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BENEDICTO XVI
MENSAJE URBI ET ORBI
Navidad, martes 25 de diciembre de 2007
«Nos ha amanecido un día sagrado: venid, naciones, adorad al Señor, porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra» (Misa del día de Navidad, Aclamación al Evangelio).
Queridos hermanos y hermanas:
«Nos ha amanecido un día sagrado». Un día de gran
esperanza: hoy el Salvador de la humanidad ha nacido. El nacimiento de un niño
trae normalmente una luz de esperanza a quienes lo aguardan ansiosos. Cuando
Jesús nació en la gruta de Belén, una «gran luz» apareció sobre la tierra; una
gran esperanza entró en el corazón de cuantos lo esperaban: «lux magna»,
canta la liturgia de este día de Navidad.
Ciertamente no fue «grande» según el
mundo, porque, en un primer momento, sólo la vieron María, José y algunos
pastores, luego los Magos, el anciano Simeón, la profetisa Ana: aquellos que
Dios había escogido. Sin embargo, en lo recóndito y en el silencio de aquella
noche santa se encendió para cada hombre una luz espléndida e imperecedera; ha
venido al mundo la gran esperanza portadora de felicidad: «el Verbo se hizo
carne y nosotros hemos visto su gloria» (Jn 1,14)
«Dios es luz –afirma san Juan– y en él no hay tinieblas» (1 Jn
1,5). En el Libro del Génesis leemos que cuando tuvo origen el universo, «la
tierra era un caos informe; sobre la faz del Abismo, la tiniebla». «Y dijo Dios:
“que exista la luz”. Y la luz existió» (Gn 1,2-3). La Palabra creadora de
Dios es
Luz, fuente de la vida. Por medio del Logos se hizo todo y sin Él no se
hizo nada de lo que se ha hecho (cf. Jn 1,3). Por eso todas las criaturas
son fundamentalmente buenas y llevan en sí la huella de Dios, una chispa de su
luz. Sin embargo, cuando Jesús nació de la Virgen María, la Luz misma vino al
mundo: «Dios de Dios, Luz de Luz», profesamos en el Credo. En Jesús, Dios asumió
lo que no era, permaneciendo en lo que era: «la omnipotencia entró en un cuerpo
infantil y no se sustrajo al gobierno del universo» (cf. S. Agustín, Serm
184, 1 sobre la Navidad). Aquel que es el creador del hombre se hizo hombre para
traer al mundo la paz. Por eso, en la noche de Navidad, el coro de los Ángeles
canta: «Gloria a Dios en el cielo / y en la tierra paz a los hombres que Dios
ama» (Lc 2,14).
«Hoy una gran luz ha bajado a la tierra». La Luz de Cristo es portadora de paz. En la Misa de la noche, la liturgia
eucarística comenzó justamente con este canto: «Hoy, desde el cielo, ha
descendido la paz sobre nosotros» (Antífona de entrada). Más aún, sólo la
«gran» luz que aparece en Cristo puede dar a los hombres la «verdadera» paz. He
aquí por qué cada generación está llamada a acogerla, a acoger al Dios que en
Belén se ha hecho uno de nosotros.
La Navidad es esto: acontecimiento histórico y misterio de amor, que desde hace
más de dos mil años interpela a los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar. Es
el día santo en el que brilla la «gran luz» de Cristo portadora de paz.
Ciertamente, para reconocerla, para acogerla, se necesita fe, se necesita
humildad. La humildad de María, que ha creído en la palabra del Señor, y que fue
la primera que, inclinada ante el pesebre, adoró el Fruto de su vientre; la
humildad de José, hombre justo, que tuvo la valentía de la fe y prefirió
obedecer a Dios antes que proteger su propia reputación; la humildad de los
pastores, de los pobres y anónimos pastores, que acogieron el anuncio del
mensajero celestial y se apresuraron a ir a la gruta, donde encontraron al niño
recién nacido y, llenos de asombro, lo adoraron alabando a Dios (cf. Lc
2,15-20). Los pequeños, los pobres en espíritu: éstos son los protagonistas de
la Navidad, tanto ayer como hoy; los protagonistas de siempre de la historia de
Dios, los constructores incansables de su Reino de justicia, de amor y de paz.
