de modo particular, a donde no puede llegar el sacerdote, el religioso o la religiosa. Son numerosos los Movimientos a los que pertenecéis. Os alimentáis de doctrina proveniente de diversas escuelas de espiritualidad, reconocidas por la Iglesia. Aprovechad la sabiduría de los santos, recurrid a la herencia que han dejado. Formad vuestra mente y vuestro corazón en las obras de los grandes maestros y de los testigos de la fe, recordando que las escuelas de espiritualidad no deben ser un tesoro encerrado en las bibliotecas de los conventos. La sabiduría evangélica, leída en las obras de los grandes santos y verificada en la propia vida, se ha de llevar de modo maduro, no infantil ni agresivo, al mundo de la cultura y del trabajo, al mundo de los medios de comunicación social y de la política, al mundo de la vida familiar y social. Para verificar la autenticidad de vuestra fe y de vuestra misión, que no atrae la atención hacia sí, sino que realmente irradia en torno a sí la fe y el amor, confrontadla con la fe de María. Reflejaos en su corazón. Permaneced en su escuela. Cuando los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, se dispersaron por todo el
mundo para anunciar el Evangelio, uno de ellos, Juan, el apóstol del amor, de
modo particular "acogió a María en su casa" (cf. Jn 19, 27). Precisamente
gracias a su profunda relación con Jesús y con María pudo insistir tan
eficazmente en la verdad de que "Dios es amor" (1 Jn 4, 8. 16). Yo mismo
quise tomar estas palabras como inicio de la primera encíclica de mi
pontificado:
Deus caritas est. Esta verdad sobre Dios es la más
importante, la más central. A todos aquellos a quienes resulta difícil creer en
Dios, les repito hoy: "Dios es amor". Sed vosotros mismos, queridos amigos,
testigos de esta verdad. Lo seréis eficazmente si permanecéis en la escuela de
María. Junto a ella experimentaréis vosotros mismos que Dios es amor y
transmitiréis su mensaje al mundo con la riqueza y la variedad que el mismo
Espíritu Santo sabrá suscitar.
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana
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