Queridos jóvenes:
Es una dicha encontrarme con vosotros aquí, en Colonia, a orillas del Rhin.
Habéis venido desde varias partes de Alemania, de Europa, del mundo, haciéndoos
peregrinos tras los Magos de Oriente. Siguiendo sus huellas, queréis descubrir a
Jesús. Habéis aceptado emprender el camino para llegar también vosotros a
contemplar, personal y comunitariamente, el rostro de Dios manifestado en el
niño acostado en el pesebre. Como vosotros, también yo me he puesto en camino
para arrodillarme, con vosotros, ante la blanca Hostia consagrada, en la que los
ojos de la fe reconocen la presencia real del Salvador del mundo. Todos juntos
seguiremos meditando sobre el tema de esta Jornada mundial de la juventud:
"Hemos venido a adorarlo" (Mt 2, 2).
Os saludo y os recibo con inmensa alegría, queridos jóvenes, tanto si venís de
cerca como de lejos, caminando por las sendas del mundo y los derroteros de
vuestra vida. Saludo particularmente a los que han venido de Oriente, como los
Magos. Representáis a las incontables muchedumbres de nuestros hermanos y
hermanas de la humanidad que esperan, sin saberlo, que aparezca en su cielo la
estrella que los conduzca a Cristo, Luz de las gentes, para encontrar en él la
respuesta que sacie la sed de sus corazones. Saludo con afecto también a los que
estáis aquí y no habéis recibido el bautismo, a los que no conocéis todavía a
Cristo o no os reconocéis en la Iglesia. Precisamente a vosotros os invitaba de
modo particular a este encuentro el Papa Juan Pablo II; os agradezco que hayáis
decidido venir a Colonia.
Alguno de vosotros podría tal vez identificarse con la descripción que Edith
Stein hizo de su propia adolescencia, ella, que vivió después en el Carmelo de
Colonia: "Había perdido consciente y deliberadamente la costumbre de rezar".
Durante estos días podréis recobrar la experiencia vibrante de la oración como
diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos amar.
Quisiera decir a todos insistentemente: Abrid vuestro corazón a Dios. Dejaos
sorprender por Cristo. Dadle el "derecho a hablaros" durante estos días. Abrid
las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso. Presentad vuestras
alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que él ilumine con su luz vuestra
mente y toque con su gracia vuestro corazón. En estos días bendecidos con la
alegría y el deseo de compartir, haced la experiencia liberadora de la Iglesia
como lugar de la misericordia y de la ternura de Dios para con los hombres. En
la Iglesia y mediante la Iglesia llegaréis a Cristo, que os espera.
A llegar hoy a Colonia para participar con vosotros en la XX Jornada mundial de
la juventud, me viene espontáneamente el recuerdo emocionado y agradecido del
siervo de Dios, tan querido por todos nosotros, Juan Pablo II, que tuvo la idea
brillante de convocar a los jóvenes de todo el mundo para celebrar juntos a
Cristo, único Redentor del género humano. Gracias al diálogo profundo que se ha
desarrollado durante más de veinte años entre el Papa y los jóvenes, muchos de
ellos han podido profundizar la fe, establecer lazos de comunión, apasionarse
por la buena nueva de la salvación en Jesucristo y proclamarla en muchas partes
de la tierra. Este gran Papa supo entender los desafíos que se presentan a los
jóvenes de hoy y, confirmando su confianza en ellos, no dudó en impulsarlos a
proclamar con valentía el Evangelio y ser constructores intrépidos de la
civilización de la verdad, del amor y de la paz.
Ahora me corresponde a mí recoger esta extraordinaria herencia espiritual que
nos ha dejado el Papa Juan Pablo II. Él os ha querido, vosotros le habéis
entendido y habéis correspondido con el entusiasmo de vuestra edad. Ahora, todos
juntos tenemos el cometido de llevar a la práctica sus enseñanzas. Con este
compromiso estamos aquí, en Colonia, peregrinos tras las huellas de los Magos.
Según la tradición, en griego sus nombres eran Melchor, Gaspar y Baltasar. Mateo
refiere en su Evangelio la pregunta que ardía en el corazón de los Magos:
"¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?" (Mt 2, 2). Su búsqueda
era el motivo por el cual emprendieron el largo viaje hasta Jerusalén. Por eso
soportaron fatigas y sacrificios, sin ceder al desaliento y a la tentación de
volver atrás. Esta era la única pregunta que hacían cuando estaban cerca de la
meta.
También nosotros hemos venido a Colonia porque hemos sentido en el corazón, si
bien de forma diversa, la misma pregunta que inducía a los hombres de Oriente a
ponerse en camino. Es cierto que hoy ya no buscamos a un rey; pero estamos
preocupados por la situación del mundo y preguntamos: ¿Dónde encuentro los
criterios para mi vida, los criterios para colaborar de modo responsable en la
edificación del presente y del futuro de nuestro mundo? ¿De quién puedo fiarme?
¿A quién confiarme? ¿Dónde está el que puede darme la respuesta satisfactoria a
los anhelos del corazón?
Plantearse dichas cuestiones significa reconocer, ante todo, que el camino no
termina hasta que se ha encontrado a Aquel que tiene el poder de instaurar el
Reino universal de justicia y paz, al que los hombres aspiran, aunque no lo
sepan construir por sí solos. Hacerse estas preguntas significa además buscar a
Alguien que ni se engaña ni puede engañar, y que por eso es capaz de ofrecer una
certidumbre tan firme, que merece la pena vivir por ella y, si fuera preciso,
también morir por ella.
