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SANTA MISA EN EL XXV ANIVERSARIO DEL CENTRO INTERNACIONAL
JUVENIL SAN LORENZO
HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
Iglesia de San Lorenzo in Piscibus,
Roma
V Domingo de Cuaresma 9 de marzo de 2008
Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el
sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:
Para mí es una gran alegría poder conmemorar juntamente con vosotros, en esta
hermosa iglesia románica, el 25° aniversario del Centro internacional juvenil
San Lorenzo, que el amado Papa Juan Pablo II quiso instituir cerca de la
basílica de San Pedro e inauguró el 13 de marzo de 1983. La santa misa que se
celebra aquí todos los viernes por la tarde constituye para muchos jóvenes, que
vienen de varias partes del mundo para estudiar en las universidades romanas,
una importante cita espiritual y una significativa ocasión para tomar contacto
con cardenales y obispos de la Curia romana, así como con obispos de los cinco
continentes de paso por Roma para su visita ad limina.
Como habéis recordado, también yo vine aquí muchas veces a celebrar la
Eucaristía cuando era prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, y
fue siempre una hermosa experiencia encontrarme con chicos y chicas de tantas
regiones de la tierra para quienes este centro es un importante punto de acogida
y de referencia.
Y precisamente a vosotros, queridos jóvenes, dirijo ante todo mi cordial saludo,
agradeciéndoos la acogida entusiasta que me habéis dispensado. Saludo, asimismo,
a todos los que habéis querido participar en esta celebración, a la vez solemne
y familiar. Saludo en especial a los señores cardenales y a los prelados
presentes. Permitidme que entre ellos cite en particular al cardenal Paul Josef
Cordes, titular de esta iglesia de San Lorenzo in Piscibus, y al cardenal
Stanislaw Rylko, presidente del Consejo pontificio para los laicos, a quien
agradezco las amables palabras de bienvenida que me ha dirigido al inicio de la
santa misa, juntamente con los dos portavoces de los jóvenes.
Saludo a mons. Josef Clemens, secretario del Consejo pontificio, al equipo de
jóvenes, sacerdotes y seminaristas que animan este centro bajo la guía de la
sección de jóvenes de ese dicasterio, y a todos los que de diferentes maneras
brindan su colaboración. Me refiero a las asociaciones, a los movimientos y a
las comunidades aquí representadas, con una mención especial para la Comunidad
del Emmanuel, que desde hace veinte años coordina con gran fidelidad las
diversas iniciativas y ha creado una Escuela de misión en Roma, de la que
provienen algunos de los jóvenes aquí presentes. Saludo también a los capellanes
y a los voluntarios que han trabajado aquí en estos veinticinco años al servicio
de la juventud. A todos y a cada uno va mi afectuoso saludo.
Pasemos ahora al evangelio de este día, dedicado a un tema importante y
fundamental: ¿qué es la vida?, ¿qué es la muerte?, ¿cómo vivir?, ¿cómo morir?
Con el fin de ayudarnos a comprender mejor este misterio de la vida y la
respuesta de Jesús, san Juan usa para esta única realidad de la vida dos
palabras diferentes, indicando las diversas dimensiones de la realidad llamada
"vida": la palabra bíos y la palabra zoé. Bíos, como se comprende fácilmente,
significa este gran biocosmos, esta biosfera, que va desde las células
primitivas hasta los organismos más organizados, más desarrollados, este gran
árbol de la vida, en el que se han desarrollado todas las posibilidades de la
realidad bíos. A este árbol de la vida pertenece el hombre; forma parte de este
cosmos de la vida que comienza con un milagro: en la materia inerte se
desarrolla un centro vital; la realidad que llamamos organismo.
Pero el hombre, aun formando parte de este gran biocosmos, lo trasciende, porque
también forma parte de la realidad que san Juan llama zoé. Es un nuevo nivel de
la vida, en el que el ser se abre al conocimiento. Ciertamente, el hombre es
siempre hombre con toda su dignidad, incluso en estado de coma o en la fase de
embrión, pero si sólo vive biológicamente no se realizan ni desarrollan todas
las potencialidades de su ser. El hombre está llamado a abrirse a nuevas
dimensiones. Es un ser que conoce. Desde luego, también los animales conocen,
pero sólo las cosas que les interesan para su vida biológica. El conocimiento
del hombre va más allá; quiere conocerlo todo, toda la realidad, la realidad en
su totalidad; quiere saber qué es su ser y qué es el mundo. Tiene sed de
conocimiento del infinito; quiere llegar a la fuente de la vida; quiere beber
de esta fuente, encontrar la vida misma.