En el silencio de la noche de Belén Jesús nació y fue acogido por manos
solícitas. Y ahora, en esta nuestra Navidad en la que sigue resonando el alegre
anuncio de su nacimiento redentor, ¿quién está listo para abrirle las puertas
del corazón? Hombres y mujeres de hoy, Cristo viene a traernos la luz también a
nosotros, también a nosotros viene a darnos la paz. Pero ¿quién vela en la noche
de la duda y la incertidumbre con el corazón despierto y orante? ¿Quién espera
la aurora del nuevo día teniendo encendida la llama de la fe? ¿Quién tiene
tiempo para escuchar su palabra y dejarse envolver por su amor fascinante? Sí,
su mensaje de paz es para todos; viene para ofrecerse a sí mismo a todos como
esperanza segura de salvación.
Que la luz de Cristo, que viene a iluminar a todo ser humano, brille
por fin y sea consuelo para cuantos viven en las tinieblas de la miseria, de la
injusticia, de la guerra; para aquellos que ven negadas aún sus legítimas
aspiraciones a una subsistencia más segura, a la salud, a la educación, a un
trabajo estable, a una participación más plena en las responsabilidades civiles
y políticas, libres de toda opresión y al resguardo de situaciones que ofenden
la dignidad humana. Las víctimas de sangrientos conflictos armados, del
terrorismo y de todo tipo de violencia, que causan sufrimientos inauditos a
poblaciones enteras, son especialmente las categorías más vulnerables, los niños,
las mujeres y los ancianos. A su vez, las tensiones étnicas, religiosas y
políticas, la inestabilidad, la rivalidad, las contraposiciones, las injusticias
y las discriminaciones que laceran el tejido interno de muchos países, exasperan
las relaciones internacionales. Y en el mundo crece cada vez más el número de
emigrantes, refugiados y deportados, también por causa de frecuentes calamidades
naturales, como consecuencia a veces de preocupantes desequilibrios ambientales.
En este día de paz, pensemos sobre todo en donde resuena el fragor de
las armas: en las martirizadas tierras del Darfur, de Somalia y del
norte de la República Democrática del Congo, en las fronteras de Eritrea y
Etiopía, en todo el Oriente Medio, en particular en
Irak, Líbano y Tierra Santa, en Afganistán, en Pakistán y en
Sri Lanka, en las regiones de los Balcanes, y en
tantas otras situaciones de crisis, desgraciadamente olvidadas con frecuencia.
Que el Niño Jesús traiga consuelo a quien vive en la prueba e infunda a los
responsables de los gobiernos sabiduría y fuerza para buscar y encontrar
soluciones humanas, justas y estables. A la sed de sentido y de valores que hoy
se percibe en el mundo; a la búsqueda de bienestar y paz que marca la vida de
toda la humanidad; a las expectativas de los pobres, responde Cristo, verdadero
Dios y verdadero Hombre, con su Natividad. Que las personas y las naciones no
teman reconocerlo y acogerlo: con Él, «una espléndida luz» alumbra el horizonte
de la humanidad; con Él comienza «un día sagrado» que no conoce ocaso. Que esta
Navidad sea realmente para todos un día de alegría, de esperanza y de paz.
«Venid, naciones, adorad al Señor». Con María, José y los pastores, con los
Magos y la muchedumbre innumerable de
humildes adoradores del Niño recién nacido, que han acogido el misterio de la
Navidad a lo largo de los siglos, dejemos también nosotros, hermanos y hermanas
de todos los continentes, que la luz de este día se difunda por todas partes,
que entre en nuestros corazones, alumbre y dé calor a nuestros hogares, lleve
serenidad y esperanza a nuestras ciudades, y conceda al mundo la paz. Éste es mi
deseo para quienes me escucháis. Un deseo que se hace oración humilde y confiada
al Niño Jesús, para que su luz disipe las tinieblas de vuestra vida y os llene
del amor y de la paz. El Señor, que ha hecho resplandecer en Cristo su rostro de
misericordia, os colme con su felicidad y os haga mensajeros de su bondad.
¡Feliz Navidad!
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