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Queridos hermanos y hermanas
La Epifanía es una fiesta de la luz. «¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega
tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!» (Is 60,1). Con estas palabras del
profeta Isaías, la Iglesia describe el contenido de la fiesta. Sí, ha venido al
mundo aquel que es la luz verdadera, aquel que hace que los hombres sean luz. Él
les da el poder de ser hijos de Dios (cf. Jn 1,9.12). Para la liturgia, el
camino de los Magos de Oriente es solo el comienzo de una gran procesión que
continúa en la historia. Con estos hombres comienza la peregrinación de la
humanidad hacia Jesucristo, hacia ese Dios que nació en un pesebre, que murió en
la cruz y que, resucitado, está con nosotros todos los días hasta el fin del
mundo (cf. Mt 28,20). La Iglesia lee la narración del evangelio de Mateo junto
con la visión del profeta Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura: el
camino de estos hombres es solo un comienzo. Antes habían llegado los pastores,
las almas sencillas que estaban más cerca del Dios que se ha hecho niño y que
con más facilidad podían «ir allí» (cf. Lc 2,15) hacia él y reconocerlo como
Señor. Ahora, en cambio, también se acercan los sabios de este mundo. Vienen
grandes y pequeños, reyes y siervos, hombres de todas las culturas y pueblos.
Los hombres de Oriente son los primeros, a través de los siglos los seguirán
muchos más. Después de la gran visión de Isaías, la lectura de la carta a los
Efesios expresa lo mismo con sobriedad y sencillez: que también los gentiles son
coherederos (cf. Ef 3,6). El Salmo 2 lo formula así: «Te daré en herencia las
naciones, en posesión, los confines de la tierra» (Sal 2,8).
Los Magos de Oriente van delante. Inauguran el camino de los pueblos hacia
Cristo. Durante esta santa Misa conferiré a dos sacerdotes la ordenación
episcopal, los consagraré pastores del pueblo de Dios. Según las palabras de
Jesús, ir delante del rebaño pertenece a la misión del pastor (cf. Jn 10,4). Por
tanto, en estos personajes que, como los primeros de entre los paganos,
encontraron el camino hacia Cristo, podemos encontrar tal vez algunas
indicaciones para la misión de los obispos, a pesar de las diferencias en las
vocaciones y en las tareas. ¿Qué tipo de hombres eran ellos? Los expertos nos
dicen que pertenecían a la gran tradición astronómica que se había desarrollado
en Mesopotamia a lo largo de los siglos y que todavía era floreciente. Pero esta
información no basta por sí sola. Es probable que hubiera muchos astrónomos en
la antigua Babilonia, pero sólo estos pocos se encaminaron y siguieron la
estrella que habían reconocido como la de la promesa, que muestra el camino
hacia el verdadero Rey y Salvador. Podemos decir que eran hombres de ciencia,
pero no solo en el sentido de que querían saber muchas cosas: querían algo más.
Querían saber cuál es la importancia de ser hombre. Posiblemente habían oído
hablar de la profecía del profeta pagano Balaán: «Avanza la constelación de
Jacob, y sube el cetro de Israel» (Nm 24,17). Ellos profundizaron en esa promesa.
Eran personas con un corazón inquieto, que no se conformaban con lo que es
aparente o habitual. Eran hombres en busca de la promesa, en busca de Dios. Y
eran hombres vigilantes, capaces de percibir los signos de Dios, su lenguaje
callado y perseverante. Pero eran también hombres valientes a la vez que
humildes: podemos imaginar las burlas que debieron sufrir por encaminarse hacia
el Rey de los Judíos, enfrentándose por eso a grandes dificultades. No
consideraban decisivo lo que algunos, incluso personas influyentes e
inteligentes, pudieran pensar o decir de ellos. Lo que les importaba era la
verdad misma, no la opinión de los hombres. Por eso afrontaron las renuncias y
fatigas de un camino largo e inseguro. Su humilde valentía fue la que les
permitió postrarse ante un niño de pobre familia y descubrir en él al Rey
prometido, cuya búsqueda y reconocimiento había sido el objetivo de su camino
exterior e interior.
Queridos amigos, en todo esto podemos ver algunas características esenciales del
ministerio episcopal. El Obispo debe de ser también un hombre de corazón
inquieto, que no se conforma con las cosas habituales de este mundo sino que
sigue la inquietud del corazón que lo empuja a acercarse interiormente a Dios, a
buscar su rostro, a conocerlo mejor para poder amarlo cada vez más. El Obispo
debe de ser también un hombre de corazón vigilante que perciba el lenguaje
callado de Dios y sepa discernir lo verdadero de lo aparente. El Obispo debe de
estar lleno también de una valiente humildad, que no se interese por lo que la
opinión dominante diga de él, sino que sigua como criterio la verdad de Dios,
comprometiéndose por ella: «opportune – importune». Debe de ser capaz de ir por
delante y señalar el camino. Ha de ir por delante siguiendo a aquel que nos ha
precedido a todos, porque es el verdadero pastor, la verdadera estrella de la
promesa: Jesucristo. Y debe de tener la humildad de postrarse ante ese Dios que
haciéndose tan concreto y sencillo contradice la necedad de nuestro orgullo, que
no quiere ver a Dios tan cerca y tan pequeño. Debe de vivir la adoración del
Hijo de Dios hecho hombre, aquella adoración que siempre le muestra el camino.
