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VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
A MUNICH, ALTÖTTING Y RATISBONA
(9-14 DE SEPTIEMBRE DE 2006)
VÍSPERAS MARIANAS CON RELIGIOSOS Y
SEMINARISTAS
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE
Basílica de Santa
Ana de Altötting Lunes 11 de septiembre de 2006
Queridos amigos:
En Altötting, en este lugar de gracia, nos hemos reunido
—seminaristas que se
preparan para el sacerdocio, sacerdotes, religiosas y religiosos, y miembros de
la Obra pontificia para las vocaciones de especial consagración— en la basílica
de Santa Ana, ante el santuario de su hija, la Madre del Señor. Nos hemos
reunido aquí para considerar nuestra vocación al servicio de Jesucristo y
comprenderla mejor bajo la mirada de santa Ana, en cuyo hogar maduró la vocación
más grande de la historia de la salvación. María recibió su vocación a través
del anuncio del ángel. El ángel no entra de modo visible en nuestra habitación,
pero el Señor tiene un plan para cada uno de nosotros, nos llama por nuestro
nombre. Por tanto, a nosotros nos toca escuchar, percibir su llamada, ser
valientes y fieles para seguirlo, de modo que, al final, nos considere siervos
fieles que han aprovechado bien los dones que se nos han concedido.
Sabemos que el Señor busca obreros para su mies. Él mismo lo ha dicho: "La mies
es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros
a su mies" (Mt 9, 37-38). Por eso nos hemos reunido aquí: para dirigir
esta petición al Dueño de la mies. Sí, la mies de Dios es grande y espera
obreros: en el llamado tercer mundo —América Latina, África y Asia— la
gente espera heraldos que les lleven el Evangelio de la paz, la buena nueva de
Dios que se hizo hombre.
Pero también en el llamado Occidente, aquí en Alemania,
al igual que en las vastas regiones de Rusia, es verdad que la mies podría ser
mucha. Sin embargo, hacen falta personas dispuestas a trabajar en la mies de
Dios.
Hoy sucede lo mismo que aconteció cuando el Señor se compadeció de las
multitudes que parecían ovejas sin pastor, personas que probablemente sabían
muchas cosas, pero no sabían cómo orientar bien su vida. ¡Señor, mira la
tribulación de nuestro tiempo, que necesita mensajeros del Evangelio, testigos
tuyos, personas que señalen el camino que lleva a la "vida en abundancia"! ¡Mira
al mundo y compadécete también ahora! ¡Mira al mundo y envía obreros! Con esta
petición llamamos a la puerta de Dios; pero con esta misma petición el Señor
llama a la puerta de nuestro corazón.
¿Señor, me quieres? ¿No es tal vez
demasiado grande para mí? ¿No soy yo demasiado pequeño para esto? "No temas", le
dijo el ángel a María. "No temas: (...) te he llamado por tu nombre", nos dice
Dios mediante el profeta Isaías (Is 43, 1) a nosotros, a cada uno de
nosotros.
¿A dónde vamos, si respondemos "sí" a la llamada del Señor? La descripción más
concisa de la misión sacerdotal, que vale análogamente también para las
religiosas y los religiosos, nos la ha dado el evangelista san Marcos, que, en
el relato de la llamada de los Doce, dice: "Instituyó Doce, para que estuvieran
con él y para enviarlos a predicar" (Mc 3, 14). Estar con él y, como
enviados, salir al encuentro de la gente: estas dos cosas van juntas y, a la
vez, constituyen la esencia de la vocación espiritual, del sacerdocio. Estar con
él y ser enviados son dos cosas inseparables. Sólo quienes están "con él"
aprenden a conocerlo y pueden anunciarlo de verdad. Y quienes están con él no
pueden retener para sí lo que han encontrado, sino que deben comunicarlo. Es lo
que sucedió a Andrés, que le dijo a su hermano Simón: "Hemos encontrado al
Mesías" (Jn 1, 41). "Y lo llevó a Jesús", añade el evangelista (Jn
1, 42).
El Papa san Gregorio Magno, en una de sus homilías, dijo una vez que los ángeles
de Dios, independientemente de la distancia que recorran en sus misiones,
siempre se mueven en Dios. Siempre permanecen con él. Y al hablar de los
ángeles, san Gregorio pensaba también en los obispos y los sacerdotes: a
dondequiera que vayan, siempre deberían "estar con él". La experiencia confirma
que cuando los sacerdotes, debido a sus múltiples deberes, dedican cada vez
menos tiempo para estar con el Señor, a pesar de su actividad tal vez heroica,
acaban por perder la fuerza interior que los sostiene. Su actividad se convierte
en un activismo vacío.
