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CONSTITUCIÓN PASTORAL
GAUDIUM ET SPES SOBRE LA IGLESIA EN EL
MUNDO ACTUAL
PROEMIO
Unión íntima de la Iglesia con la familia humana universal
1. Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres
de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez
gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay
verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana
está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu
Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de
la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y
realmente solidaria del genero humano y de su historia.
Destinatarios de la palabra conciliar
2. Por ello, el Concilio Vaticano II, tras haber profundizado en el misterio
de la Iglesia, se dirige ahora no sólo a los hijos de la Iglesia católica y a
cuantos invocan a Cristo, sino a todos los hombres, con el deseo de anunciar a
todos cómo entiende la presencia y la acción de la Iglesia en el mundo actual.
Tiene pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la entera familia humana
con el conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive; el mundo,
teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo,
que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador,
esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo,
crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se
transforme según el propósito divino y llegue a su consumación.
Al servicio del hombre
3. En nuestros días, el género humano, admirado de sus propios
descubrimientos y de su propio poder, se formula con frecuencia preguntas
angustiosas sobre la evolución presente del mundo, sobre el puesto y la misión
del hombre en el universo, sobre el sentido de sus esfuerzos individuales y
colectivos, sobre el destino último de las cosas y de la humanidad. El Concilio,
testigo y expositor de la fe de todo el Pueblo de Dios congregado por Cristo, no
puede dar prueba mayor de solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana
que la de dialogar con ella acerca de todos estos problemas, aclarárselos a la
luz del Evangelio y poner a disposición del género humano el poder salvador que
la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de su Fundador. Es la
persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que
renovar. Es, por consiguiente, el hombre; pero el hombre todo entero, cuerpo y
alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad, quien será el objeto
central de las explicaciones que van a seguir.
Al proclamar el Concilio la altísima vocación del hombre y la divina semilla
que en éste se oculta, ofrece al género humano la sincera colaboración de la
Iglesia para lograr la fraternidad universal que responda a esa vocación. No
impulsa a la Iglesia ambición terrena alguna. Sólo desea una cosa: continuar,
bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar
testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser
servido.
EXPOSICIÓN PRELIMINAR
SITUACIÓN DEL HOMBRE EN EL MUNDO DE HOY
Esperanzas y temores
4. Para cumplir esta misión es deber permanente de la Iglesia escrutar a
fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma
que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes
interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida
futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y
comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo
dramático que con frecuencia le caracteriza. He aquí algunos rasgos
fundamentales del mundo moderno.
El género humano se halla en un período nuevo de su historia, caracterizado
por cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al universo
entero. Los provoca el hombre con su inteligencia y su dinamismo creador; pero
recaen luego sobre el hombre, sobre sus juicios y deseos individuales y
colectivos, sobre sus modos de pensar y sobre su comportamiento para con las
realidades y los hombres con quienes convive. Tan es así esto, que se puede ya
hablar de una verdadera metamorfosis social y cultural, que redunda también en
la vida religiosa.
Como ocurre en toda crisis de crecimiento, esta transformación trae consigo
no leves dificultades. Así mientras el hombre amplía extraordinariamente su
poder, no siempre consigue someterlo a su servicio. Quiere conocer con
profundidad creciente su intimidad espiritual, y con frecuencia se siente más
incierto que nunca de sí mismo. Descubre paulatinamente las leyes de la vida
social, y duda sobre la orientación que a ésta se debe dar.
Jamás el género humano tuvo a su disposición tantas riquezas, tantas
posibilidades, tanto poder económico. Y, sin embargo, una gran parte de la
humanidad sufre hambre y miseria y son muchedumbre los que no saben leer ni
escribir. Nunca ha tenido el hombre un sentido tan agudo de su libertad, y
entretanto surgen nuevas formas de esclavitud social y psicológica. Mientras el
mundo siente con tanta viveza su propia unidad y la mutua interdependencia en
ineludible solidaridad, se ve, sin embargo, gravísimamente dividido por la
presencia de fuerzas contrapuestas. Persisten, en efecto, todavía agudas
tensiones políticas, sociales, económicas, raciales e ideológicas, y ni siquiera
falta el peligro de una guerra que amenaza con destruirlo todo. Se aumenta la
comunicación de las ideas; sin embargo, aun las palabras definidoras de los
conceptos más fundamentales revisten sentidos harto diversos en las distintas
ideologías. Por último, se busca con insistencia un orden temporal más perfecto,
sin que avance paralelamente el mejoramiento de los espíritus.
Afectados por tan compleja situación, muchos de nuestros contemporáneos
difícilmente llegan a conocer los valores permanentes y a compaginarlos con
exactitud al mismo tiempo con los nuevos descubrimientos. La inquietud los
atormenta, y se preguntan, entre angustias y esperanzas, sobre la actual
evolución del mundo. El curso de la historia presente en un desafío al hombre
que le obliga a responder.
Cambios profundos
5. La turbación actual de los espíritus y la transformación de las
condiciones de vida están vinculadas a una revolución global más amplia, que da
creciente importancia, en la formación del pensamiento, a las ciencias
matemáticas y naturales y a las que tratan del propio hombre; y, en el orden
práctico, a la técnica y a las ciencias de ella derivadas. El espíritu
científico modifica profundamente el ambiente cultural y las maneras de pensar.
La técnica con sus avances está transformando la faz de la tierra e intenta ya
la conquista de los espacios interplanetarios.
También sobre el tiempo aumenta su imperio la inteligencia humana, ya en
cuanto al pasado, por el conocimiento de la historia; ya en cuanto al futuro,
por la técnica prospectiva y la planificación. Los progresos de las ciencias
biológicas, psicológicas y sociales permiten al hombre no sólo conocerse mejor,
sino aun influir directamente sobre la vida de las sociedades por medio de
métodos técnicos. Al mismo tiempo, la humanidad presta cada vez mayor atención a
la previsión y ordenación de la expansión demográfica.
La propia historia está sometida a un proceso tal de aceleración, que apenas
es posible al hombre seguirla. El género humano corre una misma suerte y no se
diversifica ya en varias historias dispersas. La humanidad pasa así de una
concepción más bien estática de la realidad a otra más dinámica y evolutiva, de
donde surge un nuevo conjunto de problemas que exige nuevos análisis y nuevas
síntesis.
Cambios en el orden social
6. Por todo ello, son cada día más profundos los cambios que experimentan las
comunidades locales tradicionales, como la familia patriarcal, el clan, la
tribu, la aldea, otros diferentes grupos, y las mismas relaciones de la
convivencia social.
El tipo de sociedad industrial se extiende paulatinamente, llevando a algunos
países a una economía de opulencia y transformando profundamente concepciones y
condiciones milenarias de la vida social. La civilización urbana tiende a un
predominio análogo por el aumento de las ciudades y de su población y por la
tendencia a la urbanización, que se extiende a las zonas rurales.
Nuevos y mejores medios de comunicación social contribuyen al conocimiento de
los hechos y a difundir con rapidez y expansión máximas los modos de pensar y de
sentir, provocando con ello muchas repercusiones simultáneas.
Y no debe subestimarse el que tantos hombres, obligados a emigrar por varios
motivos, cambien su manera de vida.
De esta manera, las relaciones humanas se multiplican sin cesar y el mismo
tiempo la propia socialización crea nuevas relaciones, sin que ello
promueva siempre, sin embargo, el adecuado proceso de maduración de la persona y
las relaciones auténticamente personales (personalización).
Esta evolución se manifiesta sobre todo en las naciones que se benefician ya
de los progresos económicos y técnicos; pero también actúa en los pueblos en
vías de desarrollo, que aspiran a obtener para sí las ventajas de la
industrialización y de la urbanización. Estos últimos, sobre todo los que poseen
tradiciones más antiguas, sienten también la tendencia a un ejercicio más
perfecto y personal de la libertad.
Cambios psicológicos, morales y religiosos
7. El cambio de mentalidad y de estructuras somete con frecuencia a discusión
las ideas recibidas. Esto se nota particularmente entre jóvenes, cuya
impaciencia e incluso a veces angustia, les lleva a rebelarse. Conscientes de su
propia función en la vida social, desean participar rápidamente en ella. Por lo
cual no rara vez los padres y los educadores experimentan dificultades cada día
mayores en el cumplimiento de sus tareas.
Las instituciones, las leyes, las maneras de pensar y de sentir, heredadas
del pasado, no siempre se adaptan bien al estado actual de cosas. De ahí una
grave perturbación en el comportamiento y aun en las mismas normas reguladoras
de éste.
Las nuevas condiciones ejercen influjo también sobre la vida religiosa. Por
una parte, el espíritu crítico más agudizado la purifica de un concepto mágico
del mundo y de residuos supersticiosos y exige cada vez más una adhesión
verdaderamente personal y operante a la fe, lo cual hace que muchos alcancen un
sentido más vivo de lo divino. Por otra parte, muchedumbres cada vez más
numerosas se alejan prácticamente de la religión. La negación de Dios o de la
religión no constituye, como en épocas pasadas, un hecho insólito e individual;
hoy día, en efecto, se presenta no rara vez como exigencia del progreso
científico y de un cierto humanismo nuevo. En muchas regiones esa negación se
encuentra expresada no sólo en niveles filosóficos, sino que inspira ampliamente
la literatura, el arte, la interpretación de las ciencias humanas y de la
historia y la misma legislación civil. Es lo que explica la perturbación de
muchos.
Los desequilibrios del mundo moderno
8. Una tan rápida mutación, realizada con frecuencia bajo el signo del
desorden, y la misma conciencia agudizada de las antinomias existentes hoy en el
mundo, engendran o aumentan contradicciones y desequilibrios.
Surgen muchas veces en el propio hombre el desequilibrio entre la
inteligencia práctica moderna y una forma de conocimiento teórico que no llega a
dominar y ordenar la suma de sus conocimientos en síntesis satisfactoria. Brota
también el desequilibrio entre el afán por la eficacia práctica y las exigencias
de la conciencia moral, y no pocas veces entre las condiciones de la vida
colectiva y a las exigencias de un pensamiento personal y de la misma
contemplación. Surge, finalmente, el desequilibrio entre la especialización
profesional y la visión general de las cosas.
Aparecen discrepancias en la familia, debidas ya al peso de las condiciones
demográficas, económicas y sociales, ya a los conflictos que surgen entre las
generaciones que se van sucediendo, ya a las nuevas relaciones sociales entre
los dos sexos.
Nacen también grandes discrepancias raciales y sociales de todo género.
Discrepancias entre los países ricos, los menos ricos y los pobres.
Discrepancias, por último, entre las instituciones internacionales, nacidas de
la aspiración de los pueblos a la paz, y las ambiciones puestas al servicio de
la expansión de la propia ideología o los egoísmos colectivos existentes en las
naciones y en otras entidades sociales.
Todo ello alimenta la mutua desconfianza y la hostilidad, los conflictos y
las desgracias, de los que el hombre es, a la vez, causa y víctima.
Aspiraciones más universales de la humanidad
9. Entre tanto, se afianza la convicción de que el género humano puede y debe
no sólo perfeccionar su dominio sobre las cosas creadas, sino que le corresponde
además establecer un orden político, económico y social que esté más al servicio
del hombre y permita a cada uno y a cada grupo afirmar y cultivar su propia
dignidad.
De aquí las instantes reivindicaciones económicas de muchísimos, que tienen
viva conciencia de que la carencia de bienes que sufren se debe a la injusticia
o a una no equitativa distribución. Las naciones en vía de desarrollo, como son
las independizadas recientemente, desean participar en los bienes de la
civilización moderna, no sólo en el plano político, sino también en el orden
económico, y desempeñar libremente su función en el mundo. Sin embargo, está
aumentando a diario la distancia que las separa de las naciones más ricas y la
dependencia incluso económica que respecto de éstas padecen. Los pueblos
hambrientos interpelan a los pueblos opulentos.
La mujer, allí donde todavía no lo ha logrado, reclama la igualdad de derecho
y de hecho con el hombre. Los trabajadores y los agricultores no sólo quieren
ganarse lo necesario para la vida, sino que quieren también desarrollar por
medio del trabajo sus dotes personales y participar activamente en la ordenación
de la vida económica, social, política y cultural. Por primera vez en la
historia, todos los pueblos están convencidos de que los beneficios de la
cultura pueden y deben extenderse realmente a todas las naciones.
Pero bajo todas estas reivindicaciones se oculta una aspiración más profunda
y más universal: las personas y los grupos sociales están sedientos de una vida
plena y de una vida libre, digna del hombre, poniendo a su servicio las inmensas
posibilidades que les ofrece el mundo actual. Las naciones, por otra parte, se
esfuerzan cada vez más por formar una comunidad universal.
De esta forma, el mundo moderno aparece a la vez poderoso y débil, capaz de
lo mejor y de lo peor, pues tiene abierto el camino para optar entre la libertad
o la esclavitud, entre el progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el
odio. El hombre sabe muy bien que está en su mano el dirigir correctamente las
fuerzas que él ha desencadenado, y que pueden aplastarle o servirle. Por ello se
interroga a sí mismo.
Los interrogantes más profundos del hombre
10. En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno
están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en
el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio
interior del hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples
limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una
vida superior. Atraído por muchas solicitaciones, tiene que elegir y que
renunciar. Más aún, como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere y
deja de hacer lo que querría llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la
división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad. Son
muchísimos los que, tarados en su vida por el materialismo práctico, no quieren
saber nada de la clara percepción de este dramático estado, o bien, oprimidos
por la miseria, no tienen tiempo para ponerse a considerarlo. Otros esperan del
solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberación de la humanidad y abrigan
el convencimiento de que el futuro del hombre sobre la tierra saciará plenamente
todos sus deseos. Y no faltan, por otra parte, quienes, desesperando de poder
dar a la vida un sentido exacto, alaban la insolencia de quienes piensan que la
existencia carece de toda significación propia y se esfuerzan por darle un
sentido puramente subjetivo. Sin embargo, ante la actual evolución del mundo,
son cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva
penetración las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el
sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos
hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro
precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué
hay después de esta vida temporal?.
Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su
luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima
vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el
que sea necesario salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de
toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia
que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen
su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre. Bajo la
luz de Cristo, imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación, el
Concilio habla a todos para esclarecer el misterio del hombre y para cooperar en
el hallazgo de soluciones que respondan a los principales problemas de nuestra
época.
PRIMERA PARTE
LA IGLESIA Y LA VOCACIÓN DEL HOMBRE
Hay que responder a las mociones del Espíritu
11. El Pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo
conduce es el Espíritu del Señor, que llena el universo, procura discernir en
los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con
sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de
Dios. La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la
entera vocación del hombre. Por ello orienta la menta hacia soluciones
plenamente humanas.
El Concilio se propone, ante todo, juzgar bajo esta luz los valores que hoy
disfrutan la máxima consideración y enlazarlos de nuevo con su fuente divina.
Estos valores, por proceder de la inteligencia que Dios ha dado al hombre,
poseen una bondad extraordinaria; pero, a causa de la corrupción del corazón
humano, sufren con frecuencia desviaciones contrarias a su debida ordenación.
Por ello necesitan purificación.
¿Qué piensa del hombre la Iglesia? ¿Qué criterios fundamentales deben
recomendarse para levantar el edificio de la sociedad actual? ¿Qué sentido
último tiene la acción humana en el universo? He aquí las preguntas que aguardan
respuesta. Esta hará ver con claridad que el Pueblo de Dios y la humanidad, de
la que aquél forma parte, se prestan mutuo servicio, lo cual demuestra que la
misión de la Iglesia es religiosa y, por lo mismo, plenamente humana.
CAPÍTULO I
LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA
El hombre, imagen de Dios
12. Creyentes y no creyentes están generalmente de acuerdo en este punto:
todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y
cima de todos ellos.
Pero, ¿qué es el hombre? Muchas son las opiniones que el hombre se ha dado y
se da sobre sí mismo. Diversas e incluso contradictorias. Exaltándose a sí mismo
como regla absoluta o hundiéndose hasta la desesperación. La duda y la ansiedad
se siguen en consecuencia. La Iglesia siente profundamente estas dificultades,
y, aleccionada por la Revelación divina, puede darles la respuesta que perfile
la verdadera situación del hombre, dé explicación a sus enfermedades y permita
conocer simultáneamente y con acierto la dignidad y la vocación propias del
hombre.
La Biblia nos enseña que el hombre ha sido creado "a imagen de Dios", con
capacidad para conocer y amar a su Creador, y que por Dios ha sido constituido
señor de la entera creación visible para gobernarla y usarla glorificando a
Dios. ¿Qué es el hombre para que tú te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre
para que te cuides de él? Apenas lo has hecho inferior a los ángeles al
coronarlo de gloria y esplendor. Tú lo pusiste sobre la obra de tus manos. Todo
fue puesto por ti debajo de sus pies (Ps 8, 5-7).
Pero Dios no creó al hombre en solitario. Desde el principio los hizo hombre
y mujer (Gen l,27). Esta sociedad de hombre y mujer es la expresión
primera de la comunión de personas humanas. El hombre es, en efecto, por su
íntima naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades
sin relacionarse con los demás.
Dios, pues, nos dice también la Biblia, miró cuanto había hecho, y lo
juzgó muy bueno (Gen 1,31).
El pecado
13. Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación
del demonio, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad,
levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de
Dios. Conocieron a Dios, pero no le glorificaron como a Dios. Obscurecieron su
estúpido corazón y prefirieron servir a la criatura, no al Creador. Lo que la
Revelación divina nos dice coincide con la experiencia. El hombre, en efecto,
cuando examina su corazón, comprueba su inclinación al mal y se siente anegado
por muchos males, que no pueden tener origen en su santo Creador. Al negarse con
frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la debida
subordinación a su fin último, y también toda su ordenación tanto por lo que
toca a su propia persona como a las relaciones con los demás y con el resto de
la creación.
Es esto lo que explica la división íntima del hombre. Toda la vida humana, la
individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre
el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota
incapaz de domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto
de sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero el Señor vino en persona para
liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al
príncipe de este mundo (cf. Io
12,31), que le retenía en la esclavitud del pecado. El pecado rebaja al hombre,
impidiéndole lograr su propia plenitud.
A la luz de esta Revelación, la sublime vocación y la miseria profunda que el
hombre experimenta hallan simultáneamente su última explicación.
Constitución del hombre
14. En la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición
corporal, es una síntesis del universo material, el cual alcanza por medio del
hombre su más alta cima y alza la voz para la libre alabanza del Creador. No
debe, por tanto, despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, debe
tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de
resucitar en el último día. Herido por el pecado, experimenta, sin embargo, la
rebelión del cuerpo. La propia dignidad humana pide, pues, que glorifique a Dios
en su cuerpo y no permita que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su
corazón.
No se equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el universo
material y al considerarse no ya como partícula de la naturaleza o como elemento
anónimo de la ciudad humana. Por su interioridad es, en efecto, superior al
universo entero; a esta profunda interioridad retorna cuando entra dentro de su
corazón, donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones, y donde él
personalmente, bajo la mirada de Dios, decide su propio destino. Al afirmar, por
tanto, en sí mismo la espiritualidad y la inmortalidad de su alma, no es el
hombre juguete de un espejismo ilusorio provocado solamente por las condiciones
físicas y sociales exteriores, sino que toca, por el contrario, la verdad más
profunda de la realidad.
Dignidad de la inteligencia, verdad y sabiduría
15. Tiene razón el hombre, participante de la luz de la inteligencia divina,
cuando afirma que por virtud de su inteligencia es superior al universo
material. Con el ejercicio infatigable de su ingenio a lo largo de los siglos,
la humanidad ha realizado grandes avances en las ciencias positivas, en el campo
de la técnica y en la esfera de las artes liberales. Pero en nuestra época ha
obtenido éxitos extraordinarios en la investigación y en el dominio del mundo
material. Siempre, sin embargo, ha buscado y ha encontrado una verdad más
profunda. La inteligencia no se ciñe solamente a los fenómenos. Tiene capacidad
para alcanzar la realidad inteligible con verdadera certeza, aunque a
consecuencia del pecado esté parcialmente oscurecida y debilitada.
Finalmente, la naturaleza intelectual de la persona humana se perfecciona y
debe perfeccionarse por medio de la sabiduría, la cual atrae con suavidad la
mente del hombre a la búsqueda y al amor de la verdad y del bien. Imbuido por
ella, el hombre se alza por medio de lo visible hacia lo invisible.
Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para
humanizar todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El destino futuro
del mundo corre peligro si no forman hombres más instruidos en esta sabiduría.
Debe advertirse a este respecto que muchas naciones económicamente pobres, pero
ricas en esta sabiduría, pueden ofrecer a las demás una extraordinaria
aportación.
Con el don del Espíritu Santo, el hombre llega por la fe a contemplar y
saborear el misterio del plan divino.
Dignidad de la conciencia moral
16. En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de
una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz
resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe
amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello.
Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya
obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente.
La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste
se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de
aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo
cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta
conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y
resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al
individuo y a la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia,
tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del
ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad. No rara
vez, sin embargo, ocurre que yerra la conciencia por ignorancia invencible, sin
que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando
el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va
progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado.
Grandeza de la libertad
17. La orientación del hombre hacia el bien sólo se logra con el uso de la
libertad, la cual posee un valor que nuestros contemporáneos ensalzan con
entusiasmo. Y con toda razón. Con frecuencia, sin embargo, la fomentan de forma
depravada, como si fuera pura licencia para hacer cualquier cosa, con tal que
deleite, aunque sea mala. La verdadera libertad es signo eminente de la imagen
divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia
decisión para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose
libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección. La dignidad
humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre
elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal y no bajo
la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre
logra esta dignidad cuando, liberado totalmente de la cautividad de las
pasiones, tiende a su fin con la libre elección del bien y se procura medios
adecuados para ello con eficacia y esfuerzo crecientes. La libertad humana,
herida por el pecado, para dar la máxima eficacia a esta ordenación a Dios, ha
de apoyarse necesariamente en la gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar cuanta
de su vida ante el tribunal de Dios según la conducta buena o mala que haya
observado.
El misterio de la muerte
18. El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el
dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el
temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste
a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de
eternidad que en sí lleva, por se irreducible a la sola materia, se levanta
contra la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que
sea, no pueden calmar esta ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que
hoy proporciona la biología no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge
ineluctablemente del corazón humano.
Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por
la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un
destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. La fe
cristiana enseña que la muerte corporal, que entró en la historia a consecuencia
del pecado, será vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador
restituya al hombre en la salvación perdida por el pecado. Dios ha llamado y
llama al hombre a adherirse a El con la total plenitud de su ser en la perpetua
comunión de la incorruptible vida divina. Ha sido Cristo resucitado el que ha
ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia
muerte. Para todo hombre que reflexione, la fe, apoyada en sólidos argumentos,
responde satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro
del hombre y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros
mismos queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que
poseen ya en Dios la vida verdadera.
Formas y raíces del ateísmo
19. La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del
hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al
diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y
por el amor de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la
plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero
a su Creador. Muchos son, sin embargo, los que hoy día se desentienden del todo
de esta íntima y vital unión con Dios o la niegan en forma explícita. Es este
ateísmo uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo. Y debe ser examinado
con toda atención.
La palabra "ateísmo" designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios
expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que
someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que reputa como
inútil el propio planteamiento de la cuestión. Muchos, rebasando indebidamente
los límites sobre esta base puramente científica o, por el contrario, rechazan
sin excepción toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hombre, que
dejan sin contenido la fe en Dios, ya que les interesa más, a lo que parece, la
afirmación del hombre que la negación de Dios. Hay quienes imaginan un Dios por
ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni
siquiera se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer,
no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por
el hecho religiosos. Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta
contra la existencia del mal en el mundo o como adjudicación indebida del
carácter absoluto a ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente
como sucedáneos de Dios. La misma civilización actual, no en sí misma, pero sí
por su sobrecarga de apego a la tierra, puede dificultar en grado notable el
acceso del hombre a Dios.
Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las
cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no
carecen de culpa. Sin embargo, también los creyentes tienen en esto su parte de
responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es un
fenómeno originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las que
se debe contar también la reacción crítica contra las religiones, y, ciertamente
en algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religión cristiana. Por lo
cual, en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios
creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la
exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida
religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de
Dios y de la religión.
El ateísmo sistemático
20. Con frecuencia, el ateísmo moderno reviste también la forma sistemática,
la cual, dejando ahora otras causas, lleva el afán de autonomía humana hasta
negar toda dependencia del hombre respecto de Dios. Los que profesan este
ateísmo afirman que la esencia de la libertad consiste en que el hombre es el
fin de sí mismo, el único artífice y creador de su propia historia. Lo cual no
puede conciliarse, según ellos, con el reconocimiento del Señor, autor y fin de
todo, o por lo menos tal afirmación de Dios es completamente superflua. El
sentido de poder que el progreso técnico actual da al hombre puede favorecer
esta doctrina.
Entre las formas del ateísmo moderno debe mencionarse la que pone la
liberación del hombre principalmente en su liberación económica y social.
Pretende este ateísmo que la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo
para esta liberación, porque, al orientar el espíritu humano hacia una vida
futura ilusoria, apartaría al hombre del esfuerzo por levantar la ciudad
temporal. Por eso, cuando los defensores de esta doctrina logran alcanzar el
dominio político del Estado, atacan violentamente a la religión, difundiendo el
ateísmo, sobre todo en materia educativa, con el uso de todos los medios de
presión que tiene a su alcance el poder público.
Actitud de la Iglesia ante el ateísmo
21. La Iglesia, fiel a Dios y fiel a los hombres, no puede dejar de reprobar
con dolor, pero con firmeza, como hasta ahora ha reprobado, esas perniciosas
doctrinas y conductas, que son contrarias a la razón y a la experiencia humana
universal y privan al hombre de su innata grandeza.
Quiere, sin embargo, conocer las causas de la negación de Dios que se
esconden en la mente del hombre ateo. Consciente de la gravedad de los problemas
planteados por el ateísmo y movida por el amor que siente a todos los hombres,
la Iglesia juzga que los motivos del ateísmo deben ser objeto de serio y más
profundo examen.
La Iglesia afirma que el reconocimiento de Dios no se opone en modo alguno a
la dignidad humana, ya que esta dignidad tiene en el mismo Dios su fundamento y
perfección. Es Dios creador el que constituye al hombre inteligente y libre en
la sociedad. Y, sobre todo, el hombre es llamado, como hijo, a la unión con Dios
y a la participación de su felicidad. Enseña además la Iglesia que la esperanza
escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien
proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio. Cuando, por el contrario,
faltan ese fundamento divino y esa esperanza de la vida eterna, la dignidad
humana sufre lesiones gravísimas -es lo que hoy con frecuencia sucede-, y los
enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y del dolor, quedan sin
solucionar, llevando no raramente al hombre a la desesperación.
Todo hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto, percibido con
cierta obscuridad. Nadie en ciertos momentos, sobre todo en los acontecimientos
más importantes de la vida, puede huir del todo el interrogante referido. A este
problema sólo Dios da respuesta plena y totalmente cierta; Dios, que llama al
hombre a pensamientos más altos y a una búsqueda más humilde de la verdad.
El remedio del ateísmo hay que buscarlo en la exposición adecuada de la
doctrina y en la integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros. A la
Iglesia toca hacer presentes y como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado
con la continua renovación y purificación propias bajo la guía del Espíritu
Santo. Esto se logra principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta,
educada para poder percibir con lucidez las dificultades y poderlas vencer.
Numerosos mártires dieron y dan preclaro testimonio de esta fe, la cual debe
manifestar su fecundidad imbuyendo toda la vida, incluso la profana, de los
creyentes, e impulsándolos a la justicia y al amor, sobre todo respecto del
necesitado. Mucho contribuye, finalmente, a esta afirmación de la presencia de
Dios el amor fraterno de los fieles, que con espíritu unánime colaboran en la fe
del Evangelio y se alzan como signo de unidad.
La Iglesia, aunque rechaza en forma absoluta el ateísmo, reconoce
sinceramente que todos los hombres, creyentes y no creyentes, deben colaborar en
la edificación de este mundo, en el que viven en común. Esto no puede hacerse
sin un prudente y sincero diálogo. Lamenta, pues, la Iglesia la discriminación
entre creyentes y no creyentes que algunas autoridades políticas, negando los
derechos fundamentales de la persona humana, establecen injustamente. Pide para
los creyentes libertad activa para que puedan levantar en este mundo también un
templo a Dios. E invita cortésmente a los ateos a que consideren sin prejuicios
el Evangelio de Cristo.
La Iglesia sabe perfectamente que su mensaje está de acuerdo con los deseos
más profundos del corazón humano cuando reivindica la dignidad de la vocación
del hombre, devolviendo la esperanza a quienes desesperan ya de sus destinos más
altos. Su mensaje, lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad
para el progreso humano. Lo único que puede llenar el corazón del hombre es
aquello que "nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta
que descanse en ti".
Cristo, el Hombre nuevo
22. En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del
Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de
venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma
revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre
al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues,
que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su
corona.
El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el
hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina,
deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no
absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de
Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó
con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de
hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo
verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el
pecado.
Cordero inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida.
En El Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud
del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el
Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí
(Gal 2,20). Padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus
pasos y, además abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se
santifican y adquieren nuevo sentido.
El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogénito
entre muchos hermanos, recibe las primicias del Espíritu (Rom
8,23), las cuales le capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por medio de
este Espíritu, que es prenda de la herencia (Eph 1,14), se
restaura internamente todo el hombre hasta que llegue la redención del
cuerpo (Rom
8,23). Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita
en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también
vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu que habita en
vosotros (Rom 8,11). Urgen al cristiano la necesidad y el deber de
luchar, con muchas tribulaciones, contra el demonio, e incluso de padecer la
muerte. Pero, asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo,
llegará, corroborado por la esperanza, a la resurrección.
Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los
hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible.
Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una
sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo
ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se
asocien a este misterio pascual.
Este es el gran misterio del hombre que la Revelación cristiana esclarece a
los fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la
muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta obscuridad. Cristo
resucitó; con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida, para que, hijos en
el Hijo, clamemos en el Espíritu: Abba!,¡Padre!
CAPÍTULO II
LA COMUNIDAD HUMANA
Propósito del Concilio
23. Entre los principales aspectos del mundo actual hay que señalar la
multiplicación de las relaciones mutuas entre los hombres. Contribuye
sobremanera a este desarrollo el moderno progreso técnico. Sin embargo, la
perfección del coloquio fraterno no está en ese progreso, sino más hondamente en
la comunidad que entre las personas se establece, la cual exige el mutuo respeto
de su plena dignidad espiritual. La Revelación cristiana presta gran ayuda para
fomentar esta comunión interpersonal y al mismo tiempo nos lleva a una más
profunda comprensión de las leyes que regulan la vida social, y que el Creador
grabó en la naturaleza espiritual y moral del hombre.
Como el Magisterio de la Iglesia en recientes documentos ha expuesto
ampliamente la doctrina cristiana sobre la sociedad humana, el Concilio se
limita a recordar tan sólo algunas verdades fundamentales y exponer sus
fundamentos a la luz de la Revelación. A continuación subraya ciertas
consecuencias que de aquéllas fluyen, y que tienen extraordinaria importancia en
nuestros días.
Índole comunitaria de la vocación humana según el plan de Dios
24. Dios, que cuida de todos con paterna solicitud, ha querido que los
hombres constituyan una sola familia y se traten entre sí con espíritu de
hermanos. Todos han sido creados a imagen y semejanza de Dios, quien hizo de uno
todo el linaje humano y para poblar toda la haz de la tierra (Act 17,26),
y todos son llamados a un solo e idéntico fin, esto es, Dios mismo.
Por lo cual, el amor de Dios y del prójimo es el primero y el mayor
mandamiento. La Sagrada Escritura nos enseña que el amor de Dios no puede
separarse del amor del prójimo: ... cualquier otro precepto en esta
sentencia se resume : Amarás al prójimo como a ti mismo ... El amor es el
cumplimiento de la ley (Rom 13,9-10; cf. 1 Io 4,20). Esta
doctrina posee hoy extraordinaria importancia a causa de dos hechos: la
creciente interdependencia mutua de los hombres y la unificación asimismo
creciente del mundo.
Más aún, el Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como
nosotros también somos uno (Io 17,21-22), abriendo perspectivas
cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las
personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad.
Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios
ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la
entrega sincera de sí mismo a los demás.
Interdependencia entre la persona humana y la sociedad
25. La índole social del hombre demuestra que el desarrollo de la persona
humana y el crecimiento de la propia sociedad están mutuamente condicionados.
porque el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y
debe ser la persona humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta
necesidad de la vida social. La vida social no es, pues, para el hombre
sobrecarga accidental. Por ello, a través del trato con los demás, de la
reciprocidad de servicios, del diálogo con los hermanos, la vida social
engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para responder a su
vocación.
De los vínculos sociales que son necesarios para el cultivo del hombre, unos,
como la familia y la comunidad política, responden más inmediatamente a su
naturaleza profunda; otros, proceden más bien de su libre voluntad. En nuestra
época, por varias causas, se multiplican sin cesar las conexiones mutuas y las
interdependencias; de aquí nacen diversas asociaciones e instituciones tanto de
derecho público como de derecho privado. Este fenómeno, que recibe el nombre de
socialización, aunque encierra algunos peligros, ofrece, sin embargo, muchas
ventajas para consolidar y desarrollar las cualidades de la persona humana y
para garantizar sus derechos.
Mas si la persona humana, en lo tocante al cumplimiento de su vocación,
incluida la religiosa, recibe mucho de esta vida en sociedad, no se puede, sin
embargo, negar que las circunstancias sociales en que vive y en que está como
inmersa desde su infancia, con frecuencia le apartan del bien y le inducen al
mal. Es cierto que las perturbaciones que tan frecuentemente agitan la realidad
social proceden en parte de las tensiones propias de las estructuras económicas,
políticas y sociales. Pero proceden, sobre todo, de la soberbia y del egoísmo
humanos, que trastornan también el ambiente social. Y cuando la realidad social
se ve viciada por las consecuencias del pecado, el hombre, inclinado ya al mal
desde su nacimiento, encuentra nuevos estímulos para el pecado, los cuales sólo
pueden vencerse con denodado esfuerzo ayudado por la gracia.
La promoción del bien común
26. La interdependencia, cada vez más estrecha, y su progresiva
universalización hacen que el bien común -esto es, el conjunto de condiciones de
la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros
el logro más pleno y más fácil de la propia perfección- se universalice cada vez
más, e implique por ello derechos y obligaciones que miran a todo el género
humano. Todo grupo social debe tener en cuenta las necesidades y las legítimas
aspiraciones de los demás grupos; más aún, debe tener muy en cuenta el bien
común de toda la familia humana.
Crece al mismo tiempo la conciencia de la excelsa dignidad de la persona
humana, de su superioridad sobre las cosas y de sus derechos y deberes
universales e inviolables. Es, pues, necesario que se facilite al hombre todo lo
que éste necesita para vivir una vida verdaderamente humana, como son el
alimento, el vestido, la vivienda, el derecho a la libre elección de estado ya
fundar una familia, a la educación, al trabajo, a la buena fama, al respeto, a
una adecuada información, a obrar de acuerdo con la norma recta de su
conciencia, a la protección de la vida privada y a la justa libertad también en
materia religiosa.
El orden social, pues, y su progresivo desarrollo deben en todo momento
subordinarse al bien de la persona, ya que el orden real debe someterse al orden
personal, y no al contrario. El propio Señor lo advirtió cuando dijo que el
sábado había sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. El orden
social hay que desarrollarlo a diario, fundarlo en la verdad, edificarlo sobre
la justicia, vivificarlo por el amor. Pero debe encontrar en la libertad un
equilibrio cada día más humano. Para cumplir todos estos objetivos hay que
proceder a una renovación de los espíritus y a profundas reformas de la
sociedad.
El Espíritu de Dios, que con admirable providencia guía el curso de los
tiempos y renueva la faz de la tierra, no es ajeno a esta evolución. Y, por su
parte, el fermento evangélico ha despertado y despierta en el corazón del hombre
esta irrefrenable exigencia de la dignidad.
El respeto a la persona humana
27. Descendiendo a consecuencias prácticas de máxima urgencia, el Concilio
inculca el respeto al hombre, de forma de cada uno, sin excepción de nadie, debe
considerar al prójimo como otro yo, cuidando en primer lugar de su vida y de los
medios necesarios para vivirla dignamente, no sea que imitemos a aquel rico que
se despreocupó por completo del pobre Lázaro.
En nuestra época principalmente urge la obligación de acercarnos a todos y de
servirlos con eficacia cuando llegue el caso, ya se trate de ese anciano
abandonado de todos, o de ese trabajador extranjero despreciado injustamente, o
de ese desterrado, o de ese hijo ilegítimo que debe aguantar sin razón el pecado
que él no cometió, o de ese hambriento que recrimina nuestra conciencia
recordando la palabra del Señor: Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos
mis hermanos menores, a mi me lo hicisteis. (Mt 25,40).
No sólo esto. Cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase,
genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado-; cuanto viola la
integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las
torturas morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente
ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas
de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la
prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales
degradantes, que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin
respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana: todas estas
prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes, degradan la
civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son
totalmente contrarias al honor debido al Creador.
Respeto y amor a los adversarios
28. Quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en materia social,
política e incluso religiosa, deben ser también objeto de nuestro respeto y
amor. Cuanto más humana y caritativa sea nuestra comprensión íntima de su manera
de sentir, mayor será la facilidad para establecer con ellos el diálogo.
Esta caridad y esta benignidad en modo alguno deben convertirse en
indiferencia ante la verdad y el bien. Más aún, la propia caridad exige el
anuncio a todos los hombres de la verdad saludable. Pero es necesario distinguir
entre el error, que siempre debe ser rechazado, y el hombre que yerra, el cual
conserva la dignidad de la persona incluso cuando está desviado por ideas falsas
o insuficientes en materia religiosa. Dios es el único juez y escrutador del
corazón humano. Por ello, nos prohíbe juzgar la culpabilidad interna de los
demás.
La doctrina de Cristo pide también que perdonemos las injurias. El precepto
del amor se extiende a todos los enemigos. Es el mandamiento de la Nueva Ley:
«Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo". Pero
yo os digo : "Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian y orad
por lo que os persiguen y calumnian"» (Mt 5,43-44).
La igualdad esencial entre los hombres y la justicia social
29. La igualdad fundamental entre todos los hombres exige un reconocimiento
cada vez mayor. Porque todos ellos, dotados de alma racional y creados a imagen
de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque, redimidos por
Cristo, disfrutan de la misma vocación y de idéntico destino.
Es evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca a la
capacidad física y a las cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda
forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea
social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o
religión, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino. En
verdad, es lamentable que los derechos fundamentales de la persona no estén
todavía protegidos en la forma debida por todas partes. Es lo que sucede cuando
se niega a la mujer el derecho de escoger libremente esposo y de abrazar el
estado de vida que prefiera o se le impide tener acceso a una educación y a una
cultura iguales a las que se conceden al hombre.
Más aún, aunque existen desigualdades justas entre los hombres, sin embargo,
la igual dignidad de la persona exige que se llegue a una situación social más
humana y más justa. Resulta escandaloso el hecho de las excesivas desigualdades
económicas y sociales que se dan entre los miembros y los pueblos de una misma
familia humana. Son contrarias a la justicia social, a la equidad, a la dignidad
de la persona humana y a la paz social e internacional.
Las instituciones humanas, privadas o públicas, esfuércense por ponerse al
servicio de la dignidad y del fin del hombre. Luchen con energía contra
cualquier esclavitud social o política y respeten, bajo cualquier régimen
político, los derechos fundamentales del hombre. Más aún, estas instituciones
deben ir respondiendo cada vez más a las realidades espirituales, que son las
más profundas de todas, aunque es necesario todavía largo plazo de tiempo para
llegar al final deseado.