Hay que saber tomar las decisiones necesarias
Cuando se perfila en el horizonte de la existencia una respuesta como esta,
queridos amigos, hay que saber tomar las decisiones necesarias. Es como alguien
que se encuentra en una bifurcación: ¿Qué camino tomar? ¿El que sugieren las
pasiones o el que indica la estrella que brilla en la conciencia? Los Magos, una
vez que oyeron la respuesta "en Belén de Judá, porque así lo ha escrito el
profeta" (Mt 2, 5), decidieron continuar el camino y llegar hasta el
final, iluminados por esta palabra. Desde Jerusalén fueron a Belén, es decir,
desde la palabra que les había indicado dónde estaba el Rey de los judíos que
buscaban, hasta el encuentro con aquel Rey, que es al mismo tiempo el Cordero de
Dios que quita el pecado del mundo. También a nosotros se nos dice aquella
palabra.
También nosotros hemos de hacer nuestra opción. En realidad, pensándolo bien,
esta es precisamente la experiencia que hacemos al participar en cada
Eucaristía. En efecto, en cada misa, el encuentro con la palabra de Dios nos
introduce en la participación en el misterio de la cruz y resurrección de Cristo
y de este modo nos introduce en la Mesa eucarística, en la unión con Cristo.
En el altar está presente aquel a quien los Magos vieron acostado entre pajas:
Cristo, el Pan vivo bajado del cielo para dar la vida al mundo, el verdadero
Cordero que da su vida para la salvación de la humanidad. Iluminados por la
Palabra, siempre es en Belén ―la "Casa del pan"― donde podremos tener ese
encuentro sobrecogedor con la indecible grandeza de un Dios que se ha humillado
hasta el punto de hacerse ver en el pesebre y de darse como alimento sobre el
altar.
Podemos imaginar el asombro de los Magos ante el Niño en pañales. Sólo la fe les
permitió reconocer en la figura de aquel niño al Rey que buscaban, al Dios al
que la estrella los había guiado. En él, cubriendo el abismo entre lo finito y
lo infinito, entre lo visible y lo invisible, el Eterno ha entrado en el tiempo,
el Misterio se ha dado a conocer, mostrándose ante nosotros en los frágiles
miembros de un niño recién nacido. "Los Magos están asombrados ante lo que allí
contemplan: el cielo en la tierra y la tierra en el cielo; el hombre en Dios y
Dios en el hombre; ven encerrado en un pequeñísimo cuerpo aquello que no puede
ser contenido en todo el mundo" (san Pedro Crisólogo, Sermón 160, 2).
Durante estas jornadas, en este "Año de la Eucaristía", contemplaremos con el
mismo asombro a Cristo presente en el Tabernáculo de la misericordia, en el
Sacramento del altar.
Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho de
saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la
Eucaristía. Sólo él da plenitud de vida a la humanidad. Decid, con María,
vuestro "sí" al Dios que quiere entregarse a vosotros. Os repito hoy lo que dije
al principio de mi pontificado: "Quien deja entrar a Cristo (en la propia vida)
no pierde nada, nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y
grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren de par en par las puertas de la
vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la
condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que
nos libera" (Homilía
en el solemne inicio del ministerio petrino, 24 de abril de 2005:
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de abril de 2005,
p. 6). Estad plenamente convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de
hermoso y grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria
de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo.
Os invito a que os esforcéis estos días por servir sin reservas a Cristo, cueste
lo que cueste. El encuentro con Jesucristo os permitirá gustar interiormente la
alegría de su presencia viva y vivificante, para testimoniarla después en
vuestro entorno. Que vuestra presencia en esta ciudad sea el primer signo del
anuncio del Evangelio mediante el testimonio de vuestro comportamiento y alegría
de vivir. Elevemos de nuestro corazón un himno de alabanza y acción de gracias
al Padre por tantos bienes que nos ha dado y por el don de la fe que
celebraremos juntos, manifestándolo al mundo desde esta tierra del centro de
Europa, de una Europa que debe mucho al Evangelio y a los que han dado
testimonio de él a lo largo de los siglos.
Ahora iré en peregrinación a la catedral de Colonia para venerar allí las
reliquias de los santos Magos, que decidieron abandonar todo para seguir la
estrella que los condujo al Salvador del género humano. También vosotros,
queridos jóvenes, habéis tenido o tendréis ocasión de hacer la misma
peregrinación. Estas reliquias no son más que el signo frágil y pobre de lo que
ellos fueron y vivieron hace tantos siglos. Las reliquias nos conducen a Dios
mismo; en efecto, es él quien, con la fuerza de su gracia, da a seres frágiles
la valentía de testimoniarlo ante el mundo. Cuando la Iglesia nos invita a
venerar los restos mortales de los mártires y de los santos, no olvida que, en
definitiva, se trata de pobres huesos humanos, pero huesos que pertenecían a
personas en las que se ha posado la potencia viva de Dios. Las reliquias de los
santos son huellas de esa presencia invisible pero real que ilumina las
tinieblas del mundo, manifestando el reino de los cielos que está dentro de
nosotros. Proclaman, con nosotros y por nosotros: "Maranatha"
―"Ven, Señor
Jesús"―. Queridos jóvenes, con estas palabras os saludo y os cito para la
vigilia del sábado por la tarde.
A todos, ¡hasta luego!
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Editrice Vaticana