¿Cómo se puede realizar el "estar con él? Lo primero y lo más importante para el
sacerdote es la misa diaria, celebrada siempre con una profunda participación
interior. Si la celebramos como verdaderos hombres de oración, si unimos
nuestras palabras y nuestras acciones a la Palabra que nos precede y al rito de
la celebración eucarística, si en la Comunión de verdad nos dejamos abrazar por
él y lo acogemos, entonces estamos con él.
La liturgia de las Horas es otra manera fundamental de estar con él. En ella
oramos como personas que necesitan hablar con Dios, pero implicando también a
todos los demás que no tienen ni el tiempo ni la posibilidad de hacer esa
oración. Para que nuestra celebración eucarística y la liturgia de las Horas
estén llenas de significado, debemos dedicarnos siempre de nuevo a la lectura
espiritual de la sagrada Escritura; no sólo descifrar y explicar palabras del
pasado, sino también buscar la palabra de consuelo que el Señor me está diciendo
a mí aquí y ahora. El Señor me interpela hoy por medio de esta palabra. Sólo de
esta forma seremos capaces de llevar la Palabra sagrada a los hombres de nuestro
tiempo como palabra de Dios actual y viva.
La adoración eucarística es un modo esencial de estar con el Señor. Gracias a mons. Schraml, Altötting ha obtenido una nueva "cámara del tesoro". Donde antes
se guardaban tesoros del pasado, objetos preciosos de la historia y de la
piedad, se encuentra ahora el lugar para el verdadero tesoro de la Iglesia: la
presencia permanente del Señor en el santísimo Sacramento.
En una de sus parábolas el Señor habla del tesoro escondido en el campo. Quien
lo encuentra —nos dice— vende todo lo que tiene para poder comprar ese campo,
porque el tesoro escondido es más valioso que cualquier otra cosa. El tesoro
escondido, el bien superior a cualquier otro bien, es el reino de Dios, es Jesús
mismo, el Reino en persona. En la sagrada Hostia está presente él, el verdadero
tesoro, siempre accesible para nosotros. Sólo adorando su presencia aprendemos a
recibirlo adecuadamente, aprendemos a comulgar, aprendemos desde dentro la
celebración de la Eucaristía.
En este contexto, quiero citar unas hermosas palabras de Edith Stein, la santa
copatrona de Europa. En una de sus cartas escribe: "El Señor está presente en
el sagrario con su divinidad y su humanidad. No está allí por él mismo, sino por
nosotros, porque su alegría es estar con los hombres. Y porque sabe que
nosotros, tal como somos, necesitamos su cercanía personal. En consecuencia,
cualquier persona que tenga pensamientos y sentimientos normales, se sentirá
atraída y pasará tiempo con él siempre que le sea posible y todo el tiempo que
le sea posible" (Gesammelte Werke VII, 136 f).
Busquemos estar con el Señor. Allí podemos hablar de todo con él. Podemos
presentarle nuestras peticiones, nuestras preocupaciones, nuestros problemas,
nuestras alegrías, nuestra gratitud, nuestras decepciones, nuestras necesidades
y nuestras esperanzas. Allí podemos repetirle constantemente: "Señor, envía
obreros a tu mies. Ayúdame a ser un buen obrero en tu viña".
Aquí, en esta basílica, nuestro pensamiento se dirige a María, que vivió su vida
completamente "con Jesús" y por consiguiente estuvo y sigue estando totalmente a
disposición de los hombres: los exvotos que hay aquí lo demuestran en concreto.
Pensamos también en su madre, santa Ana, y con ella en la importancia de las
madres y los padres, las abuelas y los abuelos; pensamos en la importancia de la
familia como ambiente de vida y oración, en donde se aprende a rezar y donde
pueden madurar las vocaciones.
Aquí, en Altötting, pensamos naturalmente, de modo especial, en el hermano
Konrad, que renunció a una gran herencia porque quería seguir a Jesucristo sin
reservas y estar totalmente con él. Como el Señor recomienda en una de sus
parábolas, él escogió el último lugar, el de un humilde fraile portero. En su
portería realizó precisamente lo que san Marcos nos dice de los Apóstoles:
"estar con él" y "ser enviado" a los hombres. Desde su celda siempre podía mirar
hacia el sagrario, "estar con Cristo" siempre. Así, mirando al sagrario,
aprendió la bondad ilimitada con la que trataba a la gente, que casi sin cesar
llamaba a su puerta, a veces incluso de forma maliciosa, para molestarlo, y a
veces de forma impaciente o ruidosa. A todos ellos, por su gran bondad y
humanidad, sin grandes palabras, les dio siempre un mensaje más valioso que las
mismas palabras. Pidamos al santo hermano Konrad que nos ayude a mantener
nuestra mirada fija en el Señor, para llevar el amor de Dios a los hombres.
Amén.
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Editrice Vaticana
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