Hay que superar la ética individualista
30. La profunda y rápida transformación de la vida exige con suma urgencia
que no haya nadie que, por despreocupación frente a la realidad o por pura
inercia, se conforme con una ética meramente individualista. El deber de
justicia y caridad se cumple cada vez más contribuyendo cada uno al bien común
según la propia capacidad y la necesidad ajena, promoviendo y ayudando a las
instituciones, así públicas como privadas, que sirven para mejorar las
condiciones de vida del hombre. Hay quienes profesan amplias y generosas
opiniones, pero en realidad viven siempre como si nunca tuvieran cuidado alguno
de las necesidades sociales. No sólo esto; en varios países son muchos los que
menosprecian las leyes y las normas sociales. No pocos, con diversos
subterfugios y fraudes, no tienen reparo en soslayar los impuestos justos u
otros deberes para con la sociedad. Algunos subestiman ciertas normas de la vida
social; por ejemplo, las referentes a la higiene o las normas de la circulación,
sin preocuparse de que su descuido pone en peligro la vida propia y la vida del
prójimo.
La aceptación de las relaciones sociales y su observancia deben ser
consideradas por todos como uno de los principales deberes del hombre
contemporáneo. Porque cuanto más se unifica el mundo, tanto más los deberes del
hombre rebasan los límites de los grupos particulares y se extiende poco a poco
al universo entero. Ello es imposible si los individuos y los grupos sociales no
cultivan en sí mismo y difunden en la sociedad las virtudes morales y sociales,
de forma que se conviertan verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de
una nueva humanidad con el auxilio necesario de la divina gracia.
Responsabilidad y participación
31. Para que cada uno pueda cultivar con mayor cuidado el sentido de su
responsabilidad tanto respecto a sí mismo como de los varios grupos sociales de
los que es miembro, hay que procurar con suma diligencia una más amplia cultura
espiritual, valiéndose para ello de los extraordinarios medios de que el género
humano dispone hoy día. Particularmente la educación de los jóvenes, sea el que
sea el origen social de éstos, debe orientarse de tal modo, que forme hombres y
mujeres que no sólo sean personas cultas, sino también de generoso corazón, de
acuerdo con las exigencias perentorias de nuestra época.
Pero no puede llegarse a este sentido de la responsabilidad si no se
facilitan al hombre condiciones de vida que le permitan tener conciencia de su
propia dignidad y respondan a su vocación, entregándose a Dios ya los demás. La
libertad humana con frecuencia se debilita cuando el hombre cae en extrema
necesidad, de la misma manera que se envilece cuando el hombre, satisfecho por
una vida demasiado fácil, se encierra como en una dorada soledad. Por el
contrario, la libertad se vigoriza cuando el hombre acepta las inevitables
obligaciones de la vida social, toma sobre sí las multiformes exigencias de la
convivencia humana y se obliga al servicio de la comunidad en que vive.
Es necesario por ello estimular en todos la voluntad de participar en los
esfuerzos comunes. Merece alabanza la conducta de aquellas naciones en las que
la mayor parte de los ciudadanos participa con verdadera libertad en la vida
pública. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, la situación real de cada país y
el necesario vigor de la autoridad pública. Para que todos los ciudadanos se
sientan impulsados a participar en la vida de los diferentes grupos de integran
el cuerpo social, es necesario que encuentren en dichos grupos valores que los
atraigan y los dispongan a ponerse al servicio de los demás. Se puede pensar con
toda razón que el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a
las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar.
El Verbo encarnado y la solidaridad humana
32. Dios creó al hombre no para vivir aisladamente, sino para formar
sociedad. De la misma manera, Dios "ha querido santificar y salvar a los hombres
no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un
pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente". Desde el comienzo
de la historia de la salvación, Dios ha elegido a los hombres no solamente en
cuanto individuos, sino también a cuanto miembros de una determinada comunidad.
A los que eligió Dios manifestando su propósito, denominó pueblo suyo (Ex
3,7-12), con el que además estableció un pacto en el monte Sinaí.
Esta índole comunitaria se perfecciona y se consuma en la obra de Jesucristo.
El propio Verbo encarnado quiso participar de la vida social humana. Asistió a
las bodas de Caná, bajó a la casa de Zaqueo, comió con publicanos y pecadores.
Reveló el amor del Padre y la excelsa vocación del hombre evocando las
relaciones más comunes de la vida social y sirviéndose del lenguaje y de las
imágenes de la vida diaria corriente. Sometiéndose voluntariamente a las leyes
de su patria, santificó los vínculos humanos, sobre todo los de la familia,
fuente de la vida social. Eligió la vida propia de un trabajador de su tiempo y
de su tierra.
En su predicación mandó claramente a los hijos de Dios que se trataran como
hermanos. Pidió en su oración que todos sus discípulos fuesen uno. Más todavía,
se ofreció hasta la muerte por todos, como Redentor de todos. Nadie tiene mayor
amor que este de dar uno la vida por sus amigos (Io
15,13). Y ordenó a los Apóstoles predicar a todas las gentes la nueva angélica,
para que la humanidad se hiciera familia de Dios, en la que la plenitud de la
ley sea el amor.
Primogénito entre muchos hermanos, constituye, con el don de su Espíritu, una
nueva comunidad fraterna entre todos los que con fe y caridad le reciben después
de su muerte y resurrección, esto es, en su Cuerpo, que es la Iglesia, en la que
todos, miembros los unos de los otros, deben ayudarse mutuamente según la
variedad de dones que se les hayan conferido.
Esta solidaridad debe aumentarse siempre hasta aquel día en que llegue su
consumación y en que los hombres, salvador por la gracia, como familia amada de
Dios y de Cristo hermano, darán a Dios gloria perfecta.
CAPÍTULO III:
LA ACTIVIDAD HUMANA EN EL MUNDO
Planteamiento del problema
33. Siempre se ha esforzado el hombre con su trabajo y con su ingenio en
perfeccionar su vida; pero en nuestros días, gracias a la ciencia y la técnica,
ha logrado dilatar y sigue dilatando el campo de su dominio sobre casi toda la
naturaleza, y, con ayuda sobre todo el aumento experimentado por los diversos
medios de intercambio entre las naciones, la familia humana se va sintiendo y
haciendo una única comunidad en el mundo. De lo que resulta que gran número de
bienes que antes el hombre esperaba alcanzar sobre todo de las fuerzas
superiores, hoy los obtiene por sí mismo.
Ante este gigantesco esfuerzo que afecta ya a todo el género humano, surgen
entre los hombres muchas preguntas. ¿Qué sentido y valor tiene esa actividad?
¿Cuál es el uso que hay que hacer de todas estas cosas? ¿A qué fin deben tender
los esfuerzos de individuos y colectividades? La Iglesia, custodio del depósito
de la palabra de Dios, del que manan los principios en el orden religioso y
moral, sin que siempre tenga a manos respuesta adecuada a cada cuestión, desea
unir la luz de la Revelación al saber humano para iluminar el camino
recientemente emprendido por la humanidad.
Valor de la actividad humana
34. Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y
colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo
de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo,
responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el
mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y
cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo
entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el
sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el
mundo.
Esta enseñanza vale igualmente para los quehaceres más ordinarios. Porque los
hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia,
realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la
sociedad, con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del
Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se
cumplan los designios de Dios en la historia.
Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se
oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el
Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre
son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio. Cuanto
más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad
individual y colectiva. De donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta a
los hombres de la edificación del mundo si los lleva a despreocuparse del bien
ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo.
Ordenación de la actividad humana
35. La actividad humana, así como procede del hombre, así también se ordena
al hombre. Pues éste con su acción no sólo transforma las cosas y la sociedad,
sino que se perfecciona a sí mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, se
supera y se trasciende. Tal superación, rectamente entendida, es más importante
que las riquezas exteriores que puedan acumularse. El hombre vale más por lo que
es que por lo que tiene. Asimismo, cuanto llevan a cabo los hombres para lograr
más justicia, mayor fraternidad y un más humano planteamiento en los problemas
sociales, vale más que los progresos técnicos. Pues dichos progresos pueden
ofrecer, como si dijéramos, el material para la promoción humana, pero por sí
solos no pueden llevarla a cabo.
Por tanto, está es la norma de la actividad humana: que, de acuerdo con los
designios y voluntad divinos, sea conforme al auténtico bien del género humano y
permita al hombre, como individuo y como miembro de la sociedad, cultivar y
realizar íntegramente su plena vocación.
La justa autonomía de la realidad terrena
36. Muchos de nuestros contemporáneos parecen temer que, por una
excesivamente estrecha vinculación entre la actividad humana y la religión,
sufra trabas la autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia.
Si por autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la
sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir,
emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de
autonomía. No es sólo que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro
tiempo. Es que además responde a la voluntad del Creador. Pues, por la propia
naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad
y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con
el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte. Por ello,
la investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de
una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será
en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe
tienen su origen en un mismo Dios. Más aún, quien con perseverancia y humildad
se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevado, aun sin
saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a
todas ellas el ser. Son, a este respecto, de deplorar ciertas actitudes que, por
no comprender bien el sentido de la legítima autonomía de la ciencia, se han
dado algunas veces entre los propios cristianos; actitudes que, seguidas de
agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una oposición entre la ciencia
y la fe.
Pero si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada
es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al
Creador, no hay creyente alguno a quien se le oculte la falsedad envuelta en
tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece. Por lo demás, cuantos
creen en Dios, sea cual fuere su religión, escucharon siempre la manifestación
de la voz de Dios en el lenguaje de la creación. Más aún, por el olvido de Dios
la propia criatura queda oscurecida.
Deformación de la actividad humana por el pecado
37. La Sagrada Escritura, con la que está de acuerdo la experiencia de los
siglos, enseña a la familia humana que el progreso altamente beneficioso para el
hombre también encierra, sin embargo, gran tentación, pues los individuos y las
colectividades, subvertida la jerarquía de los valores y mezclado el bien con el
mal, no miran más que a lo suyo, olvidando lo ajeno. Lo que hace que el mundo no
sea ya ámbito de una auténtica fraternidad, mientras el poder acrecido de la
humanidad está amenazando con destruir al propio género humano.
A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder
de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el
Señor, hasta el día final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar
continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la
ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo.
Por ello, la Iglesia de Cristo, confiando en el designio del Creador, a la
vez que reconoce que el progreso puede servir a la verdadera felicidad humana,
no puede dejar de hacer oír la voz del Apóstol cuando dice: No queráis vivir
conforme a este mundo (Rom
12,2); es decir, conforme a aquel espíritu de vanidad y de malicia que
transforma en instrumento de pecado la actividad humana, ordenada al servicio de
Dios y de los hombres.
A la hora de saber cómo es posible superar tan deplorable miseria, la norma
cristiana es que hay que purificar por la cruz y la resurrección de Cristo y
encauzar por caminos de perfección todas las actividades humanas, las cuales, a
causa de la soberbia y el egoísmo, corren diario peligro.
El hombre, redimido por Cristo y hecho, en el Espíritu Santo, nueva criatura,
puede y debe amar las cosas creadas por Dios. Pues de Dios las recibe y las mira
y respeta como objetos salidos de las manos de Dios. Dándole gracias por ellas
al Bienhechor y usando y gozando de las criaturas en pobreza y con libertad de
espíritu, entra de veras en posesión del mundo como quien nada tiene y es dueño
de todo: Todo es vuestro; vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios (I
Cor 3,22-23).
Perfección de la actividad humana en el misterio pascual
38. El Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, hecho El mismo
carne y habitando en la tierra, entró como hombre perfecto en la historia del
mundo, asumiéndola y recapitulándola en sí mismo.
El es quien nos revela
que Dios es amor (1 Io 4,8), a la vez que nos enseña que la ley
fundamental de la perfección humana, es el mandamiento nuevo del amor. Así,
pues, a los que creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a
todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad
universal no son cosas inútiles. Al mismo tiempo advierte que esta caridad no
hay que buscarla únicamente en los acontecimientos importantes, sino, ante todo,
en la vida ordinaria. El, sufriendo la muerte por todos nosotros, pecadores, nos
enseña con su ejemplo a llevar la cruz que la carne y el mundo echan sobre los
hombros de los que buscan la paz y la justicia. Constituido Señor por su
resurrección, Cristo, al que le ha sido dada toda potestad en el cielo y en la
tierra, obra ya por la virtud de su Espíritu en el corazón del hombre, no sólo
despertando el anhelo del siglo futuro, sino alentando, purificando y
robusteciendo también con ese deseo aquellos generosos propósitos con los que la
familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida y someter la tierra a
este fin. Mas los dones del Espíritu Santo son diversos: si a unos llama a dar
testimonio manifiesto con el anhelo de la morada celestial y a mantenerlo vivo
en la familia humana, a otros los llama para que se entreguen al servicio
temporal de los hombres, y así preparen la materia del reino de los cielos. Pero
a todos les libera, para que, con la abnegación propia y el empleo de todas las
energías terrenas en pro de la vida, se proyecten hacia las realidades futuras,
cuando la propia humanidad se convertirán en oblación acepta a Dios.
El Señor dejó a los suyos prenda de tal esperanza y alimento para el camino
en aquel sacramento de la fe en el que los elementos de la naturaleza,
cultivados por el hombre, se convierten en el cuerpo y sangre gloriosos con la
cena de la comunión fraterna y la degustación del banquete celestial.
Tierra nueva y cielo nuevo
39. Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la
humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La
figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos
prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya
bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen
en el corazón humano.
Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que
fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se revestirá de
incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se verán libres de
la servidumbre de la vanidad todas las criaturas, que Dios creó pensando en el
hombre.
Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se
pierde a sí mismo. No obstante, la espera de una tierra nueva no debe
amortiguar, sino más bien aliviar, la preocupación de perfeccionar esta tierra,
donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera
anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir
cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo,
el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana,
interesa en gran medida al reino de Dios.
Pues los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad; en
una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo,
después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de
acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha,
iluminados y trasfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y
universal: "reino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de
justicia, de amor y de paz". El reino está ya misteriosamente presente en
nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección.
CAPÍTULO IV
MISIÓN DE LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO
Relación mutua entre la Iglesia y el mundo
40. Todo lo que llevamos dicho sobre la dignidad de la persona, sobre la
comunidad humana, sobre el sentido profundo de la actividad del hombre,
constituye el fundamento de la relación entre la Iglesia y el mundo, y también
la base para el mutuo diálogo. Por tanto, en este capítulo, presupuesto todo lo
que ya ha dicho el Concilio sobre el misterio de la Iglesia, va a ser objeto de
consideración la misma Iglesia en cuanto que existe en este mundo y vive y actúa
con él.
Nacida del amor del Padre Eterno, fundada en el tiempo por Cristo Redentor,
reunida en el Espíritu Santo, la Iglesia tiene una finalidad escatológica y de
salvación, que sólo en el mundo futuro podrá alcanzar plenamente. Está presente
ya aquí en la tierra, formada por hombres, es decir, por miembros de la ciudad
terrena que tienen la vocación de formar en la propia historia del género humano
la familia de los hijos de Dios, que ha de ir aumentando sin cesar hasta la
venida del Señor. Unida ciertamente por razones de los bienes eternos y
enriquecida por ellos, esta familia ha sido "constituida y organizada por Cristo
como sociedad en este mundo" y está dotada de "los medios adecuados propios de
una unión visible y social". De esta forma, la Iglesia, "entidad social visible
y comunidad espiritual", avanza juntamente con toda la humanidad, experimenta la
suerte terrena del mundo, y su razón de ser es actuar como fermento y como alma
de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios.
Esta compenetración de la ciudad terrena y de la ciudad eterna sólo puede
percibirse por la fe; más aún, es un misterio permanente de la historia humana
que se ve perturbado por el pecado hasta la plena revelación de la claridad de
los hijos de Dios. Al buscar su propio fin de salvación, la Iglesia no sólo
comunica la vida divina al hombre, sino que además difunde sobre el universo
mundo, en cierto modo, el reflejo de su luz, sobre todo curando y elevando la
dignidad de la persona, consolidando la firmeza de la sociedad y dotando a la
actividad diaria de la humanidad de un sentido y de una significación mucho más
profundos. Cree la Iglesia que de esta manera, por medio de sus hijos y por
medio de su entera comunidad, puede ofrecer gran ayuda para dar un sentido más
humano al hombre a su historia.
La Iglesia católica de buen grado estima mucho todo lo que en este orden han
hecho y hacen las demás Iglesias cristianas o comunidades eclesiásticas con su
obra de colaboración. Tiene asimismo la firme persuasión de que el mundo, a
través de las personas individuales y de toda la sociedad humana, con sus
cualidades y actividades, puede ayudarla mucho y de múltiples maneras en la
preparación del Evangelio. Expónense a continuación algunos principios generales
para promover acertadamente este mutuo intercambio y esta mutua ayuda en todo
aquello que en cierta manera es común a la Iglesia y al mundo.
Ayuda que la Iglesia procura prestar a cada hombre
41. El hombre contemporáneo camina hoy hacia el desarrollo pleno de su
personalidad y hacia el descubrimiento y afirmación crecientes de sus derechos.
Como a la Iglesia se ha confiado la manifestación del misterio de Dios, que es
el fin último del hombre, la Iglesia descubre con ello al hombre el sentido de
la propia existencia, es decir, la verdad más profunda acerca del ser humano.
Bien sabe la Iglesia que sólo Dios, al que ella sirve, responde a las
aspiraciones más profundas del corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente
con solos los alimentos terrenos. Sabe también que el hombre, atraído sin cesar
por el Espíritu de Dios, nunca jamás será del todo indiferente ante el problema
religioso, como los prueban no sólo la experiencia de los siglos pasados, sino
también múltiples testimonios de nuestra época. Siempre deseará el hombre saber,
al menos confusamente, el sentido de su vida, de su acción y de su muerte. La
presencia misma de la Iglesia le recuerda al hombre tales problemas; pero es
sólo Dios, quien creó al hombre a su imagen y lo redimió del pecado, el que
puede dar respuesta cabal a estas preguntas, y ello por medio de la Revelación
en su Hijo, que se hizo hombre. El que sigue a Cristo, Hombre perfecto, se
perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre.
Apoyada en esta fe, la Iglesia puede rescatar la dignidad humana del
incesante cambio de opiniones que, por ejemplo, deprimen excesivamente o exaltan
sin moderación alguna el cuerpo humano. No hay ley humana que pueda garantizar
la dignidad personal y la libertad del hombre con la seguridad que comunica el
Evangelio de Cristo, confiado a la Iglesia. El Evangelio enuncia y proclama la
libertad de los hijos de Dios, rechaza todas las esclavitudes, que derivan, en
última instancia, del pecado; respeta santamente la dignidad de la conciencia y
su libre decisión; advierte sin cesar que todo talento humano debe redundar en
servicio de Dios y bien de la humanidad; encomienda, finalmente, a todos a la
caridad de todos. Esto corresponde a la ley fundamental de la economía
cristiana. Porque, aunque el mismo Dios es Salvador y Creador, e igualmente,
también Señor de la historia humana y de la historia de la salvación, sin
embargo, en esta misma ordenación divina, la justa autonomía de lo creado, y
sobre todo del hombre, no se suprime, sino que más bien se restituye a su propia
dignidad y se ve en ella consolidada.
La Iglesia, pues, en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los
derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época
actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos. Debe, sin embargo,
lograrse que este movimiento quede imbuido del espíritu evangélico y garantizado
frente a cualquier apariencia de falsa autonomía. Acecha, en efecto, la
tentación de juzgar que nuestros derechos personales solamente son salvados en
su plenitud cuando nos vemos libres de toda norma divina. Por ese camino, la
dignidad humano no se salva; por el contrario, perece.
Ayuda que la Iglesia procura dar a la sociedad humana
42. La unión de la familia humana cobra sumo vigor y se completa con la
unidad, fundada en Cristo, de la familia constituida por los hijos de Dios.
La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político,
económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero
precisamente de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías
que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley
divina. Más aún, donde sea necesario, según las circunstancias de tiempo y de
lugar, la misión de la Iglesia puede crear, mejor dicho, debe crear, obras al
servicio de todos, particularmente de los necesitados, como son, por ejemplo,
las obras de misericordia u otras semejantes.
La Iglesia reconoce, además, cuanto de bueno se halla en el actual dinamismo
social: sobre todo la evolución hacia la unidad, el proceso de una sana
socialización civil y económica. La promoción de la unidad concuerda con la
misión íntima de la Iglesia, ya que ella es "en Cristo como sacramento, o sea
signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género
humano". Enseña así al mundo que la genuina unión social exterior procede de la
unión de los espíritus y de los corazones, esto es, de la fe y de la caridad,
que constituyen el fundamento indisoluble de su unidad en el Espíritu Santo. Las
energías que la Iglesia puede comunicar a la actual sociedad humana radican en
esa fe y en esa caridad aplicadas a la vida práctica. No radican en el mero
dominio exterior ejercido con medios puramente humanos.