La liturgia de la ordenación episcopal recoge lo esencial de este ministerio con
ocho preguntas dirigidas a los que van a ser consagrados, y que comienzan
siempre con la palabra: «Vultis? – ¿queréis?». Las preguntas orientan a la
voluntad mostrándole el camino a seguir. Quisiera aquí mencionar brevemente
algunas de las palabras clave de esa orientación, y en las que se concreta lo
que poco antes hemos reflexionado sobre los Magos en la fiesta de hoy. La misión
de los obispos es «predicare Evangelium Christi», «custodire» y «dirigere», «pauperibus
se misericordes praebere» e «indesinenter orare». El anuncio del evangelio de
Jesucristo, el ir delante y dirigir, custodiar el patrimonio sagrado de nuestra
fe, la misericordia y la caridad hacia los necesitados y pobres, en la que se
refleja el amor misericordioso de Dios por nosotros y, en fin, la oración
constante son características fundamentales del ministerio episcopal. La oración
constante significa no perder nunca el contacto con Dios; sentirlo en la
intimidad del corazón y ser así inundados por su luz. Solo el que conoce
personalmente a Dios puede guiar a los demás hacia él. Solo el que guía a los
hombres hacia Dios, los lleva por el camino de la vida.
El corazón inquieto, del que hemos hablado evocando a san Agustín, es el corazón
que no se conforma en definitiva con nada que no sea Dios, convirtiéndose así en
un corazón que ama. Nuestro corazón está inquieto con relación a Dios y no deja
de estarlo aun cuando hoy se busque, con «narcóticos» muy eficaces, liberar al
hombre de esta inquietud. Pero no solo estamos inquietos nosotros, los seres
humanos, con relación a Dios. El corazón de Dios está inquieto con relación al
hombre. Dios nos aguarda. Nos busca. Tampoco él descansa hasta dar con nosotros.
El corazón de Dios está inquieto, y por eso se ha puesto en camino hacia
nosotros, hacia Belén, hacia el Calvario, desde Jerusalén a Galilea y hasta los
confines de la tierra. Dios está inquieto por nosotros, busca personas que se
dejen contagiar de su misma inquietud, de su pasión por nosotros. Personas que
lleven consigo esa búsqueda que hay en sus corazones y, al mismo tiempo, que
dejan que sus corazones sean tocados por la búsqueda de Dios por nosotros.
Queridos amigos, esta era la misión de los apóstoles: acoger la inquietud de
Dios por el hombre y llevar a Dios mismo a los hombres. Y esta es vuestra misión
siguiendo las huellas de los apóstoles: dejaros tocar por la inquietud de Dios,
para que el deseo de Dios por el hombre se satisfaga.
Los Magos siguieron la estrella. A través del lenguaje de la creación
encontraron al Dios de la historia. Ciertamente, el lenguaje de la creación no
es suficiente por sí mismo. Solo la palabra de Dios, que encontramos en la
sagrada Escritura, les podía mostrar definitivamente el camino. Creación y
Escritura, razón y fe han de ir juntas para conducirnos al Dios vivo. Se ha
discutido mucho sobre qué clase de estrella fue la que guió a los Magos. Se
piensa en una conjunción de planetas, en una Super nova, es decir, una de esas
estrellas muy débiles al principio pero que debido a una explosión interna
produce durante un tiempo un inmenso resplandor; en un cometa, y así
sucesivamente. Que los científicos sigan discutiéndolo. La gran estrella, la
verdadera Super nova que nos guía es el mismo Cristo. Él es, por decirlo así, la
explosión del amor de Dios, que hace brillar en el mundo el enorme resplandor de
su corazón. Y podemos añadir: los Magos de Oriente, de los que habla el
evangelio de hoy, así como generalmente los santos, se han convertido ellos
mismos poco a poco en constelaciones de Dios, que nos muestran el camino. En
todas estas personas, el contacto con la palabra de Dios ha provocado, por
decirlo así, una explosión de luz, a través de la cual el resplandor de Dios
ilumina nuestro mundo y nos muestra el camino. Los santos son estrellas de Dios,
que dejamos que nos guíen hacia aquel que anhela nuestro ser. Queridos amigos,
cuando habéis dado vuestro «sí» al sacerdocio y al ministerio episcopal, habéis
seguido la estrella Jesucristo. Y ciertamente han brillado también para vosotros
estrellas menores, que os han ayudado a no perder el camino. En las letanías de
los santos invocamos a todas estas estrellas de Dios, para que brillen siempre
para vosotros y os muestren el camino. Al ser ordenados obispos estáis llamados
a ser vosotros mismos estrellas de Dios para los hombres, a guiarlos en el
camino hacia la verdadera luz, hacia Cristo. Recemos por tanto en este momento a
todos los santos para que siempre podáis cumplir vuestra misión mostrando a los
hombres la luz de Dios. Amén.
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Editrice Vaticana
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