Así hemos tocado una segunda dimensión: el hombre no es sólo un ser que conoce;
también vive en relación de amistad, de amor. Además de la dimensión del
conocimiento de la verdad y del ser, existe, inseparable de esta, la dimensión
de la relación, del amor. Y aquí el hombre se acerca más a la fuente de la vida,
de la que quiere beber para tener la vida en abundancia, para tener la vida
misma.
Podríamos decir que toda la ciencia es una gran lucha por la vida; lo es, sobre
todo, la medicina. En definitiva, la medicina es un esfuerzo por oponerse a la
muerte, es búsqueda de inmortalidad. Pero, ¿podemos encontrar una medicina que
nos asegure la inmortalidad? Esta es precisamente la cuestión del evangelio de
hoy. Tratemos de imaginar que la medicina llegue a encontrar la receta contra la
muerte, la receta de la inmortalidad. Incluso en ese caso, se trataría de una
medicina que se situaría dentro de la biosfera, una medicina ciertamente útil
también para nuestra vida espiritual y humana, pero de por sí una medicina
confinada dentro de la biosfera.
Es fácil imaginar lo que sucedería si la vida biológica del hombre no tuviera
fin, si fuera inmortal: nos encontraríamos en un mundo envejecido, en un mundo
lleno de viejos, en un mundo que no dejaría espacio a los jóvenes, un mundo en
el que no se renovaría la vida. Así comprendemos que este no puede ser el tipo
de inmortalidad al que aspiramos; esta no es la posibilidad de beber en la
fuente de la vida, que todos deseamos.
Precisamente en este punto, en el que, por una parte, comprendemos que no
podemos esperar una prolongación infinita de la vida biológica y sin embargo,
por otra, deseamos beber en la fuente de la vida para gozar de una vida sin fin,
precisamente en este punto interviene el Señor y nos habla en el evangelio
diciendo: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera,
vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás" (Jn 11, 25-26).
"Yo soy la resurrección": beber en la fuente de la vida es entrar en comunión
con el amor infinito que es la fuente de la vida. Al encontrar a Cristo,
entramos en contacto, más aún, en comunión con la vida misma y ya hemos cruzado
el umbral de la muerte, porque estamos en contacto, más allá de la vida
biológica, con la vida verdadera.
Los Padres de la Iglesia llamaron a la Eucaristía medicina de inmortalidad.
Y lo es, porque en la Eucaristía entramos en contacto, más aún, en comunión con
el cuerpo resucitado de Cristo, entramos en el espacio de la vida ya resucitada,
de la vida eterna. Entramos en comunión con ese cuerpo que está animado por la
vida inmortal y así estamos ya desde ahora y para siempre en el espacio de la
vida misma. Así, este evangelio es también una profunda interpretación de lo que
es la Eucaristía y nos invita a vivir realmente de la Eucaristía para poder ser
transformados en la comunión del amor. Esta es la verdadera vida.
En el evangelio de san Juan el Señor dice: "Yo he venido para que tengan vida y
la tengan en abundancia" (Jn 10, 10). Vida en abundancia no es, como
algunos piensan, consumir todo, tener todo, poder hacer todo lo que se quiera.
En ese caso viviríamos para las cosas muertas, viviríamos para la muerte. Vida
en abundancia es estar en comunión con la verdadera vida, con el amor infinito.
Así entramos realmente en la abundancia de la vida y nos convertimos en
portadores de la vida también para los demás.
Los prisioneros de guerra que estuvieron en Rusia durante diez años o más,
expuestos al frío y al hambre, después de volver dijeron: "Pude sobrevivir
porque sabía que me esperaban. Sabía que había personas que me esperaban, sabía
que yo era necesario y esperado". Este amor que los esperaba fue la medicina
eficaz de la vida contra todos los males.
En realidad, hay alguien que nos espera a todos. El Señor nos espera; y no sólo
nos espera: está presente y nos tiende la mano. Aceptemos la mano del Señor y
pidámosle que nos conceda vivir realmente, vivir la abundancia de la vida, para
poder así comunicar también a nuestros contemporáneos la verdadera vida, la vida
en abundancia. Amén.
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Editrice Vaticana
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