Como, por otra parte, en virtud de su misión y naturaleza, no está ligada a
ninguna forma particular de civilización humana ni a sistema alguno político,
económico y social, la Iglesia, por esta su universalidad, puede constituir un
vínculo estrechísimo entre las diferentes naciones y comunidades humanas, con
tal que éstas tengan confianza en ella y reconozcan efectivamente su verdadera
libertad para cumplir tal misión. Por esto, la Iglesia advierte a sus hijos, y
también a todos los hombres, a que con este familiar espíritu de hijos de Dios
superen todas las desavenencias entre naciones y razas y den firmeza interna a
las justas asociaciones humanas.
El Concilio aprecia con el mayor respeto cuanto de verdadero, de bueno y de
justo se encuentra en las variadísimas instituciones fundadas ya o que
incesantemente se fundan en la humanidad. Declara, además, que la Iglesia quiere
ayudar y fomentar tales instituciones en lo que de ella dependa y puede
conciliarse con su misión propia. Nada desea tanto como desarrollarse
libremente, en servicio de todos, bajo cualquier régimen político que reconozca
los derechos fundamentales de la persona y de la familia y los imperativos del
bien común.
Ayuda que la Iglesia, a través de sus hijos, procura prestar al
dinamismo humano
43. El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y
de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados
siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando
que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que
pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuanta que la propia fe es un
motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la
vocación personal de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por
el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente del todo a la vida
religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al
cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la
vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de
nuestra época. Ya en el Antiguo Testamento los profetas reprendían con
vehemencia semejante escándalo. Y en el Nuevo Testamento sobre todo, Jesucristo
personalmente conminaba graves penas contra él. No se creen, por consiguiente,
oposiciones artificiales entre las ocupaciones profesionales y sociales, por una
parte, y la vida religiosa por otra. El cristiano que falta a sus obligaciones
temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus
obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación. Siguiendo el
ejemplo de Cristo, quien ejerció el artesanado, alégrense los cristianos de
poder ejercer todas sus actividades temporales haciendo una síntesis vital del
esfuerzo humano, familiar, profesional, científico o técnico, con los valores
religiosos, bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios.
Competen a los laicos propiamente, aunque no exclusivamente, las tareas y el
dinamismo seculares. Cuando actúan, individual o colectivamente, como ciudadanos
del mundo, no solamente deben cumplir las leyes propias de cada disciplina, sino
que deben esforzarse por adquirir verdadera competencia en todos los campos.
Gustosos colaboren con quienes buscan idénticos fines. Conscientes de las
exigencias de la fe y vigorizados con sus energías, acometan sin vacilar, cuando
sea necesario, nuevas iniciativas y llévenlas a buen término. A la conciencia
bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad
terrena. De los sacerdotes, los laicos pueden esperar orientación e impulso
espiritual,. Pero no piensen que sus pastores están siempre en condiciones de
poderles dar inmediatamente solución concreta en todas las cuestiones, aun
graves, que surjan. No es ésta su misión. Cumplen más bien los laicos su propia
función con la luz de la sabiduría cristiana y con la observancia atenta de la
doctrina del Magisterio.
Muchas veces sucederá que la propia concepción cristiana de la vida les
inclinará en ciertos casos a elegir una determinada solución. Pero podrá
suceder, como sucede frecuentemente y con todo derecho, que otros fieles,
guiados por una no menor sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta
manera. En estos casos de soluciones divergentes aun al margen de la intención
de ambas partes, muchos tienen fácilmente a vincular su solución con el mensaje
evangélico. Entiendan todos que en tales casos a nadie le está permitido
reivindicar en exclusiva a favor de su parecer la autoridad de la Iglesia.
Procuren siempre hacerse luz mutuamente con un diálogo sincero, guardando la
mutua caridad y la solicitud primordial pro el bien común.
Los laicos, que desempeñan parte activa en toda la vida de la Iglesia, no
solamente están obligados a cristianizar el mundo, sino que además su vocación
se extiende a ser testigos de Cristo en todo momento en medio de la sociedad
humana.
Los Obispos, que han recibido la misión de gobernar a la Iglesia de Dios,
prediquen, juntamente con sus sacerdotes, el mensaje de Cristo, de tal manera
que toda la actividad temporal de los fieles quede como inundada por la luz del
Evangelio. Recuerden todos los pastores, además, que son ellos los que con su
trato y su trabajo pastoral diario exponen al mundo el rostro de la Iglesia, que
es el que sirve a los hombres para juzgar la verdadera eficacia del mensaje
cristiano. Con su vida y con sus palabras, ayudados por los religiosos y por sus
fieles, demuestren que la Iglesia, aun por su sola presencia, portadora de todos
sus dones, es fuente inagotable de las virtudes de que tan necesitado anda el
mundo de hoy. Capacítense con insistente afán para participar en el diálogo que
hay que entablar con el mundo y con los hombres de cualquier opinión. Tengan
sobre todo muy en el corazón las palabras del Concilio: "Como el mundo entero
tiende cada día más a la unidad civil, económica y social, conviene tanto más
que los sacerdotes, uniendo sus esfuerzos y cuidados bajo la guía de los Obispos
y del Sumo Pontífice, eviten toda causa de dispersión, para que todo el género
humano venga a la unidad de la familia de Dios".
Aunque la Iglesia, pro la virtud del Espíritu Santo, se ha mantenido como
esposa fiel de su Señor y nunca ha cesado de ser signo de salvación en el mundo,
sabe, sin embargo, muy bien que no siempre, a lo largo de su prolongada
historia, fueron todos sus miembros, clérigos o laicos, fieles al espíritu de
Dios. Sabe también la Iglesia que aún hoy día es mucha la distancia que se da
entre el mensaje que ella anuncia y la fragilidad humana de los mensajeros a
quienes está confiado el Evangelio. Dejando a un lado el juicio de la historia
sobre estas deficiencias, debemos, sin embargo, tener conciencia de ellas y
combatirlas con máxima energía para que no dañen a la difusión del Evangelio. De
igual manera comprende la Iglesia cuánto le queda aún por madurar, por su
experiencia de siglos, en la relación que debe mantener con el mundo. Dirigida
por el Espíritu Santo, la Iglesia, como madre, no cesa de "exhortar a sus hijos
a la purificación y a la renovación para que brille con mayor claridad la señal
de Cristo en el rostro de la Iglesia".
Ayuda que la Iglesia recibe del mundo moderno
44. Interesa al mundo reconocer a la Iglesia como realidad social y fermento
de la historia. De igual manera, la Iglesia reconoce los muchos beneficios que
ha recibido de la evolución histórica del género humano.
La experiencia del pasado, el progreso científico, los tesoros escondidos en
las diversas culturas, permiten conocer más a fondo la naturaleza humana, abren
nuevos caminos para la verdad y aprovechan también a la Iglesia. Esta, desde el
comienzo de su historia, aprendió a expresar el mensaje cristiano con los
conceptos y en la lengua de cada pueblo y procuró ilustrarlo además con el saber
filosófico. Procedió así a fin de adaptar el Evangelio a nivel del saber popular
y a las exigencias de los sabios en cuanto era posible. Esta adaptación de la
predicación de la palabra revelada debe mantenerse como ley de toda la
evangelización. Porque así en todos los pueblos se hace posible expresar el
mensaje cristiano de modo apropiado a cada uno de ellos y al mismo tiempo se
fomenta un vivo intercambio entre la Iglesia y las diversas culturas. Para
aumentar este trato sobre todo en tiempos como los nuestros, en que las cosas
cambian tan rápidamente y tanto varían los modos de pensar, la Iglesia necesita
de modo muy peculiar la ayuda de quienes por vivir en el mundo, sean o no sean
creyentes, conocen a fondo las diversas instituciones y disciplinas y comprenden
con claridad la razón íntima de todas ellas. Es propio de todo el Pueblo de
Dios, pero principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar,
discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de
nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la
Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma
más adecuada.
La Iglesia, por disponer de una estructura social visible, señal de su unidad
en Cristo, puede enriquecerse, y de hecho se enriquece también, con la evolución
de la vida social, no porque le falte en la constitución que Cristo le dio
elemento alguno, sino para conocer con mayor profundidad esta misma
constitución, para expresarla de forma más perfecta y para adaptarla con mayor
acierto a nuestros tiempos. La Iglesia reconoce agradecida que tanto en el
conjunto de su comunidad como en cada uno de sus hijos recibe ayuda variada de
parte de los hombres de toda clase o condición. Porque todo el que promueve la
comunidad humana en el orden de la familia, de la cultura, de la vida
económico-social, de la vida política, así nacional como internacional,
proporciona no pequeña ayuda, según el plan divino, también a la comunidad
eclesial, ya que ésta depende asimismo de las realidades externas. Más aún, la
Iglesia confiesa que le han sido de mucho provecho y le pueden ser todavía de
provecho la oposición y aun la persecución de sus contrarios.
Cristo, alfa y omega
45. La Iglesia, al prestar ayuda al mundo y al recibir del mundo múltiple
ayuda, sólo pretende una cosa: el advenimiento del reino de Dios y la salvación
de toda la humanidad. Todo el bien que el Pueblo de Dios puede dar a la familia
humana al tiempo de su peregrinación en la tierra, deriva del hecho de que la
Iglesia es "sacramento universal de salvación", que manifiesta y al mismo tiempo
realiza el misterio del amor de Dios al hombre.
El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre
perfecto, salvará a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de
la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la
historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y
plenitud total de sus aspiraciones. El es aquel a quien el Padre resucitó,
exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos.
Vivificados y reunidos en su Espíritu, caminamos como peregrinos hacia la
consumación de la historia humana, la cual coincide plenamente con su amoroso
designio: "Restaurar en Cristo todo lo que hay en el cielo y en la tierra" (Eph
1,10).
He aquí que dice el Señor: "Vengo presto, y conmigo mi recompensa,
para dar a cada uno según sus obra. Yo soy el alfa y la omega, el primero y el
último, el principio y el fin" (Apoc 22,12-13).
SEGUNDA PARTE
ALGUNOS PROBLEMAS MÁS URGENTES
Introducción
46. Después de haber expuesto la gran dignidad de la persona humana y la
misión, tanto individual como social, a la que ha sido llamada en el mundo
entero, el Concilio, a la luz del Evangelio y de la experiencia humana, llama
ahora la atención de todos sobre algunos problemas actuales más urgentes que
afectan profundamente al género humano.
Entre las numerosas cuestiones que preocupan a todos, haya que mencionar
principalmente las que siguen: el matrimonio y la familia, la cultura humana, la
vida económico-social y política, la solidaridad de la familia de los pueblos y
la paz. Sobre cada una de ellas debe resplandecer la luz de los principios que
brota de Cristo, para guiar a los cristianos e iluminar a todos los hombres en
la búsqueda de solución a tantos y tan complejos problemas.
CAPÍTULO I
DIGNIDAD DEL MATRIMONIO Y DE LA FAMILIA
El matrimonio y la familia en el mundo actual
47. El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está
estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar. Por
eso los cristianos, junto con todos lo que tienen en gran estima a esta
comunidad, se alegran sinceramente de los varios medios que permiten hoy a los
hombres avanzar en el fomento de esta comunidad de amor y en el respeto a la
vida y que ayudan a los esposos y padres en el cumplimiento de su excelsa
misión; de ellos esperan, además, los mejores resultados y se afanan por
promoverlos.
Sin embargo, la dignidad de esta institución no brilla en todas partes con el
mismo esplendor, puesto que está oscurecida por la poligamia, la epidemia del
divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones; es más, el amor
matrimonial queda frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los
usos ilícitos contra la generación. Por otra parte, la actual situación
económico, social-psicológica y civil son origen de fuertes perturbaciones para
la familia. En determinadas regiones del universo, finalmente, se observan con
preocupación los problemas nacidos del incremento demográfico. Todo lo cual
suscita angustia en las conciencias. Y, sin embargo, un hecho muestra bien el
vigor y la solidez de la institución matrimonial y familiar: las profundas
transformaciones de la sociedad contemporánea, a pesar de las dificultades a que
han dado origen, con muchísima frecuencia manifiestan, de varios modos, la
verdadera naturaleza de tal institución.
Por tanto el Concilio, con la exposición más clara de algunos puntos
capitales de la doctrina de la Iglesia, pretende iluminar y fortalecer a los
cristianos y a todos los hombres que se esfuerzan por garantizar y promover la
intrínseca dignidad del estado matrimonial y su valor eximio.
El carácter sagrado del matrimonio y de la familia
48. Fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima
comunidad conyugal de vida y amor se establece sobre la alianza de los cónyuges,
es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable. Así, del acto humano
por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la
sociedad, una institución confirmada por la ley divina. Este vínculo sagrado, en
atención al bien tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no
depende de la decisión humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio, al
cual ha dotado con bienes y fines varios, todo lo cual es de suma importancia
para la continuación del género humano, para el provecho personal de cada
miembro de la familia y su suerte eterna, para la dignidad, estabilidad, paz y
prosperidad de la misma familia y de toda la sociedad humana. Por su índole
natural, la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí
mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como
con su corona propia. De esta manera, el marido y la mujer, que por el pacto
conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt
19,6), con la unión íntima de sus personas y actividades se ayudan y se
sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez más
plenamente. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que
el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble
unidad.
Cristo nuestro Señor bendijo abundantemente este amor multiforme, nacido de
la fuente divina de la caridad y que está formado a semejanza de su unión con la
Iglesia. Porque así como Dios antiguamente se adelantó a unirse a su pueblo por
una alianza de amor y de fidelidad, así ahora el Salvador de los hombres y
Esposo de la Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del
sacramento del matrimonio. Además, permanece con ellos para que los esposos, con
su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia
y se entregó por ella. El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y
se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de
la Iglesia para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos y
fortalecerlos en la sublime misión de la paternidad y la maternidad. Por ello
los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están
fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al
cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que
satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia
perfección y a su mutua santificación, y , por tanto, conjuntamente, a la
glorificación de Dios.
Gracias precisamente a los padres, que precederán con el ejemplo y la oración
en familia, los hijos y aun los demás que viven en el círculo familiar
encontrarán más fácilmente el camino del sentido humano, de la salvación y de la
santidad. En cuanto a los esposos, ennoblecidos por la dignidad y la función de
padre y de madre, realizarán concienzudamente el deber de la educación,
principalmente religiosa, que a ellos, sobre todo, compete.
Los hijos, como miembros vivos de la familia, contribuyen, a su manera, a la
santificación de los padres. Pues con el agradecimiento, la piedad filial y la
confianza corresponderán a los beneficios recibidos de sus padres y, como hijos,
los asistirán en las dificultades de la existencia y en la soledad, aceptada con
fortaleza de ánimo, será honrada por todos. La familia hará partícipes a otras
familias, generosamente, de sus riquezas espirituales. Así es como la familia
cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación de
la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia
viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya por el
amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la
cooperación amorosa de todos sus miembros.
Del amor conyugal
49. Muchas veces a los novios y a los casados les invita la palabra divina a
que alimenten y fomenten el noviazgo con un casto afecto, y el matrimonio con un
amor único. Muchos contemporáneos nuestros exaltan también el amor auténtico
entre marido y mujer, manifestado de varias maneras según las costumbres
honestas de los pueblos y las épocas. Este amor, por ser eminentemente humano,
ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de
toda la persona, y , por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial
las expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como elementos y
señales específicas de la amistad conyugal. El Señor se ha dignado sanar este
amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y la caridad.
Un tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un
don libre y mutuo de sí mismos, comprobado por sentimientos y actos de ternura,
e impregna toda su vida; más aún, por su misma generosa actividad crece y se
perfecciona. Supera, por tanto, con mucho la inclinación puramente erótica, que,
por ser cultivo del egoísmo, se desvanece rápida y lamentablemente.
Esta amor se expresa y perfecciona singularmente con la acción propia del
matrimonio. Por ello los actos con los que los esposos se unen íntima y
castamente entre sí son honestos y dignos, y, ejecutados de manera
verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco, con el que se
enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud. Este amor, ratificado por
la mutua fidelidad y, sobre todo, por el sacramento de Cristo, es
indisolublemente fiel, en cuerpo y mente, en la prosperidad y en la adversidad,
y, por tanto, queda excluido de él todo adulterio y divorcio. El reconocimiento
obligatorio de la igual dignidad personal del hombre y de la mujer en el mutuo y
pleno amor evidencia también claramente la unidad del matrimonio confirmada por
el Señor. Para hacer frente con constancia a las obligaciones de esta vocación
cristiana se requiere una insigne virtud; por eso los esposos, vigorizados por
la gracia para la vida de santidad, cultivarán la firmeza en el amor, la
magnanimidad de corazón y el espíritu de sacrificio, pidiéndolos asiduamente en
la oración.
Se apreciará más hondamente el genuino amor conyugal y se formará una opinión
pública sana acerca de él si los esposos cristianos sobresalen con el testimonio
de su fidelidad y armonía en el mutuo amor y en el cuidado por la educación de
sus hijos y si participan en la necesaria renovación cultural, psicológica y
social en favor del matrimonio y de la familia. Hay que formar a los jóvenes, a
tiempo y convenientemente, sobre la dignidad, función y ejercicio del amor
conyugal, y esto preferentemente en el seno de la misma familia. Así, educados
en el culto de la castidad, podrán pasar, a la edad conveniente, de un honesto
noviazgo al matrimonio.
Fecundidad del matrimonio
50. El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza
a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más
excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios
padres. El mismo Dios, que dijo: "No es bueno que el hombre esté solo" (Gen
2,18), y que "desde el principio ... hizo al hombre varón y mujer" (Mt
19,4), queriendo comunicarle una participación especial en su propia obra
creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: "Creced y multiplicaos" (Gen
1,28). De aquí que el cultivo auténtico del amor conyugal y toda la estructura
de la vida familiar que de él deriva, sin dejar de lado los demás fines del
matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para cooperar con fortaleza de
espíritu con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ellos
aumenta y enriquece diariamente a su propia familia.
En el deber de transmitir la vida humana y de educarla, lo cual hay que
considerar como su propia misión, los cónyuges saben que son cooperadores del
amor de Dios Creador y como sus intérpretes. Por eso, con responsabilidad humana
y cristiana cumplirán su misión y con dócil reverencia hacia Dios se esforzarán
ambos, de común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto,
atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos
o todavía por venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado
de vida tanto materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuanta el
bien de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia.
Este juicio, en último término, deben formarlo ante Dios los esposos
personalmente. En su modo de obrar, los esposos cristianos sean conscientes de
que no pueden proceder a su antojo, sino que siempre deben regirse por la
conciencia, lo cual ha de ajustarse a la ley divina misma, dóciles al Magisterio
de la Iglesia, que interpreta auténticamente esta ley a la luz del Evangelio.
Dicha ley divina muestra el pleno sentido del amor conyugal, lo protege e
impulsa a la perfección genuinamente humana del mismo. Así, los esposos
cristianos, confiados en la divina Providencia cultivando el espíritu de
sacrificio, glorifican al Creador y tienden a la perfección en Cristo cuando con
generosa, humana y cristiana responsabilidad cumplen su misión procreadora.
Entre los cónyuges que cumplen de este modo la misión que Dios les ha confiado,
son dignos de mención muy especial los que de común acuerdo, bien ponderado,
aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente.
Pero el matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreación, sino
que la propia naturaleza del vínculo indisoluble entre las personas y el bien de
la prole requieren que también el amor mutuo de los esposos mismos se
manifieste, progrese y vaya madurando ordenadamente. Por eso, aunque la
descendencia, tan deseada muchas veces, falte, sigue en pie el matrimonio como
intimidad y comunión total de la vida y conserva su valor e indisolubilidad.
El amor conyugal debe compaginarse con el respeto a la vida humana
51. El Concilio sabe que los esposos, al ordenar armoniosamente su vida
conyugal, con frecuencia se encuentran impedidos por algunas circunstancias
actuales de la vida, y pueden hallarse en situaciones en las que el número de
hijos, al manos por ciento tiempo, no puede aumentarse, y el cultivo del amor
fiel y la plena intimidad de vida tienen sus dificultades para mantenerse.
