 |
MISA «IN CENA DOMINI»
HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
Basílica de San Juan de Letrán
Jueves Santo 20 de marzo de 2008
Queridos hermanos y hermanas:
San Juan comienza su relato de cómo Jesús lavó los pies a sus discípulos con un
lenguaje especialmente solemne, casi litúrgico. «Antes de la fiesta de la
Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al
Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el
extremo» (Jn 13, 1). Ha llegado la «hora» de Jesús, hacia la que se
orientaba desde el inicio todo su obrar.
San Juan describe con dos palabras el contenido de esa hora: paso (metabainein, metabasis) y amor (agape). Esas dos palabras se explican mutuamente: ambas
describen juntamente la Pascua de Jesús: cruz y resurrección, crucifixión como
elevación, como «paso» a la gloria de Dios, como un «pasar» de este mundo al
Padre. No es como si Jesús, después de una breve visita al mundo, ahora
simplemente partiera y volviera al Padre. El paso es una transformación. Lleva
consigo su carne, su ser hombre. En la cruz, al entregarse a sí mismo, queda
como fundido y transformado en un nuevo modo de ser, en el que ahora está
siempre con el Padre y al mismo tiempo con los hombres.
Transforma la cruz, el hecho de darle muerte a él, en un acto de entrega, de
amor hasta el extremo. Con la expresión «hasta el extremo» san Juan remite
anticipadamente a la última palabra de Jesús en la cruz: todo se ha realizado,
«todo está cumplido» (Jn 19, 30). Mediante su amor, la cruz se convierte
en metabasis, transformación del ser hombre en el ser partícipe de la gloria de
Dios.
En esta transformación Cristo nos implica a todos, arrastrándonos dentro de la
fuerza transformadora de su amor hasta el punto de que, estando con él, nuestra
vida se convierte en «paso», en transformación. Así recibimos la redención, el
ser partícipes del amor eterno, una condición a la que tendemos con toda nuestra
existencia.
En el lavatorio de los pies este proceso esencial de la hora de Jesús está
representado en una especie de acto profético simbólico. En él Jesús pone de
relieve con un gesto concreto precisamente lo que el gran himno cristológico de
la carta a los Filipenses describe como el contenido del misterio de
Cristo. Jesús se despoja de las vestiduras de su gloria, se ciñe el «vestido» de
la humanidad y se hace esclavo. Lava los pies sucios de los discípulos y así los
capacita para acceder al banquete divino al que los invita.
En lugar de las purificaciones cultuales y externas, que purifican al hombre
ritualmente, pero dejándolo tal como está, se realiza un baño nuevo: Cristo
nos purifica mediante su palabra y su amor, mediante el don de sí mismo.
«Vosotros ya estáis limpios gracias a la palabra que os he anunciado», dirá a
los discípulos en el discurso sobre la vid (Jn 15, 3). Nos lava siempre
con su palabra. Sí, las palabras de Jesús, si las acogemos con una actitud de
meditación, de oración y de fe, desarrollan en nosotros su fuerza purificadora.
Día tras día nos cubrimos de muchas clases de suciedad, de palabras vacías, de
prejuicios, de sabiduría reducida y alterada; una múltiple semi-falsedad o
falsedad abierta se infiltra continuamente en nuestro interior. Todo ello ofusca
y contamina nuestra alma, nos amenaza con la incapacidad para la verdad y para
el bien.
Las palabras de Jesús, si las acogemos con corazón atento, realizan un auténtico
lavado, una purificación del alma, del hombre interior. El evangelio del
lavatorio de los pies nos invita a dejarnos lavar continuamente por esta agua
pura, a dejarnos capacitar para participar en el banquete con Dios y con los
hermanos. Pero, después del golpe de la lanza del soldado, del costado de Jesús
no sólo salió agua, sino también sangre (cf. Jn 19, 34; 1 Jn 5,
6. 8).