Cuando la intimidad conyugal se interrumpe, puede no raras veces correr riesgos
la fidelidad y quedar comprometido el bien de la prole, porque entonces la
educación de los hijos y la fortaleza necesaria para aceptar los que vengan
quedan en peligro.
Hay quienes se atreven a dar soluciones inmorales a estos problemas; más aún,
ni siquiera retroceden ante el homicidio; la Iglesia, sin embargo, recuerda que
no puede hacer contradicción verdadera entre las leyes divinas de la transmisión
obligatoria de la vida y del fomento del genuino amor conyugal.
Pues Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la insigne misión de
conservar la vida, misión que ha de llevarse a cabo de modo digno del hombre.
Por tanto, la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo
cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables. La índole sexual
del hombre y la facultad generativa humana superan admirablemente lo que de esto
existe en los grados inferiores de vida; por tanto, los mismos actos propios de
la vida conyugal, ordenados según la genuina dignidad humana, deben ser
respetados con gran reverencia. Cuando se trata, pues, de conjugar el amor
conyugal con la responsable transmisión de la vida, la índole moral de la
conducta no depende solamente de la sincera intención y apreciación de los
motivos, sino que debe determinarse con criterios objetivos tomados de la
naturaleza de la persona y de sus actos, criterios que mantienen íntegro el
sentido de la mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos con el amor
verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente la virtud de la castidad
conyugal. No es lícito a los hijos de la Iglesia, fundados en estos principios,
ir por caminos que el Magisterio, al explicar la ley divina reprueba sobre la
regulación de la natalidad.
Tengan todos entendido que la vida de los hombres y la misión de transmitirla
no se limita a este mundo, ni puede ser conmensurada y entendida a este solo
nivel, sino que siempre mira el destino eterno de los hombres.
El progreso del matrimonio y de la familia, obra de todos
52. La familia es escuela del más rico humanismo. Para que pueda lograr la
plenitud de su vida y misión se requieren un clima de benévola comunicación y
unión de propósitos entre los cónyuges y una cuidadosa cooperación de los padres
en la educación de los hijos. La activa presencia del padre contribuye
sobremanera a la formación de los hijos; pero también debe asegurarse el cuidado
de la madre en el hogar, que necesitan principalmente los niños menores, sin
dejar por eso a un lado la legítima promoción social de la mujer. La educación
de los hijos ha de ser tal, que al llegar a la edad adulta puedan, con pleno
sentido de la responsabilidad, seguir la vocación, aun la sagrada, y escoger
estado de vida; y si éste es el matrimonio, puedan fundar una familia propia en
condiciones morales, sociales y económicas adecuadas. Es propio de los padres o
de los tutores guiar a los jóvenes con prudentes consejos, que ellos deben oír
con gusto, al tratar de fundar una familia, evitando, sin embargo, toda coacción
directa o indirecta que les lleve a casarse o a elegir determinada persona.
Así, la familia, en la que distintas generaciones coinciden y se ayudan
mutuamente a lograr una mayor sabiduría y a armonizar los derechos de las
personas con las demás exigencias de la vida social, constituye el fundamente de
la sociedad. Por ello todos los que influyen en las comunidades y grupos
sociales deben contribuir eficazmente al progreso del matrimonio y de la
familia. El poder civil ha de considerar obligación suya sagrada reconocer la
verdadera naturaleza del matrimonio y de la familia, protegerla y ayudarla,
asegurar la moralidad pública y favorecer la prosperidad doméstica. Hay que
salvaguardar el derecho de los padres a procrear y a educar en el seno de la
familia a sus hijos. Se debe proteger con legislación adecuada y diversas
instituciones y ayudar de forma suficiente a aquellos que desgraciadamente
carecen del bien de una familia propia.
Los cristianos, rescatando el tiempo presente y distinguiendo lo eterno de lo
pasajero, promuevan con diligencia los bienes del matrimonio y de la familia así
con el testimonio de la propia vida como con la acción concorde con los hombres
de buena voluntad, y de esta forma, suprimidas las dificultades, satisfarán las
necesidades de la familia y las ventajas adecuadas a los nuevos tiempos. Para
obtener este fin ayudarán mucho el sentido cristiano de los fieles, la recta
conciencia moral de los hombres y la sabiduría y competencia de las personas
versadas en las ciencias sagradas.
Los científicos, principalmente los biólogos, los médicos, los sociólogos y los
psicólogos, pueden contribuir mucho al bien del matrimonio y de la familia y
a la paz de las conciencias si se esfuerzan por aclarar más a fondo, con
estudios convergentes, las diversas circunstancias favorables a la honesta
ordenación de la procreación humana.
Pertenece a los sacerdotes, debidamente preparados en el tema de la familia,
fomentar la vocación de los esposos en la vida conyugal y familiar con distintos
medios pastorales, con la predicación de la palabra de Dios, con el culto
litúrgico y otras ayudas espirituales; fortalecerlos humana y pacientemente en
las dificultades y confortarlos en la caridad para que formen familias realmente
espléndidas.
Las diversas obras, especialmente las asociaciones familiares, pondrán todo
el empeño posible en instruir a los jóvenes y a los cónyuges mismos,
principalmente a los recién casados, en la doctrina y en la acción y en
formarlos para la vida familiar, social y apostólica.
Los propios cónyuges, finalmente, hechos a imagen de Dios vivo y constituidos
en el verdadero orden de personas, vivan unidos, con el mismo cariño, modo de
pensar idéntico y mutua santidad, para que, habiendo seguido a Cristo, principio
de vida, en los gozos y sacrificios de su vocación por medio de su fiel amor,
sean testigos de aquel misterio de amor que el Señor con su muerte y
resurrección reveló al mundo.
CAPÍTULO II
EL SANO FOMENTO DEL PROGRESO CULTURAL
Introducción
53. Es propio de la persona humana el no llegar a un nivel verdadera y
plenamente humano si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes
y los valores naturales. Siempre, pues, que se trata de la vida humana,
naturaleza y cultura se hallen unidas estrechísimamente.
Con la palabra cultura se indica, en sentido general, todo aquello
con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales
y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y
trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la
sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones;
finalmente, a través del tiempo expresa, comunica y conserva en sus obras
grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a
muchos, e incluso a todo el género humano.
De aquí se sigue que la cultura humana presenta necesariamente un aspecto
histórico y social y que la palabra cultura asume con frecuencia un sentido
sociológico y etnológico. En este sentido se habla de la pluralidad de culturas.
Estilos de vida común diversos y escala de valor diferentes encuentran su origen
en la distinta manera de servirse de las cosas, de trabajar, de expresarse, de
practicar la religión, de comportarse, de establecer leyes e instituciones
jurídicas, de desarrollar las ciencias, las artes y de cultivar la belleza. Así,
las costumbres recibidas forman el patrimonio propio de cada comunidad humana.
Así también es como se constituye un medio histórico determinado, en el cual se
inserta el hombre de cada nación o tiempo y del que recibe los valores para
promover la civilización humana.
Sección I.- La situación de la cultura en el mundo actual
Nuevos estilos de vida
54. Las circunstancia de vida del hombre moderno en el aspecto social y
cultural han cambiado profundamente, tanto que se puede hablar con razón de una
nueva época de la historia humana. Por ello, nuevos caminos se han abierto para
perfeccionar la cultura y darle una mayor expansión. Caminos que han sido
preparados por el ingente progreso de las ciencias naturales y de las humanas,
incluidas las sociales; por el desarrollo de la técnica, y también por los
avances en el uso y recta organización de los medios que ponen al hombre en
comunicación con los demás. De aquí provienen ciertas notas características de
la cultura actual: Las ciencias exactas cultivan al máximo el juicio crítico;
los más recientes estudios de la psicología explican con mayor profundidad la
actividad humana; las ciencias históricas contribuyen mucho a que las cosas se
vean bajo el aspecto de su mutabilidad y evolución; los hábitos de vid ay las
costumbres tienden a uniformarse más y más; la industrialización, la
urbanización y los demás agentes que promueven la vida comunitaria crean nuevas
formas de cultura (cultura de masas), de las que nacen nuevos modos de sentir,
actuar y descansar; al mismo tiempo, el creciente intercambio entre las diversas
naciones y grupos sociales descubre a todos y a cada uno con creciente amplitud
los tesoros de las diferentes formas de cultura, y así poco a poco se va
gestando una forma más universal de cultura, que tanto más promueve y expresa la
unidad del género humano cuanto mejor sabe respetar las particularidades de las
diversas culturas.
El hombre, autor de la cultura
55. Cada día es mayor el número de los hombres y mujeres, de todo grupo o
nación, que tienen conciencia de que son ellos los autores y promotores de la
cultura de su comunidad. En todo el mundo crece más y más el sentido de la
autonomía y al mismo tiempo de la responsabilidad, lo cual tiene enorme
importancia para la madurez espiritual y moral del género humano. Esto se ve más
claro si fijamos la mirada en la unificación del mundo y en la tarea que se nos
impone de edificar un mundo mejor en la verdad y en la justicia. De esta manera
somos testigos de que está naciendo un nuevo humanismo, en el que el hombre
queda definido principalmente por la responsabilidad hacia sus hermanos y ante
la historia.
Dificultades y tareas actuales en este campo
56. En esta situación no hay que extrañarse de que el hombre, que siente su
responsabilidad en orden al progreso de la cultura, alimente una más profunda
esperanza, pero al mismo tiempo note con ansiedad las múltiples antinomias
existentes, que él mismo debe resolver:
¿Qué debe hacerse para que la intensificación de las relaciones entre las
culturas, que debería llevar a un verdadero y fructuoso diálogo entre los
diferentes grupos y naciones, no perturbe la vida de las comunidades, no eche
por tierra la sabiduría de los antepasados ni ponga en peligro el genio propio
de los pueblos?
¿De qué forma hay que favorecer el dinamismo y la expansión de la nueva
cultura sin que perezca la fidelidad viva a la herencia de las tradiciones? Esto
es especialmente urgente allí donde la cultura, nacida del enorme progreso de la
ciencia y de la técnica se ha de compaginar con el cultivo del espíritu, que se
alimenta, según diversas tradiciones, de los estudios clásicos.
¿Cómo la tan rápida y progresiva dispersión de las disciplinas científicas
puede armonizarse con la necesidad de formar su síntesis y de conservar en los
hombres la facultades de la contemplación y de la admiración, que llevan a la
sabiduría?
¿Qué hay que hacer para que todos los hombres participen de los bienes
culturales en el mundo, si al mismo tiempo la cultura de los especialistas se
hace cada vez más inaccesible y compleja?
¿De qué manera, finalmente, hay que reconocer como legítima la autonomía que
reclama para sí la cultura, sin llegar a un humanismo meramente terrestre o
incluso contrario a la misma religión?
En medio de estas antinomias se ha de desarrollar hoy la cultura humana, de
tal manera que cultive equilibradamente a la persona humana íntegra y ayude a
los hombres en las tareas a cuyo cumplimiento todos, y de modo principal los
cristianos, están llamados, unidos fraternalmente en una sola familia humana.
Sección 2.- Algunos principios para la sana promoción de la cultura
La fe y la cultura
57. Los cristianos, en marcha hacia la ciudad celeste, deben buscar y gustar
las cosas de arriba, lo cual en nada disminuye, antes por el contrario, aumenta,
la importancia de la misión que les incumbe de trabajar con todos los hombres en
la edificación de un mundo más humano. En realidad, el misterio de la fe
cristiana ofrece a los cristianos valiosos estímulos y ayudas para cumplir con
más intensidad su misión y, sobre todo, para descubrir el sentido pleno de esa
actividad que sitúa a la cultura en el puesto eminente que le corresponde en la
entera vocación del hombre.
El hombre, en efecto, cuando con el trabajo de sus manos o con ayuda de los
recursos técnicos cultiva la tierra para que produzca frutos y llegue a ser
morada digna de toda la familia humana y cuando conscientemente asume su parte
en la vida de los grupos sociales, cumple personalmente el plan mismo de Dios,
manifestado a la humanidad al comienzo de los tiempos, de someter la tierra y
perfeccionar la creación, y al mismo tiempo se perfecciona a sí mismo; más aún,
obedece al gran mandamiento de Cristo de entregarse al servicio de los hermanos.
Además, el hombre, cuando se entrega a las diferentes disciplinas de la
filosofía, la historia, las matemáticas y las ciencias naturales y se dedica a
las artes, puede contribuir sobremanera a que la familia humana se eleve a los
conceptos más altos de la verdad, el bien y la belleza y al juicio del valor
universal, y así sea iluminada mejor por la maravillosa Sabiduría, que desde
siempre estaba con Dios disponiendo todas las cosas con El, jugando en el orbe
de la tierra y encontrando sus delicias en estar entre los hijos de los hombres.
Con todo lo cual es espíritu humano, más libre de la esclavitud de las cosas,
puede ser elevado con mayor facilidad al culto mismo y a la contemplación del
Creador. Más todavía, con el impulso de la gracia se dispone a reconocer al
Verbo de Dios, que antes de hacerse carne para salvarlo todo y recapitular todo
en El, estaba en el mundo como luz verdadera que ilumina a todo hombre (Io 1,9).
Es cierto que el progreso actual de las ciencias y de la técnica, las cuales,
debido a su método, no pueden penetrar hasta las íntimas esencias de las cosas,
puede favorecer cierto fenomenismo y agnosticismo cuando el método de
investigación usado por estas disciplinas se considera sin razón como la regla
suprema para hallar toda la verdad. Es más, hay el peligro de que el hombre,
confiado con exceso en los inventos actuales, crea que se basta a sí mismo y
deje de buscar ya cosas más altas.
Sin embargo, estas lamentables consecuencias no son efectos necesarios de la
cultura contemporánea ni deben hacernos caer en la tentación de no reconocer los
valores positivos de ésta. Entre tales valores se cuentan: el estudio de las
ciencias y la exacta fidelidad a la verdad en las investigaciones científicas,
la necesidad de trabajar conjuntamente en equipos técnicos, el sentido de la
solidaridad internacional, la conciencia cada vez más intensa de la
responsabilidad de los peritos para la ayuda y la protección de los hombres, la
voluntad de lograr condiciones de vida más aceptables para todos, singularmente
para los que padecen privación de responsabilidad o indigencia cultural. Todo lo
cual puede aportar alguna preparación para recibir el mensaje del Evangelio, la
cual puede ser informada con la caridad divina por Aquel que vino a salvar el
mundo.
Múltiples conexiones entre la buena nueva de Cristo y la cultura
58. Múltiples son los vínculos que existen entre el mensaje de salvación y la
cultura humana. Dios, en efecto, al revelarse a su pueblo hasta la plena
manifestación de sí mismo en el Hijo encarnado, habló según los tipos de cultura
propios de cada época.
De igual manera, la Iglesia, al vivir durante el transcurso de la historia en
variedad de circunstancias, ha empleado los hallazgos de las diversas culturas
para difundir y explicar el mensaje de Cristo en su predicación a todas las
gentes, para investigarlo y comprenderlo con mayor profundidad, para expresarlo
mejor en la celebración litúrgica y en la vida de la multiforme comunidad de los
fieles.
Pero al mismo tiempo, la Iglesia, enviada a todos los pueblos sin distinción
de épocas y regiones, no está ligada de manera exclusiva e indisoluble a raza o
nación alguna, a algún sistema particular de vida, a costumbre alguna antigua o
reciente. Fiel a su propia tradición y consciente a la vez de la universalidad
de su misión, puede entrar en comunión con las diversas formas de cultura;
comunión que enriquece al mismo tiempo a la propia Iglesia y las diferentes
culturas.
La buena nueva de Cristo renueva constantemente la vida y la cultura del
hombre, caído, combate y elimina los errores y males que provienen de la
seducción permanente del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moral de los
pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda como desde sus entrañas las
cualidades espirituales y las tradiciones de cada pueblo y de cada edad, las
consolida, perfecciona y restaura en Cristo. Así, la Iglesia, cumpliendo su
misión propia, contribuye, por lo mismo, a la cultura humana y la impulsa, y con
su actividad, incluida la litúrgica, educa al hombre en la libertad interior.
Hay que armonizar diferentes valores en el seno de las culturas
59. Por las razones expuestas, la Iglesia recuerda a todos que la cultura
debe estar subordinada a la perfección integral de la persona humana, al bien de
la comunidad y de la sociedad humana entera. Por lo cual es preciso cultivar el
espíritu de tal manera que se promueva la capacidad de admiración, de intuición,
de contemplación y de formarse un juicio personal, así como el poder cultivar el
sentido religioso, moral y social.
Porque la cultura, por dimanar inmediatamente de la naturaleza racional y
social del hombre, tiene siempre necesidad de una justa libertad para
desarrollarse y de una legítima autonomía en el obrar según sus propios
principios. Tiene, por tanto, derecho al respeto y goza de una cierta
inviolabilidad, quedando evidentemente a salvo los derechos de la persona y de
la sociedad, particular o mundial, dentro de los límites del bien común.
El sagrado Sínodo, recordando lo que enseñó el Concilio Vaticano I, declara
que "existen dos órdenes de conocimiento" distintos, el de la fe y el de la
razón; y que la Iglesia no prohíbe que "las artes y las disciplinas humanas
gocen de sus propios principios y de su propio método..., cada una en su propio
campo", por lo cual, "reconociendo esta justa libertad", la Iglesia afirma la
autonomía legítima de la cultura humana, y especialmente la de las ciencias.
Todo esto pide también que el hombre, salvados el orden moral y la común
utilidad, pueda investigar libremente la verdad y manifestar y propagar su
opinión, lo mismo que practicar cualquier ocupación, y, por último, que se le
informe verazmente acerca de los sucesos públicos.
A la autoridad pública compete no el determinar el carácter propio de cada
cultura, sino el fomentar las condiciones y los medios para promover la vida
cultural entre todos aun dentro de las minorías de alguna nación. Por ello hay
que insistir sobre todo en que la cultura, apartada de su propio fin, no sea
forzada a servir al poder político o económico.
Sección 3.- Algunas obligaciones más urgentes de los cristianos
respecto a la cultura
El reconocimiento y ejercicio efectivo del derecho personal a la
cultura
60. Hoy día es posible liberar a muchísimos hombres de la miseria de la
ignorancia. Por ello, uno de los deberes más propios de nuestra época, sobre
todo de los cristianos, es el de trabajar con ahínco para que tanto en la
economía como en la política, así en el campo nacional como en el internacional,
se den las normas fundamentales para que se reconozca en todas partes y se haga
efectivo el derecho a todos a la cultura, exigido por la dignidad de la persona,
sin distinción de raza, sexo, nacionalidad, religión o condición social. Es
preciso, por lo mismo, procurar a todos una cantidad suficiente de bienes
culturales, principalmente de los que constituyen la llamada cultura "básica", a
fin de evitar que un gran número de hombres se vea impedido, por su ignorancia y
por su falta de iniciativa, de prestar su cooperación auténticamente humana al
bien común.
Se debe tender a que quienes están bien dotados intelectualmente tengan la
posibilidad de llegar a los estudios superiores; y ello de tal forma que, en la
medida de lo posible, puedan desempeñar en la sociedad las funciones, tareas y
servicios que correspondan a su aptitud natural y a la competencia adquirida.
Así podrán todos los hombres y todos los grupos sociales de cada pueblo alcanzar
el pleno desarrollo de su vida cultural de acuerdo con sus cualidades y sus
propias tradiciones.
Es preciso, además, hacer todo lo posible para que cada cual adquiera
conciencia del derecho que tiene a la cultura y del deber que sobre él pesa de
cultivarse a sí mismo y de ayudar a los demás. Hay a veces situaciones en la
vida laboral que impiden el esfuerzo de superación cultural del hombre y
destruyen en éste el afán por la cultura. Esto se aplica de modo especial a los
agricultores y a los obreros, a los cuales es preciso procurar tales condiciones
de trabajo, que, lejos de impedir su cultura humana, la fomenten. Las mujeres ya
actúan en casi todos los campos de la vida, pero es conveniente que puedan
asumir con plenitud su papel según su propia naturaleza. Todos deben contribuir
a que se reconozca y promueva la propia y necesaria participación de la mujer en
la vida cultural.
La educación para la cultura íntegra del hombre
61. Hoy día es más difícil que antes sintetizar las varias disciplinas y
ramas del saber. Porque, al crecer el acervo y la diversidad de elementos que
constituyen la cultura, disminuye al mismo tiempo la capacidad de cada hombre
para captarlos y armonizarlos orgánicamente, de forma que cada vez se va
desdibujando más la imagen del hombre universal. Sin embargo, queda en pie para
cada hombre el deber de conservar la estructura de toda la persona humana, en la
que destacan los valores de la inteligencia, voluntad, conciencia y fraternidad;
todos los cuales se basan en Dios Creador y han sido sanados y elevados
maravillosamente en Cristo.
La madre nutricia de esta educación es ante todo la familia: en ella los
hijos, en un clima de amor, aprenden juntos con mayor facilidad la recta
jerarquía de las cosas, al mismo tiempo que se imprimen de modo como natural en
el alma de los adolescentes formas probadas de cultura a medida que van
creciendo.
Para esta misma educación las sociedades contemporáneas disponen de recursos
que pueden favorecer la cultura universal, sobre todo dada la creciente difusión
del libro y los nuevos medios de comunicación cultural y social. Pues con la
disminución ya generalizada del tiempo de trabajo aumentan para muchos hombres
las posibilidades. Empléense los descansos oportunamente para distracción del
ánimo y para consolidar la salud del espíritu y del cuerpo, ya sea entregándose
a actividades o a estudios libres, ya a viajes por otras regiones (turismo), con
los que se afina el espíritu y los hombres se enriquecen con el mutuo
conocimiento; ya con ejercicios y manifestaciones deportivas, que ayudan a
conservar el equilibrio espiritual, incluso en la comunidad, y a establecer
relaciones fraternas entre los hombres de todas las clases, naciones y razas.
Cooperen los cristianos también para que las manifestaciones y actividades
culturales colectivas, propias de nuestro tiempo, se humanicen y se impregnen de
espíritu cristiano.
Todas estas posibilidades no pueden llevar la educación del hombre al pleno
desarrollo cultural de sí mismo, si al mismo tiempo se descuida el preguntarse a
fondo por el sentido de la cultura y de la ciencia para la persona humana.
Acuerdo entre la cultura humana y la educación cristiana
62. Aunque la Iglesia ha contribuido mucho al progreso de la cultura, consta,
sin embargo, por experiencia que por causas contingentes no siempre se ve libre
de dificultades al compaginar la cultura con la educación cristiana.
Estas dificultades no dañan necesariamente a la vida de fe; por el contrario,
pueden estimular la mente a una más cuidadosa y profunda inteligencia de
aquélla. Puesto que los más recientes estudios y los nuevos hallazgos de las
ciencias, de la historia y de la filosofía suscitan problemas nuevos que traen
consigo consecuencias prácticas e incluso reclaman nuevas investigaciones
teológicas. Por otra parte, los teólogos, guardando los métodos y las exigencias
propias de la ciencia sagrada, están invitados a buscar siempre un modo más
apropiado de comunicar la doctrina a los hombres de su época; porque una cosa es
el depósito mismo de la fe, o sea, sus verdades, y otra cosa es el modo de
formularlas conservando el mismo sentido y el mismo significado. Hay que
reconocer y emplear suficientemente en el trabajo pastoral no sólo los
principios teológicos, sino también los descubrimientos de las ciencias
profanas, sobre todo en psicología y en sociología, llevando así a los fieles y
una más pura y madura vida de fe.
También la literatura y el arte son, a su modo, de gran importancia para la
vida de la Iglesia. En efecto, se proponen expresar la naturaleza propia del
hombre, sus problemas y sus experiencias en el intento de conocerse mejor a sí
mismo y al mundo y de superarse; se esfuerzan por descubrir la situación del
hombre en la historia y en el universo, por presentar claramente las miserias y
las alegrías de los hombres, sus necesidades y sus recurso, y por bosquejar un
mejor porvenir a la humanidad. Así tienen el poder de elevar la vida humana en
las múltiples formas que ésta reviste según los tiempos y las regiones.
Por tanto, hay que esforzarse para los artistas se sientan comprendidos por
la Iglesia en sus actividades y, gozando de una ordenada libertad, establezcan
contactos más fáciles con la comunidad cristiana. También las nuevas formas
artísticas, que convienen a nuestros contemporáneos según la índole de cada
nación o región, sean reconocidas por la Iglesia. Recíbanse en el santuario,
cuando elevan la mente a Dios, con expresiones acomodadas y conforme a las
exigencias de la liturgia.
De esta forma, el conocimiento de Dios se manifiesta mejor y la predicación del
Evangelio resulta más transparente a la inteligencia humana y aparece como
embebida en las condiciones de su vida.
Vivan los fieles en muy estrecha unión con los demás hombres de su tiempo y
esfuércense por comprender su manera de pensar y de sentir, cuya expresión es la
cultura. Compaginen los conocimientos de las nuevas ciencias y doctrinas y de
los más recientes descubrimientos con la moral cristiana y con la enseñanza de
la doctrina cristiana, para que la cultura religiosa y la rectitud de espíritu
de las ciencias y de los diarios progresos de la técnica; así se capacitarán
para examinar e interpretar todas las cosas con íntegro sentido cristiano.
Los que se dedican a las ciencias teológicas en los seminarios y
universidades, empéñense en colaborar con los hombres versados en las otras
materias, poniendo en común sus energías y puntos de vista. la investigación
teológica siga profundizando en la verdad revelada sin perder contacto con su
tiempo, a fin de facilitar a los hombres cultos en los diversos ramos del saber
un más pleno conocimiento de la fe. Esta colaboración será muy provechosa para
la formación de los ministros sagrados, quienes podrán presentar a nuestros
contemporáneos la doctrina de la Iglesia acerca de Dios, del hombre y del mundo,
de forma más adaptada al hombre contemporáneo y a la vez más gustosamente
aceptable por parte de ellos.
Más aún, es de desear que numerosos laicos reciban una buena formación en las
ciencias sagradas, y que no pocos de ellos se dediquen ex profeso a
estos estudios y profundicen en ellos. Pero para que puedan llevar a buen
término su tarea debe reconocerse a los fieles, clérigos o laicos, la justa
libertad de investigación, de pensamiento y de hacer conocer humilde y
valerosamente su manera de ver en los ampos que son de su competencia.
CAPÍTULO III
LA VIDA ECONÓMICO-SOCIAL
Algunos aspectos de la vida económica
63. También en la vida económico-social deben respetarse y promoverse la
dignidad de la persona humana, su entera vocación y el bien de toda la sociedad.
Porque el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-
social.
La economía moderna, como los restantes sectores de la vida social, se
caracteriza por una creciente dominación del hombre sobre la naturaleza, por la
multiplicación e intensificación de las relaciones sociales y por la
interdependencia entre ciudadanos, asociaciones y pueblos, así como también por
la cada vez más frecuente intervención del poder público.
Por otra parte, el progreso en las técnicas de la producción y en la
organización del comercio y de los servicios han convertido a la economía en
instrumento capaz de satisfacer mejor las nuevas necesidades acrecentada de la
familia humana.
Sin embargo, no faltan motivos de inquietud. Muchos hombres, sobre todo en
regiones económicamente desarrolladas, parecen garza por la economía, de tal
manera que casi toda su vida personal y social está como teñida de cierto
espíritu economista tanto en las naciones de economía colectivizada como en las
otras. En un
momento en que el desarrollo de la vida económica, con tal que se le dirija y
ordene de manera racional y humana, podría mitigar las desigualdades sociales,
con demasiada frecuencia trae consigo un endurecimiento de ellas y a veces hasta
un retroceso en las condiciones de vida de los más débiles y un desprecio de los
pobres. Mientras muchedumbres inmensas carecen de lo estrictamente necesario,
algunos, aun en los países menos desarrollados, viven en la opulencia y
malgastan sin consideración. El lujo pulula junto a la miseria. Y mientras unos
pocos disponen de un poder amplísimo de decisión, muchos carecen de toda
iniciativa y de toda responsabilidad, viviendo con frecuencia en condiciones de
vida y de trabajo indignas de la persona humana.
Tales desequilibrios económicos y sociales se producen tanto entre los
sectores de la agricultura, la industria y los servicios, por un parte, como
entre las diversas regiones dentro de un mismo país. Cada día se agudiza más la
oposición entre las naciones económicamente desarrolladas y las restantes, lo
cual puede poner en peligro la misma paz mundial.
Los hombres de nuestro tiempo son cada día más sensibles a estas
disparidades, porque están plenamente convencidos de que la amplitud de las
posibilidades técnicas y económicas que tiene en sus manos el mundo moderno
puede y debe corregir este lamentable estado de cosas.
Por ello son necesarias muchas reformas en la vida económico-social y un cambio
de mentalidad y de costumbres en todos. A este fin, la Iglesia, en el transcurso
de los siglos, a la luz del Evangelio, ha concretado los principios de justicia
y equidad, exigidos por la recta razón, tanto en orden a la vida individual y
social como en orden a la vida internacional, y los ha manifestado especialmente
en estos últimos tiempos. El Concilio quiere robustecer estos principios de
acuerdo con las circunstancias actuales y dar algunas orientaciones, referentes
sobre todo a las exigencias del desarrollo económico.
Sección I.- El desarrollo económico
Ley fundamental del desarrollo: el servicio del hombre
64. Hoy más que nunca, para hacer frente al aumento de población y responder
a las aspiraciones más amplias del género humano, se tiende con razón a un
aumento en la producción agrícola e industrial y en la prestación de los
servicios. Por
ello hay que favorecer el progreso técnico, el espíritu de innovación, el afán
por crear y ampliar nuevas empresas, la adaptación de los métodos productivos,
el esfuerzo sostenido de cuantos participan en la producción; en una palabra,
todo cuanto puede contribuir a dicho progreso. La finalidad fundamental de esta
producción no es el mero incremento de los productos, ni el beneficio, ni el
poder, sino el servicio del hombre, del hombre integral, teniendo en cuanta sus
necesidades materiales y sus exigencias intelectuales, morales, espirituales y
religiosas; de todo hombre, decimos, de todo grupo de hombres, sin distinción de
raza o continente. De esta forma, la actividad económica debe ejercerse
siguiendo sus métodos y leyes propias, dentro del ámbito del orden moral, para
que se cumplan así los designios de Dios sobre el hombre.
El desarrollo económico, bajo el control humano
65. El desarrollo debe permanecer bajo el control del hombre. No debe quedar
en manos de unos pocos o de grupos económicamente poderosos en exceso, ni
tampoco en manos de una sola comunidad política o de ciertas naciones más
poderosas. Es
preciso, por el contrario, que en todo nivel, el mayor número posible de
hombres, y en el plano internacional el conjunto de las naciones, puedan tomar
parte activa en la dirección del desarrollo. Asimismo es necesario que las
iniciativas espontáneas de los individuos y de sus asociaciones libres colaboren
con los esfuerzos de las autoridades públicas y se coordinen con éstos de forma
eficaz y coherente.
No se puede confiar el desarrollo ni al solo proceso casi mecánico de la
acción económica de los individuos ni a la sola decisión de la autoridad
pública. Por este motivo hay que calificar de falsas tanto las doctrinas que se
oponen a las reformas indispensables en nombre de una falsa libertad como las
que sacrifican los derechos fundamentales de la persona y de los grupos en aras
de la organización colectiva de la producción.
Recuerden, por otra parte, todos los ciudadanos el deber y el derecho que
tienen, y que el poder civil ha de reconocer, de contribuir, según sus
posibilidades, al progreso de la propia comunidad.
En los países menos desarrollados, donde se impone el empleo urgente de todos
los recursos, ponen en grave peligro el bien común los que retienen sus riquezas
improductivamente o los que -salvado el derecho personal de emigración- privan a
su comunidad de los medios materiales y espirituales que ésta necesita.
Han de eliminarse las enormes desigualdades económico-sociales
66. Para satisfacer las exigencias de la justicia y de la equidad hay que
hacer todos los esfuerzos posibles para que, dentro del respeto a los derechos
de las personas y a las características de cada pueblo, desaparezcan lo más
rápidamente posible las enormes diferencias económicas que existen hoy, y
frecuentemente aumentan, vinculadas a discriminaciones individuales y sociales.
De igual manera, en muchas regiones, teniendo en cuanta las peculiares
dificultades de la agricultura tanto en la producción como en la venta de sus
bienes, hay que ayudar a los labradores para que aumenten su capacidad
productiva y comercial, introduzcan los necesarios cambios e innovaciones,
consigan una justa ganancia y no queden reducidos, como sucede con frecuencia, a
la situación de ciudadanos de inferior categoría. Los propios agricultores,
especialmente los jóvenes, aplíquense con afán a perfeccionar su técnica
profesional, sin la que no puede darse el desarrollo de la agricultura.
La justicia y la equidad exigen también que la movilidad, la cual es
necesaria en una economía progresiva, se ordene de manera que se eviten la
inseguridad y la estrechez de vida del individuo y de su familia.
Con respecto a los trabajadores que, procedentes de otros países o de otras
regiones, cooperan en el crecimiento económico de una nación o de una provincia,
se ha de evitar con sumo cuidado toda discriminación en materia de remuneración
o de condiciones de trabajo. Además, la sociedad entera, en particular los
poderes públicos, deben considerarlos como personas, no simplemente como meros
instrumentos de producción; deben ayudarlos para que traigan junto a sí a sus
familiares, se procuren un alojamiento decente, y a favorecer su incorporación a
la vida social del país o de la región que los acoge. Sin embargo, en cuanto sea
posible, deben crearse fuentes de trabajo en las propias regiones.
En las economías en período de transición, como sucede en las formas nuevas
de la sociedad industrial, en las que, v.gr., se desarrolla la autonomía, en
necesario asegurar a cada uno empleo suficiente y adecuado: y al mismo tiempo la
posibilidad de una formación técnica y profesional congruente. Débense
garantizar la subsistencia y la dignidad humana de los que, sobre todo por razón
de enfermedad o de edad, se ven aquejados por graves dificultades.
Sección 2.- Algunos principios reguladores del conjunto de la vida
económico-social
Trabajo, condiciones de trabajo, descanso
67. El trabajo humano que se ejerce en la producción y en el comercio o en los
servicios es muy superior a los restantes elementos de la vida económico, pues
estos últimos no tienen otro papel que el de instrumentos.
Pues el trabajo humano, autónomo o dirigido, procede inmediatamente de la
persona, la cual marca con su impronta la materia sobre la que trabaja y la
somete a su voluntad. Es para el trabajador y para su familia el medio ordinario
de subsistencia; por él el hombre se une a sus hermanos y les hace un servicio,
puede practicar la verdadera caridad y cooperar al perfeccionamiento de la
creación divina.
No sólo esto. Sabemos que, con la oblación de su trabajo a Dios, los hombres se
asocian a la propia obra redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo una
dignidad sobre eminente laborando con sus propias manos en Nazaret. De aquí se
deriva para todo hombre el deber de trabajar fielmente, así como también el
derecho al trabajo. Y es deber de la sociedad, por su parte, ayudar, según sus
propias circunstancias, a los ciudadanos para que puedan encontrar la
oportunidad de un trabajo suficiente. Por último, la remuneración del trabajo
debe ser tal que permita al hombre y a su familia una vida digna en el plano
material, social, cultural y espiritual, teniendo presentes el puesto de trabajo
y la productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien
común.
La actividad económica es de ordinario fruto del trabajo asociado de los
hombres; por ello es injusto e inhumano organizarlo y regularlo con daño de
algunos trabajadores. Es, sin embargo, demasiado frecuente también hoy día que
los trabajadores resulten en cierto sentido esclavos de su propio trabajo.
Lo cual de ningún modo está justificado por las llamadas leyes económicas. El
conjunto del proceso de la producción debe, pues, ajustarse a las necesidades de
la persona y a la manera de vida de cada uno en particular, de su vida familiar,
principalmente por lo que toca a las madres de familia, teniendo siempre en
cuanta el sexo y la edad. Ofrézcase, además, a los trabajadores la posibilidad
de desarrollar sus cualidades y su personalidad en el ámbito mismo del trabajo.
Al aplicar, con la debida responsabilidad, a este trabajo su tiempo y sus
fuerzas, disfruten todos de un tiempo de reposo y descanso suficiente que les
permita cultivar la vida familiar, cultural, social y religiosa. Más aún, tengan
la posibilidad de desarrollar libremente las energías y las cualidades que tal
vez en su trabajo profesional apenas pueden cultivar.
Participación en la empresa y en la organización general de la
economía.
Conflictos laborales
68. En las empresas económicas son personas las que se asocian, es decir,
hombres libres y autónomos, creados a imagen de Dios. Por ello, teniendo en
cuanta las funciones de cada uno, propietarios, administradores, técnicos,
trabajadores, y quedando a salvo la unidad necesaria en la dirección, se ha de
promover la activa participación de todos en la gestión de la empresa, según
formas que habrá que determinar con acierto.
Con todo, como en muchos casos no es a nivel de empresa, sino en niveles
institucionales superiores, donde se toman las decisiones económicas y sociales
de las que depende el porvenir de los trabajadores y de sus hijos, deben los
trabajadores participar también en semejantes decisiones por sí mismos o por
medio de representantes libremente elegidos.
Entre los derechos fundamentales de la persona humana debe contarse el
derecho de los obreros a fundar libremente asociaciones que representen
auténticamente al trabajador y puedan colaborar en la recta ordenación de la
vida económica, así como también el derecho de participar libremente en las
actividades de las asociaciones sin riesgo de represalias.
Por medio de esta ordenada participación, que está unida al progreso en la
formación económica y social, crecerá más y más entre todos el sentido de la
responsabilidad propia, el cual les llevará a sentirse colaboradores, según sus
medios y aptitudes propias, en la tarea total del desarrollo económico y social
y del logro del bien común universal.
En caso de conflictos económico-sociales, hay que esforzarse por encontrarles
soluciones pacíficas. Aunque se ha de recurrir siempre primero a un sincero
diálogo entre las partes, sin embargo, en la situación presente, la huelga puede
seguir siendo medio necesario, aunque extremo, para la defensa de los derechos y
el logro de las aspiraciones justas de los trabajadores. Búsquense, con todo,
cuanto antes, caminos para negociar y para reanudar el diálogo conciliatorio.
Los bienes de la tierra están destinados a todos los hombres
69. Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los
hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en
forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad.
Sean las que sean las formas de la propiedad, adaptadas a las instituciones
legítimas de los pueblos según las circunstancias diversas y variables, jamás
debe perderse de vista este destino universal de los bienes. Por tanto, el
hombre, al usarlos, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee
como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le
aprovechen a él solamente, sino también a los demás. Por lo demás, el derecho a
poseer una parte de bienes suficiente para sí mismos y para sus familias es un
derecho que a todos corresponde. Es éste el sentir de los Padres y de los
doctores de la Iglesia, quienes enseñaron que los hombres están obligados a
ayudar a los pobres, y por cierto no sólo con los bienes superfluos. Quien se
halla en situación de necesidad extrema tiene derecho a tomar de la riqueza
ajena lo necesario para sí. Habiendo como hay tantos oprimidos actualmente por
el hambre en el mundo, el sacro Concilio urge a todos, particulares y
autoridades, a que, acordándose de aquella frase de los Padres: Alimenta al que
muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo matas, según las propias
posibilidades, comuniquen y ofrezcan realmente sus bienes, ayudando en primer
lugar a los pobres, tanto individuos como pueblos, a que puedan ayudarse y
desarrollarse por sí mismos.
En sociedades económicamente menos desarrolladas, el destino común de los
bienes está a veces en parte logrado por un conjunto de costumbres y tradiciones
comunitarias que aseguran a cada miembro los bienes absolutamente necesarios.
Sin embargo, elimínese el criterio de considerar como en absoluto inmutables
ciertas costumbres si no responden ya a las nuevas exigencias de la época
presente; pero, por otra parte, conviene no atentar imprudentemente contra
costumbres honestas que, adaptadas a las circunstancias actuales, pueden
resultar muy útiles. De igual manera, en las naciones de economía muy
desarrollada, el conjunto de instituciones consagradas a la previsión y a la
seguridad social puede contribuir, por su parte, al destino común de los bienes.
Es necesario también continuar el desarrollo de los servicios familiares y
sociales, principalmente de los que tienen por fin la cultura y la educación. Al
organizar todas estas instituciones debe cuidarse de que los ciudadanos no vayan
cayendo en una actitud de pasividad con respecto a la sociedad o de
irresponsabilidad y egoísmo.