Jesús no sólo habló; no sólo nos dejó palabras. Se entrega a sí mismo. Nos lava
con la fuerza sagrada de su sangre, es decir, con su entrega «hasta el
extremo», hasta la cruz. Su palabra es algo más que un simple hablar; es carne
y sangre «para la vida del mundo» (Jn 6, 51). En los santos sacramentos,
el Señor se arrodilla siempre ante nuestros pies y nos purifica. Pidámosle que
el baño sagrado de su amor verdaderamente nos penetre y nos purifique cada vez
más.
Si escuchamos el evangelio con atención, podemos descubrir en el episodio del
lavatorio de los pies dos aspectos diversos. El lavatorio de los pies de los
discípulos es, ante todo, simplemente una acción de Jesús, en la que les da el
don de la pureza, de la «capacidad para Dios». Pero el don se transforma después
en un ejemplo, en la tarea de hacer lo mismo unos con otros.
Para referirse a estos dos aspectos del lavatorio de los pies, los santos Padres
utilizaron las palabras sacramentum y exemplum. En este contexto,
sacramentum no significa uno de los siete sacramentos, sino el misterio
de Cristo en su conjunto, desde la encarnación hasta la cruz y la resurrección.
Este conjunto es la fuerza sanadora y santificadora, la fuerza transformadora
para los hombres, es nuestra metabasis, nuestra transformación en una nueva
forma de ser, en la apertura a Dios y en la comunión con él.
Pero este nuevo ser que él nos da simplemente, sin mérito nuestro, después en
nosotros debe transformarse en la dinámica de una nueva vida. El binomio don y
ejemplo, que encontramos en el pasaje del lavatorio de los pies, es
característico para la naturaleza del cristianismo en general. El cristianismo
no es una especie de moralismo, un simple sistema ético. Lo primero no es
nuestro obrar, nuestra capacidad moral. El cristianismo es ante todo don: Dios
se da a nosotros; no da algo, se da a sí mismo. Y eso no sólo tiene lugar al
inicio, en el momento de nuestra conversión. Dios sigue siendo siempre el que
da. Nos ofrece continuamente sus dones. Nos precede siempre. Por eso, el acto
central del ser cristianos es la Eucaristía: la gratitud por haber recibido sus
dones, la alegría por la vida nueva que él nos da.
Con todo, no debemos ser sólo destinatarios pasivos de la bondad divina. Dios
nos ofrece sus dones como a interlocutores personales y vivos. El amor que nos
da es la dinámica del «amar juntos», quiere ser en nosotros vida nueva a partir
de Dios. Así comprendemos las palabras que dice Jesús a sus discípulos, y a
todos nosotros, al final del relato del lavatorio de los pies: «Os doy un
mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado,
así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34). El
«mandamiento nuevo» no consiste en una norma nueva y difícil, que hasta entonces
no existía. Lo nuevo es el don que nos introduce en la mentalidad de Cristo.
Si tenemos eso en cuenta, percibimos cuán lejos estamos a menudo con nuestra
vida de esta novedad del Nuevo Testamento, y cuán poco damos a la humanidad el
ejemplo de amar en comunión con su amor. Así no le damos la prueba de
credibilidad de la verdad cristiana, que se demuestra con el amor. Precisamente
por eso, queremos pedirle con más insistencia al Señor que, mediante su
purificación, nos haga maduros para el mandamiento nuevo.
En el pasaje evangélico del lavatorio de los pies, la conversación de Jesús con
Pedro presenta otro aspecto de la práctica de la vida cristiana, en el que
quiero centrar, por último, la atención. En un primer momento, Pedro no quería
dejarse lavar los pies por el Señor. Esta inversión del orden, es decir, que el
maestro, Jesús, lavara los pies, que el amo realizara la tarea del esclavo,
contrastaba totalmente con su temor reverencial hacia Jesús, con su concepto de
relación entre maestro y discípulo. «No me lavarás los pies jamás» (Jn
13, 8), dice a Jesús con su acostumbrada vehemencia. Su concepto de Mesías
implicaba una imagen de majestad, de grandeza divina. Debía aprender
continuamente que la grandeza de Dios es diversa de nuestra idea de grandeza;
que consiste precisamente en abajarse, en la humildad del servicio, en la
radicalidad del amor hasta el despojamiento total de sí mismo. Y también
nosotros debemos aprenderlo sin cesar, porque sistemáticamente deseamos un Dios
de éxito y no de pasión; porque no somos capaces de caer en la cuenta de que el
Pastor viene como Cordero que se entrega y nos lleva así a los pastos
verdaderos.