Inversiones y política monetaria
70. Las inversiones deben orientarse a asegurar posibilidades de trabajo y
beneficios suficientes a la población presente y futura. Los responsables de las
inversiones y de la organización de la vida económica, tanto los particulares
como los grupos o las autoridades públicas, deben tener muy presentes estos
fines y reconocer su grave obligación de vigilar, por una parte, a fin de que se
provea de lo necesario para una vida decente tanto a los individuos como a toda
la comunidad, y, por otra parte, de prever el futuro y establecer un justo
equilibrio entre las necesidades actuales del consumo individual y colectivo y
las exigencias de inversión para la generación futura. Ténganse, además, siempre
presentes las urgentes necesidades de las naciones o de las regiones menos
desarrolladas económicamente. En materia de política monetaria cuídese no dañar
al bien de la propia nación o de las ajenas. Tómense precauciones para que los
económicamente débiles no queden afectados injustamente por los cambios de valor
de la moneda.
Acceso a la propiedad y dominio de los bienes. Problema
de los latifundios
71. La propiedad, como las demás formas de dominio privado sobre los bienes
exteriores, contribuye a la expresión de la persona y le ofrece ocasión de
ejercer su función responsable en la sociedad y en la economía. Es por ello muy
importante fomentar el acceso de todos, individuos y comunidades, a algún
dominio sobre los bienes externos.
La propiedad privada o un cierto dominio sobre los bienes externos aseguran a
cada cual una zona absolutamente necesaria para la autonomía personal y familiar
y deben ser considerados como ampliación de la libertad humana. Por último, al
estimular el ejercicio de la tarea y de la responsabilidad, constituyen una de
las condiciones de las libertades civiles.
Las formas de este dominio o propiedad son hoy diversas y se diversifican
cada día más. Todas ellas, sin embargo, continúan siendo elemento de seguridad
no despreciable aun contando con los fondos sociales, derechos y servicios
procurados por la sociedad. Esto debe afirmarse no sólo de las propiedades
materiales, sino también de los bienes inmateriales, como es la capacidad
profesional.
El derecho de propiedad privada no es incompatible con las diversas formas de
propiedad pública existentes. El paso de bienes a la propiedad pública sólo
puede ser hecha por la autoridad competente de acuerdo con las exigencias del
bien común y dentro de los límites de este último, supuesta la compensación
adecuada. A la autoridad pública toca, además, impedir que se abuse de la
propiedad privada en contra del bien común.
La misma propiedad privada tiene también, por su misma naturaleza, una índole
social, cuyo fundamento reside en el destino común de los bienes. Cuando esta
índole social es descuidada, la propiedad muchas veces se convierte en ocasión
de ambiciones y graves desórdenes, hasta el punto de que se da pretexto a sus
impugnadores para negar el derecho mismo.
En muchas regiones económicamente menos desarrolladas existen posesiones
rurales extensas y aun extensísimas mediocremente cultivadas o reservadas sin
cultivo para especular con ellas, mientras la mayor parte de la población carece
de tierras o posee sólo parcelas irrisorias y el desarrollo de la producción
agrícola presenta caracteres de urgencia. No raras veces los braceros o los
arrendatarios de alguna parte de esas posesiones reciben un salario o beneficio
indigno del hombre, carecen de alojamiento decente y son explotados por los
intermediarios. Viven en la más total inseguridad y en tal situación de
inferioridad personal, que apenas tienen ocasión de actuar libre y
responsablemente, de promover su nivel de vida y de participar en la vida social
y política. Son, pues, necesarias las reformas que tengan por fin, según los
casos, el incremento de las remuneraciones, la mejora de las condiciones
laborales, el aumento de la seguridad en el empleo, el estímulo para la
iniciativa en el trabajo; más todavía, el reparto de las propiedades
insuficientemente cultivadas a favor de quienes sean capaces de hacerlas valer.
En este caso deben asegurárseles los elementos y servicios indispensables, en
particular los medios de educación y las posibilidades que ofrece una justa
ordenación de tipo cooperativo. Siempre que el bien común exija una
expropiación, debe valorarse la indemnización según equidad, teniendo en cuanta
todo el conjunto de las circunstancias.
La actividad económico-social y el reino de Cristo
72. Los cristianos que toman parte activa en el movimiento económico-social
de nuestro tiempo y luchan por la justicia y caridad, convénzanse de que pueden
contribuir mucho al bienestar de la humanidad y a la paz del mundo. Individual y
colectivamente den ejemplo en este campo. Adquirida la competencia profesional y
la experiencia que son absolutamente necesarias, respeten en la acción temporal
la justa jerarquía de valores, con fidelidad a Cristo y a su Evangelio, a fin de
que toda su vida, así la individual como la social, quede saturada con el
espíritu de las bienaventuranzas, y particularmente con el espíritu de la
pobreza.
Quien con obediencia a Cristo busca ante todo el reino de Dios, encuentra en
éste un amor más fuerte y más puro para ayudar a todos sus hermanos y para
realizar la obra de la justicia bajo la inspiración de la caridad.
CAPÍTULO IV
LA VIDA EN LA COMUNIDAD POLÍTICA
La vida pública en nuestros días
73. En nuestra época se advierten profundas transformaciones también en las
estructuras y en las instituciones de los pueblos como consecuencia de la
evolución cultural, económica y social de estos últimos. Estas transformaciones
ejercen gran influjo en la vida de la comunidad política principalmente en lo
que se refiere a los derechos y deberes de todos en el ejercicio de la libertad
política y en el logro del bien común y en lo que toca a las relaciones de los
ciudadanos entre sí y con la autoridad pública.
La conciencia más viva de la dignidad humana ha hecho que en diversas
regiones del mundo surja el propósito de establecer un orden político-jurídico
que proteja mejor en la vida pública los derechos de la persona, como son el
derecho de libre reunión, de libre asociación, de expresar las propias opiniones
y de profesar privada y públicamente la religión. Porque la garantía de los
derechos de la persona es condición necesaria para que los ciudadanos, como
individuos o como miembros de asociaciones, puedan participar activamente en la
vida y en el gobierno de la cosa pública.
Con el desarrollo cultural, económico y social se consolida en la mayoría el
deseo de participar más plenamente en la ordenación de la comunidad política. En
la conciencia de muchos se intensifica el afán por respetar los derechos de las
minorías, sin descuidar los deberes de éstas para con la comunidad política;
además crece por días el respeto hacia los hombres que profesan opinión o
religión distintas; al mismo tiempos e establece una mayor colaboración a fin de
que todos los ciudadanos, y no solamente algunos privilegiados, puedan hacer uso
efectivo de los derechos personales.
Se reprueban también todas las formas políticas, vigentes en ciertas
regiones, que obstaculizan la libertad civil o religiosa, multiplican las
víctimas de las pasiones y de los crímenes políticos y desvían el ejercicio de
la autoridad en la prosecución del bien común, para ponerla al servicio de un
grupo o de los propios gobernantes.
La mejor manera de llagar a una política auténticamente humana es fomentar el
sentido interior de la justicia, de la benevolencia y del servicio al bien común
y robustecer las convicciones fundamentales en lo que toca a la naturaleza
verdadera de la comunidad política y al fin, recto ejercicio y límites de los
poderes públicos.
Naturaleza y fin de la comunidad política
74. Los hombres, las familias y los diversos grupos que constituyen la
comunidad civil son conscientes de su propia insuficiencia para lograr una vida
plenamente humana y perciben la necesidad de una comunidad más amplia, en la
cual todos conjuguen a diario sus energías en orden a una mejor procuración del
bien común. Por ello forman comunidad política según tipos institucionales
varios. La comunidad política nace, pues, para buscar el bien común, en el que
encuentra su justificación plena y su sentido y del que deriva su legitimidad
primigenia y propia. El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de
vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden
lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección.
Pero son muchos y diferentes los hombres que se encuentran en una comunidad
política, y pueden con todo derecho inclinarse hacia soluciones diferentes. A
fin de que, por la pluralidad de pareceres, no perezca la comunidad política, es
indispensable una autoridad que dirija la acción de todos hacia el bien común no
mecánica o despóticamente, sino obrando principalmente como una fuerza moral,
que se basa en la libertad y en el sentido de responsabilidad de cada uno.
Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan
en la naturaleza humana, y, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios,
aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los
gobernantes se dejen a la libre designación de los ciudadanos.
Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, así en la
comunidad en cuanto tal como en las instituciones representativas, debe
realizarse siempre dentro de los límites del orden moral para procurar el bien
común -concebido dinámicamente- según el orden jurídico legítimamente
establecido o por establecer. Es entonces cuando los ciudadanos están obligados
en conciencia a obedecer. De todo lo cual se deducen la responsabilidad, la
dignidad y la importancia de los gobernantes.
Pero cuando la autoridad pública, rebasando su competencia, oprime a los
ciudadanos, éstos no deben rehuir las exigencias objetivas del bien común; les
es lícito, sin embargo, defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra
el abuso de tal autoridad, guardando los límites que señala la ley natural y
evangélica.
Las modalidades concretas por las que la comunidad política organiza su
estructura fundamental y el equilibrio de los poderes públicos pueden ser
diferentes, según el genio de cada pueblo y la marcha de su historia. Pero deben
tender siempre a formar un tipo de hombre culto, pacífico y benévolo respecto de
los demás para provecho de toda la familia humana.
Colaboración de todos en la vida pública
75. Es perfectamente conforme con la naturaleza humana que se constituyan
estructuras político-jurídicas que ofrezcan a todos los ciudadanos, sin
discriminación alguna y con perfección creciente, posibilidades efectivas de
tomar parte libre y activamente en la fijación de los fundamentos jurídicos de
la comunidad política, en el gobierno de la cosa pública, en la determinación de
los campos de acción y de los límites de las diferentes instituciones y en la
elección de los gobernantes. Recuerden, por tanto, todos los ciudadanos el
derecho y al mismo tiempo el deber que tienen de votar con libertad para
promover el bien común. La Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al
servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa pública y aceptan las
cargas de este oficio.
Para que la cooperación ciudadana responsable pueda lograr resultados felices
en el curso diario de la vida pública, es necesario un orden jurídico positivo
que establezca la adecuada división de las funciones institucionales de la
autoridad política, así como también la protección eficaz e independiente de los
derechos. Reconózcanse, respétense y promuévanse los derechos de las personas,
de las familias y de las asociaciones, así como su ejercicio, no menos que los
deberes cívicos de cada uno. Entre estos últimos es necesario mencionar el deber
de aportar a la vida pública el concurso material y personal requerido por el
bien común. Cuiden los gobernantes de no entorpecer las asociaciones familiares,
sociales o culturales, los cuerpos o las instituciones intermedias, y de no
privarlos de su legítima y constructiva acción, que más bien deben promover con
libertad y de manera ordenada. Los ciudadanos por su parte, individual o
colectivamente, eviten atribuir a la autoridad política todo poder excesivo y no
pidan al Estado de manera inoportuna ventajas o favores excesivos, con riesgo de
disminuir la responsabilidad de las personas, de las familias y de las
agrupaciones sociales.
A consecuencia de la complejidad de nuestra época, los poderes públicos se
ven obligados a intervenir con más frecuencia en materia social, económica y
cultural para crear condiciones más favorables, que ayuden con mayor eficacia a
los ciudadanos y a los grupos en la búsqueda libre del bien completo del hombre.
Según las diversas regiones y la evolución de los pueblos, pueden entenderse de
diverso modo las relaciones entre la socialización y la autonomía y el
desarrollo de la persona. Esto no obstante, allí donde por razones de bien común
se restrinja temporalmente el ejercicio de los derechos, restablézcase la
libertad cuanto antes una vez que hayan cambiado las circunstancias. De todos
modos, es inhumano que la autoridad política caiga en formas totalitarias o en
formas dictatoriales que lesionen los derechos de la persona o de los grupos
sociales.
Cultiven los ciudadanos con magnanimidad y lealtad el amor a la patria, pero
sin estrechez de espíritu, de suerte que miren siempre al mismo tiempo por el
bien de toda la familia humana, unida por toda clase de vínculos entre las
razas, pueblos y naciones.
Los cristianos todos deben tener conciencia de la vocación particular y
propia que tienen en la comunidad política; en virtud de esta vocación están
obligados a dar ejemplo de sentido de responsabilidad y de servicio al bien
común, así demostrarán también con los hechos cómo pueden armonizarse la
autoridad y la libertad, la iniciativa personal y la necesaria solidaridad del
cuerpo social, las ventajas de la unidad combinada con la provechosa diversidad.
El cristiano debe reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales
discrepantes y debe respetar a los ciudadanos que, aun agrupados, defienden
lealmente su manera de ver. Los partidos políticos deben promover todo lo que a
su juicio exige el bien común; nunca, sin embargo, está permitido anteponer
intereses propios al bien común.
Hay que prestar gran atención a la educación cívica y política, que hoy día
es particularmente necesaria para el pueblo, y, sobre todo para la juventud, a
fin de que todos los ciudadanos puedan cumplir su misión en la vida de la
comunidad política. Quienes son o pueden llegar a ser capaces de ejercer este
arte tan difícil y tan noble que es la política, prepárense para ella y procuren
ejercitarla con olvido del propio interés y de toda ganancia venal. Luchen con
integridad moral y con prudencia contra la injusticia y la opresión, contra la
intolerancia y el absolutismo de un solo hombre o de un solo partido político;
conságrense con sinceridad y rectitud, más aún, con caridad y fortaleza
política, al servicio de todos.
La comunidad política y la Iglesia
76. Es de suma importancia, sobre todo allí donde existe una sociedad
pluralística, tener un recto concepto de las relaciones entre la comunidad
política y la Iglesia y distinguir netamente entre la acción que los cristianos,
aislada o asociadamente, llevan a cabo a título personal, como ciudadanos de
acuerdo con su conciencia cristiana, y la acción que realizan, en nombre de la
Iglesia, en comunión con sus pastores.
La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia no se confunde en
modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno,
es a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana.
La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una
en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al
servicio de la vocación personal y social del hombre.
Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto
más sana y mejor sea la cooperación entre ellas, habida cuesta de las
circunstancias de lugar y tiempo. El hombre, en efecto, no se limita al solo
horizonte temporal, sino que, sujeto de la historia humana, mantiene
íntegramente su vocación eterna. La Iglesia, por su parte, fundada en el amor
del Redentor, contribuye a difundir cada vez más el reino de la justicia y de la
caridad en el seno de cada nación y entre las naciones. Predicando la verdad
evangélica e iluminando todos los sectores de la acción humana con su doctrina y
con el testimonio de los cristianos, respeta y promueve también la libertad y la
responsabilidad políticas del ciudadano.
Cuando los apóstoles y sus sucesores y los cooperadores de éstos son enviados
para anunciar a los hombres a Cristo, Salvador del mundo, en el ejercicio de su
apostolado se apoyan sobre el poder de Dios, el cual muchas veces manifiesta la
fuerza del Evangelio en la debilidad de sus testigos.
Es preciso que cuantos se consagran al ministerio de la palabra de Dios utilicen
los caminos y medios propios del Evangelio, los cuales se diferencian en muchas
cosas de los medios que la ciudad terrena utiliza.
Ciertamente, las realidades temporales y las realidades sobrenaturales están
estrechamente unidas entre sí, y la misma Iglesia se sirve de medios temporales
en cuanto su propia misión lo exige.
No pone, sin embargo, su esperanza en privilegios dados por el poder civil; más
aún, renunciará al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan
pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio o las
nuevas condiciones de vida exijan otra disposición. Es de justicia que pueda la
Iglesia en todo momento y en todas partes predicar la fe con auténtica libertad,
enseñar su doctrina social, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna
y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político,
cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las
almas, utilizando todos y solos aquellos medios que sean conformes al Evangelio
y al bien de todos según la diversidad de tiempos y de situaciones.
Con su fiel adhesión al Evangelio y el ejercicio de su misión en el mundo, la
Iglesia, cuya misión es fomentar y elevar todo cuanto de verdadero, de bueno y
de bello hay en la comunidad humana, consolida la paz en la humanidad para
gloria de Dios
CAPÍTULO V
EL FOMENTO DE LA PAZ Y LA PROMOCIÓN DE LA COMUNIDAD DE
LOS PUEBLOS
Introducción
77. En estos últimos años, en los que aún perduran entre los hombres la
aflicción y las angustias nacidas de la realidad o de la amenaza de una guerra,
la universal familia humana ha llegado en su proceso de madurez a un momento de
suprema crisis.
Unificada paulatinamente y ya más consciente en todo lugar de su unidad, no
puede llevar a cabo la tarea que tiene ante sí, es decir, construir un mundo más
humano para todos los hombres en toda la extensión de la tierra, sin que todos
se conviertan con espíritu renovado a la verdad de la paz. De aquí proviene que
el mensaje evangélico, coincidente con los más profundos anhelos y deseos del
género humano, luzca en nuestros días con nuevo resplandor al proclamar
bienaventurados a los constructores de la paz, porque serán llamados hijos de
Dios (Mt 5,9).
Por esto el Concilio, al tratar de la nobilísima y auténtica noción de la
paz, después de condenar la crueldad de la guerra, pretende hacer un ardiente
llamamiento a los cristianos para que con el auxilio de Cristo, autor de la paz,
cooperen con todos los hombres a cimentar la paz en la justicia y el amor y a
aportar los medios de la paz.
Naturaleza de la paz
78. La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo
equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino
que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (Is
32, 7). Es el
fruto del orden plantado en la sociedad humana por su divino Fundador, y que los
hombres, sedientos siempre de una más perfecta justicia, han de llevar a cabo.
El bien común del género humano se rige primariamente por la ley eterna, pero en
sus exigencias concretas, durante el transcurso del tiempo, está cometido a
continuos cambios; por eso la paz jamás es una cosa del todo hecha, sino un
perpetuo quehacer. Dada la fragilidad de la voluntad humana, herida por el
pecado, el cuidado por la paz reclama de cada uno constante dominio de sí mismo
y vigilancia por parte de la autoridad legítima.
Esto, sin embargo, no basta. Esta paz en la tierra no se puede lograr si no se
asegura el bien de las personas y la comunicación espontánea entre los
hombres de sus riquezas de orden intelectual y espiritual.
Es absolutamente necesario el firme propósito de respetar a los demás
hombres y pueblos, así como su dignidad, y el apasionado ejercicio de la
fraternidad en orden a construir la paz. Así, la paz es también fruto del
amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar.
La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la
paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el propio Hijo encarnado,
Príncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su
cruz, y, reconstituyendo en un solo pueblo y en un solo cuerpo la unidad del
género humano, ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo
de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los
hombres.
Por lo cual, se llama insistentemente la atención de todos los cristianos
para que, viviendo con sinceridad en la caridad (Eph 4,15), se unan con
los hombres realmente pacíficos para implorar y establecer la paz.
Movidos por el mismo Espíritu, no podemos dejar de alabar a aquellos que,
renunciando a la violencia en la exigencia de sus derechos, recurren a los
medios de defensa, que, por otra parte, están al alcance incluso de los más
débiles, con tal que esto sea posible sin lesión de los derechos y obligaciones
de otros o de la sociedad.
En la medida en que el hombre es pecador, amenaza y amenazará el peligro de
guerra hasta el retorno de Cristo; pero en la medida en que los hombres, unidos
por la caridad, triunfen del pecado, pueden también reportar la victoria sobre
la violencia hasta la realización de aquella palabra: De sus espadas forjarán
arados, y de sus lanzas hoces. Las naciones no levantarán ya más la espada una
contra otra y jamás se llevará a cabo la guerra (Is 2,4).
Sección I.- Obligación de evitar la guerra
Hay que frenar la crueldad de las guerras
79. A pesar de que las guerras recientes han traído a nuestro mundo daños
gravísimos materiales y morales, todavía a diario en algunas zonas del mundo la
guerra continúa sus devastaciones.
Es más, al emplear en la guerra armas científicas de todo género, su crueldad
intrínseca amenaza llevar a los que luchan a tal barbarie, que supere,
enormemente la de los tiempos pasados. La complejidad de la situación actual y
el laberinto de las relaciones internaciones permiten prolongar guerras
disfrazadas con nuevos métodos insidiosos y subversivos. En muchos casos se
admite como nuevo sistema de guerra el uso de los métodos del terrorismo.
Teniendo presente esta postración de la humanidad el Concilio pretende
recordar ante todo la vigencia permanente del derecho natural de gentes y de sus
principios universales. La misma conciencia del género humano proclama con
firmeza, cada vez más, estos principios.