Cuando el Señor dice a Pedro que si no le lava los pies no tendrá parte con él,
Pedro inmediatamente pide con ímpetu que no sólo le lave los pies, sino también
la cabeza y las manos. Jesús entonces pronuncia unas palabras misteriosas:
«El
que se ha bañado, no necesita lavarse excepto los pies» (Jn 13, 10).
Jesús alude a un baño que los discípulos ya habían hecho; para participar en el
banquete sólo les hacía falta lavarse los pies.
Pero, naturalmente, esas palabras encierran un sentido muy profundo. ¿A qué
aluden? No lo sabemos con certeza. En cualquier caso, tengamos presente que el
lavatorio de los pies, según el sentido de todo el capítulo, no indica un
sacramento concreto, sino el sacramentum Christi en su conjunto, su
servicio de salvación, su abajamiento hasta la cruz, su amor hasta el extremo,
que nos purifica y nos hace capaces de Dios.
Con todo, aquí, con la distinción entre baño y lavatorio de los pies, se puede
descubrir también una alusión a la vida en la comunidad de los discípulos, a la
vida de la Iglesia. Parece claro que el baño que nos purifica definitivamente y
no debe repetirse es el bautismo, por el que somos sumergidos en la muerte y
resurrección de Cristo, un hecho que cambia profundamente nuestra vida, dándonos
una nueva identidad que permanece, si no la arrojamos como hizo Judas.
Pero también en la permanencia de esta nueva identidad, dada por el bautismo,
para la comunión con Jesús en el banquete, necesitamos el «lavatorio de los
pies». ¿De qué se trata? Me parece que la primera carta de san Juan nos
da la clave para comprenderlo. En ella se lee: «Si decimos que no tenemos
pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos —si
confesamos— nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y
purificarnos de toda injusticia» (1Jn 1, 8-9).
Necesitamos el «lavatorio de los pies», necesitamos ser lavados de los pecados
de cada día; por eso, necesitamos la confesión de los pecados, de la que habla
san Juan en esta carta. Debemos reconocer que incluso en nuestra nueva identidad
de bautizados pecamos. Necesitamos la confesión tal como ha tomado forma en el
sacramento de la Reconciliación. En él el Señor nos lava sin cesar los pies
sucios para poder así sentarnos a la mesa con él.
Pero de este modo también asumen un sentido nuevo las palabras con las que el
Señor ensancha el sacramentum convirtiéndolo en un exemplum, en un
don, en un servicio al hermano: «Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los
pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 14).
Debemos lavarnos los pies unos a otros en el mutuo servicio diario del amor.
Pero debemos lavarnos los pies también en el sentido de que nos perdonamos
continuamente unos a otros.
La deuda que el Señor nos ha condonado, siempre es infinitamente más grande que
todas las deudas que los demás puedan tener con respecto a nosotros (cf. Mt
18, 21-35). El Jueves santo nos exhorta a no dejar que, en lo más profundo, el
rencor hacia el otro se transforme en un envenenamiento del alma. Nos exhorta a
purificar continuamente nuestra memoria, perdonándonos mutuamente de corazón,
lavándonos los pies los unos a los otros, para poder así participar juntos en el
banquete de Dios.
El Jueves santo es un día de gratitud y de alegría por el gran don del amor
hasta el extremo, que el Señor nos ha hecho. Oremos al Señor, en esta hora, para
que la gratitud y la alegría se transformen en nosotros en la fuerza para amar
juntamente con su amor. Amén.
© Copyright 2008 - Libreria
Editrice Vaticana
|