Los actos, pues, que se oponen deliberadamente a tales principios y las órdenes
que mandan tales actos, son criminales y la obediencia ciega no puede excusar a
quienes las acatan. Entre estos actos hay que enumerar ante todo aquellos con
los que metódicamente se extermina a todo un pueblo, raza o minoría étnica: hay
que condenar con energía tales actos como crímenes horrendos; se ha de encomiar,
en cambio, al máximo la valentía de los que no temen oponerse abiertamente a los
que ordenan semejantes cosas.
Existen sobre la guerra y sus problemas varios tratados internacionales,
suscritos por muchas naciones, para que las operaciones militares y sus
consecuencias sean menos inhumanas; tales son los que tratan del destino de los
combatientes heridos o prisioneros y otros por el estilo.
Hay que cumplir estos tratados; es más, están obligados todos, especialmente las
autoridades públicas y los técnicos en estas materias, a procurar cuanto puedan
su perfeccionamiento, para que así se consiga mejor y más eficazmente atenuar la
crueldad de las guerras. También parece razonable que las leyes tengan en
cuenta, con sentido humano, el caso de los que se niegan a tomar las armas por
motivo de conciencia y aceptan al mismo tiempo servir a la comunidad humana de
otra forma.
Desde luego, la guerra no ha sido desarraigada de la humanidad. Mientras
exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y
provista de medios eficaces, una vez agotados todos los recursos pacíficos de la
diplomacia, no se podrá negar el derecho de legítima defensa a los gobiernos.
A los jefes de Estado y a cuantos participan en los cargos de gobierno les
incumbe el deber de proteger la seguridad de los pueblos a ellos confiados,
actuando con suma responsabilidad en asunto tan grave. Pero una cosa es utilizar
la fuerza militar para defenderse con justicia y otra muy distinta querer
someter a otras naciones. La potencia bélica no legitima cualquier uso militar o
político de ella. Y una vez estallada lamentablemente la guerra, no por eso todo
es lícito entre los beligerantes.
Los que, al servicio de la patria, se hallan en el ejercicio, considérense
instrumentos de la seguridad y libertad de los pueblos, pues desempeñando bien
esta función contribuyen realmente a estabilizar la paz.
La guerra total
80. El horror y la maldad de la guerra se acrecientan inmensamente con el
incremento de las armas científicas. Con tales armas, las operaciones bélicas
pueden producir destrucciones enormes e indiscriminadas, las cuales, por tanto,
sobrepasan excesivamente los límites de la legítima defensa.
Es más, si se empleasen a fondo estos medios, que ya se encuentran en los
depósitos de armas de las grandes naciones, sobrevendría la matanza casi plena y
totalmente recíproca de parte a parte enemiga, sin tener en cuanta las mil
devastaciones que parecerían en el mundo y los perniciosos efectos nacidos del
uso de tales armas.
Todo esto nos obliga a examinar la guerra con mentalidad totalmente nueva.
Sepan los hombres de hoy que habrán de dar muy seria cuanta de sus acciones
bélicas. Pues de sus determinaciones presentes dependerá en gran parte el curso
de los tiempos venideros.
Teniendo esto es cuenta, este Concilio, haciendo suyas las condenaciones de
la guerra mundial expresadas por los últimos Sumos Pontífices, declara:
Toda acción bélica que tienda indiscriminadamente a la destrucción de
ciudades enteras o de extensas regiones junto con sus habitantes, es un crimen
contra Dios y la humanidad que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones.
El riesgo característico de la guerra contemporánea está en que da ocasión a
los que poseen las recientes armas científicas para cometer tales delitos y con
cierta inexorable conexión puede empujar las voluntades humanas a
determinaciones verdaderamente horribles.
Para que esto jamás suceda en el futuro, los obispos de toda la tierra reunidos
aquí piden con insistencia a todos, principalmente a los jefes de Estado y a los
altos jefes del ejército, que consideren incesantemente tan gran responsabilidad
ante Dios y ante toda la humanidad.
La carrera de armamentos
81. Las armas científicas no se acumulan exclusivamente para el tiempo de
guerra. Puesto que la seguridad de la defensa se juzga que depende de la
capacidad fulminante de rechazar al adversario, esta acumulación de armas, que
se agrava por años, sirve de manera insólita para aterrar a posibles
adversarios. Muchos la consideran como el más eficaz de todos los medios para
asentar firmemente la paz entre las naciones.
Sea lo que fuere de este sistema de disuasión, convénzanse los hombres de que
la carrera de armamentos, a la que acuden tantas naciones, no es camino seguro
para conservar firmemente la paz, y que el llamado equilibrio de que ella
proviene no es la paz segura y auténtica.
De ahí que no sólo no se eliminan las causas de conflicto, sino que más bien se
corre el riesgo de agravarlas poco a poco. Al gastar inmensas cantidades en
tener siempre a punto nuevas armas, no se pueden remediar suficientemente tantas
miserias del mundo entero. En vez de restañar verdadera y radicalmente las
disensiones entre las naciones, otras zonas del mundo quedan afectadas por
ellas. Hay que elegir nuevas rutas que partan de una renovación de la mentalidad
para eliminar este escándalo y poder restablecer la verdadera paz, quedando el
mundo liberado de la ansiedad que le oprime.
Por lo tanto, hay que declarar de nuevo: la carrera de armamentos es la plaga
más grave de la humanidad y perjudica a los pobres de manera intolerable. Hay
que temer seriamente que, si perdura, engendre todos los estragos funestos cuyos
medios ya prepara.
Advertidos de las calamidades que el género humano ha hecho posibles,
empleemos la pausa de que gozamos, concedida de lo Alto, para, con mayor
conciencia de la propia responsabilidad, encontrar caminos que solucionen
nuestras diferencias de un modo más digno del hombre.
La Providencia divina nos pide insistentemente que nos liberemos de la antigua
esclavitud de la guerra. Si renunciáramos a este intento, no sabemos a dónde nos
llevará este mal camino por el que hemos entrado.
Prohibición absoluta de la guerra.
La acción internacional para evitar la guerra
82. Bien claro queda, por tanto, que debemos procurar con todas nuestras
fuerzas preparar un época en que, por acuerdo de las naciones, pueda ser
absolutamente prohibida cualquier guerra. Esto requiere el establecimiento de
una autoridad pública universal reconocida por todos, con poder eficaz para
garantizar la seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los
derechos. Pero antes de que se pueda establecer tan deseada autoridad es
necesario que las actuales asociaciones internacionales supremas se dediquen de
lleno a estudiar los medios más aptos para la seguridad común. La paz ha de
nacer de la mutua confianza de los pueblos y no debe ser impuesta a las naciones
por el terror de las armas; por ello, todos han de trabajar para que la carrera
de armamentos cese finalmente, para que comience ya en realidad la reducción de
armamentos, no unilateral, sino simultánea, de mutuo acuerdo, con auténticas y
eficaces garantías.
No hay que despreciar, entretanto, los intentos ya realizados y que aún se
llevan a cabo para alejar el peligro de la guerra. Más bien hay que ayudar la
buena voluntad de muchísimos que, aun agobiados por las enormes preocupaciones
de sus altos cargos, movidos por el gravísimo deber que les acucia, se
esfuerzan, por eliminar la guerra, que aborrecen, aunque no pueden prescindir de
la complejidad inevitable de las cosas. Hay que pedir con insistencia a Dios que
les dé fuerzas para perseverar en su intento y llevar a cabo con fortaleza esta
tarea de sumo amor a los hombres, con la que se construye virilmente la paz. Lo
cual hoy exige de ellos con toda certeza que amplíen su mente más allá de las
fronteras de la propia nación, renuncien al egoísmo nacional ya a la ambición de
dominar a otras naciones, alimenten un profundo respeto por toda la humanidad,
que corre ya, aunque tan laboriosamente, hacia su mayor unidad.
Acerca de los problemas de la paz y del desarme, los sondeos y conversaciones
diligente e ininterrumpidamente celebrados y los congresos internacionales que
han tratado de este asunto deben ser considerados como los primeros pasos para
solventar temas tan espinosos y serios, y hay que promoverlos con mayor urgencia
en el futuro para obtener resultados prácticos. Sin embargo, hay que evitar el
confiarse sólo en los conatos de unos pocos, sin preocuparse de la reforma en la
propia mentalidad. Pues los que gobiernan a los pueblos, que son garantes del
bien común de la propia nación y al mismo tiempo promotores del bien de todo el
mundo, dependen enormemente de las opiniones y de los sentimientos de las
multitudes. Nada les aprovecha trabajar en la construcción de la paz mientras
los sentimientos de hostilidad, de menos precio y de desconfianza, los odios
raciales y las ideologías obstinadas, dividen a los hombres y los enfrentan
entre sí. Es de suma urgencia proceder a una renovación en la educación de la
mentalidad y a una nueva orientación en la opinión pública. Los que se entregan
a la tarea de la educación, principalmente de la juventud, o forman la opinión
pública, tengan como gravísima obligación la preocupación de formar las mentes
de todos en nuevos sentimientos pacíficos. Tenemos todos que cambiar nuestros
corazones, con los ojos puestos en el orbe entero y en aquellos trabajos que
toso juntos podemos llevar a cabo para que nuestra generación mejore.
Que no nos engañe una falsa esperanza. Pues, si no se establecen en el futuro
tratados firmes y honestos sobre la paz universal una vez depuestos los odios y
las enemistades, la humanidad, que ya está en grave peligro, aun a pesar de su
ciencia admirable, quizá sea arrastrada funestamente a aquella hora en la que no
habrá otra paz que la paz horrenda de la muerte. Pero, mientras dice todo esto,
la Iglesia de Cristo, colocada en medio de la ansiedad de hoy, no cesa de
esperar firmemente. A nuestra época, una y otra vez, oportuna e importunamente,
quiere proponer el mensaje apostólico: Este es el tiempo aceptable para
que cambien los corazones, éste es el día de la salvación.
Sección 2.- Edificar la comunidad internacional
Causas y remedios de las discordias
83. Para edificar la paz se requiere ante todo que se desarraiguen las causas
de discordia entre los hombres, que son las que alimentan las guerras. Entre
esas causas deben desaparecer principalmente las injusticias. No pocas de éstas
provienen de las excesivas desigualdades económicas y de la lentitud en la
aplicación de las soluciones necesarias. Otras nacen del deseo de dominio y del
desprecio por las personas, y, si ahondamos en los motivos más profundos, brotan
de la envidia, de la desconfianza, de la soberbia y demás pasiones egoístas.
Como el hombre no puede soportar tantas deficiencias en el orden, éstas hacen
que, aun sin haber guerras, el mundo esté plagado sin cesar de luchas y
violencias entre los hombres. Como, además, existen los mismos males en las
relaciones internacionales, es totalmente necesario que, para vencer y prevenir
semejantes males y para reprimir las violencias desenfrenadas, las instituciones
internacionales cooperen y se coordinen mejor y más firmemente y se estimule sin
descanso la creación de organismos que promuevan la paz.
La comunidad de las naciones y las instituciones internacionales
84. Dados los lazos tan estrechos y recientes de mutua dependencia que hoy se
dan entre todos los ciudadanos y entre todos los pueblos de la tierra, la
búsqueda certera y la realización eficaz del bien común universal exigen que la
comunidad de las naciones se dé a sí misma un ordenamiento que responda a sus
obligaciones actuales, teniendo particularmente en cuanta las numerosas regiones
que se encuentran aún hoy en estado de miseria intolerable.
Para lograr estos fines, las instituciones de la comunidad internacional
deben, cada una por su parte, proveer a las diversas necesidades de los hombres
tanto en el campo de la vida social, alimentación, higiene, educación, trabajo,
como en múltiples circunstancias particulares que surgen acá y allá; por
ejemplo, la necesidad general que las naciones en vías de desarrollo sienten de
fomentar el progreso, de remediar en todo el mundo la triste situación de los
refugiados o ayudar a los emigrantes y a sus familias.
Las instituciones internacionales, mundiales o regionales ya existentes son
beneméritas del género humano. Son los primeros conatos de echar los cimientos
internaciones de toda la comunidad humana para solucionar los gravísimos
problemas de hoy, señaladamente para promover el progreso en todas partes y
evitar la guerra en cualquiera de sus formas. En todos estos campos, la Iglesia
se goza del espíritu de auténtica fraternidad que actualmente florece entre los
cristianos y los no cristianos, y que se esfuerza por intensificar continuamente
los intentos de prestar ayuda para suprimir ingentes calamidades.
La cooperación internacional en el orden económico
85. La actual unión del género humano exige que se establezca también una
mayor cooperación internacional en el orden económico. Pues la realidad es que,
aunque casi todos los pueblos han alcanzado la independencia, distan mucho de
verse libres de excesivas desigualdades y de toda suerte de inadmisibles
dependencias, así como de alejar de sí el peligro de las dificultades internas.
El progreso de un país depende de los medios humanos y financieros de que
dispone. Los ciudadanos deben prepararse, pro medio de la educación y de la
formación profesional, al ejercicio de las diversas funciones de la vida
económica y social. Para esto se requiere la colaboración de expertos
extranjeros que en su actuación se comporten no como dominadores, sino como
auxiliares y cooperadores. La ayuda material a los países en vías de desarrollo
no podrá prestarse si no se operan profundos cambios en las estructuras actuales
del comercio mundial. Los países desarrollados deberán prestar otros tipos de
ayuda, en forma de donativos, préstamos o inversión de capitales; todo lo cual
ha de hacerse con generosidad y sin ambición por parte del que ayuda y con
absoluta honradez por parte del que recibe tal ayuda.
Para establecer un auténtico orden económico universal hay que acabar con las
pretensiones de lucro excesivo, las ambiciones nacionalistas, el afán de
dominación política, los cálculos de carácter militarista y las maquinaciones
para difundir e imponer las ideologías. Son muchos los sistemas económicos y
sociales que hoy se proponen; es de desear que los expertos sepan encontrar en
ellos los principios básicos comunes de un sano comercio mundial. Ello será
fácil si todos y cada uno deponen sus prejuicios y se muestran dispuestos a un
diálogo sincero.
Algunas normas oportunas
86. Para esta cooperación parecen oportunas las normas siguientes:
a)
Los pueblos que están en vías de desarrollo entiendan bien que han de buscar
expresa y firmemente, como fin propio del progreso, la plena perfección humana
de sus ciudadanos. Tengan presente que el progreso surge y se acrecienta
principalmente por medio del trabajo y la preparación de los propios pueblos,
progreso que debe ser impulsado no sólo con las ayudas exteriores, sino ante
todo con el desenvolvimiento de las propias fuerzas y el cultivo de las dotes y
tradiciones propias. En esta tarea deben sobresalir quienes ejercen mayor
influjo sobre sus conciudadanos.
b) Por su parte, los pueblos ya desarrollados tienen la obligación gravísima
de ayudar a los países en vías de desarrollo a cumplir tales cometidos. Por lo
cual han de someterse a las reformas psicológicas y materiales que se requieren
para crear esta cooperación internacional. Busquen así, con sumo cuidado en las
relaciones comerciales con los países más débiles y pobres, el bien de estos
últimos, porque tales pueblos necesitan para su propia sustentación los
beneficios que logran con la venta de sus mercancías.
c) Es deber de la comunidad internacional regular y estimular el desarrollo
de forma que los bienes a este fin destinados sean invertidos con la mayor
eficacia y equidad. Pertenece también a dicha comunidad, salvado el principio de
la acción subsidiaria, ordenar las relaciones económicas en todo el mundo para
que se ajusten a la justicia. Fúndense instituciones capaces de promover y de
ordenar el comercio internacional, en particular con las naciones menos
desarrolladas, y de compensar los desequilibrios que proceden de la excesiva
desigualdad de poder entre las naciones. Esta ordenación, unida a otras ayudas
de tipo técnico, cultural o monetario, debe ofrecer los recursos necesarios a
los países que caminan hacia el progreso, de forma que puedan lograr
convenientemente el desarrollo de su propia economía.
d) En muchas ocasiones urge la necesidad de revisar las estructuras
económicas y sociales; pero hay que prevenirse frente a soluciones técnicas poco
ponderadas y sobre todo aquellas que ofrecen al hombre ventajas materiales, pero
se oponen a la naturaleza y al perfeccionamiento espiritual del hombre. Pues no
sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt
4,4). Cualquier parcela de la familia humana, tanto en sí misma como en sus
mejores tradiciones, lleva consigo algo del tesoro espiritual confiado por Dios
a la humanidad, aunque muchos desconocen su origen.
Cooperación internacional en lo tocante al crecimiento demográfico
87. Es sobremanera necesaria la cooperación internacional en favor de
aquellos pueblos que actualmente con harta frecuencia, aparte de otras muchas
dificultades, se ven agobiados por la que proviene del rápido aumento de su
población. Urge la necesidad de que, por medio de una plena e intensa
cooperación de todos los países, pero especialmente de los más ricos, se halle
el modo de disponer y de facilitar a toda la comunidad humana aquellos bienes
que son necesarios para el sustento y para la conveniente educación del hombre.
Son varios los países que podrían mejorar mucho sus condiciones de vida si
pasaran, dotados de la conveniente enseñanza, de métodos agrícolas arcaicos al
empleo de las nuevas técnicas, aplicándolas con la debida prudencia a sus
condiciones particulares una vez que se haya establecido un mejor orden social y
se haya distribuido más equitativamente la propiedad de las tierras.
Los gobiernos respectivos tienen derechos y obligaciones, en lo que toca a
los problemas de su propia población, dentro de los límites de su específica
competencia. Tales son, por ejemplo, la legislación social y la familiar, la
emigración del campo a la ciudad, la información sobre la situación y
necesidades del país. Como hoy la agitación que en torno a este problema sucede
a los espíritus es tan intensa, es de desear que los católicos expertos en todas
estas materias, particularmente en las universidades, continúen con intensidad
los estudios comenzados y los desarrollen cada vez más.
Dado que muchos afirman que el crecimiento de la población mundial, o al
menos el de algunos países, debe frenarse por todos los medios y con cualquier
tipo de intervención de la autoridad pública, el Concilio exhorta a todos a que
se prevenga frente a las soluciones, propuestas en privado o en público y a
veces impuestas, que contradicen a la moral. Porque, conforme al inalienable
derecho del hombre al matrimonio y a la procreación, la decisión sobre el número
de hijos depende del recto juicio de los padres, y de ningún modo puede
someterse al criterio de la autoridad pública. Y como el juicio de los padres
requiere como presupuesto una conciencia rectamente formada, es de gran
importancia que todos puedan cultivar una recta y auténticamente humana
responsabilidad que tenga en cuanta la ley divina, consideradas las
circunstancias de la realidad y de la época. Pero esto exige que se mejoren en
todas partes las condiciones pedagógicas y sociales y sobre todo que se dé una
formación religiosa o, al menos, una íntegra educación moral. Dése al hombre
también conocimiento sabiamente cierto de los progresos científicos con el
estudio de los métodos que pueden ayudar a los cónyuges en la determinación del
número de hijos, métodos cuya seguridad haya sido bien comprobada y cuya
concordancia con el orden moral esté demostrada.
Misión de los cristianos en la cooperación internacional
88. Cooperen gustosamente y de corazón los cristianos en la edificación del
orden internacional con la observancia auténtica de las legítimas libertades y
la amistosa fraternidad con todos, tanto más cuanto que la mayor parte de la
humanidad sufre todavía tan grandes necesidades, que con razón puede decirse que
es el propio Cristo quien en los pobres levanta su voz para despertar la caridad
de sus discípulos. Que no sirva de escándalo a la humanidad el que algunos
países, generalmente los que tienen una población cristiana sensiblemente
mayoritaria, disfrutan de la opulencia, mientras otros se ven privados de lo
necesario para la vida y viven atormentados por el hambre, las enfermedades y
toda clase de miserias. El espíritu de pobreza y de caridad son gloria y
testimonio de la Iglesia de Cristo.
Merecen, pues, alabanza y ayuda aquellos cristianos, en especial jóvenes, que
se ofrecen voluntariamente para auxiliar a los demás hombres y pueblos. Más aún,
es deber del Pueblo de Dios, y los primeros los Obispos, con su palabra y
ejemplo, el socorrer, en la medida de sus fuerzas, las miserias de nuestro
tiempo y hacerlo, como era ante costumbre en la Iglesia, no sólo con los bienes
superfluos, sino también con los necesarios.
El modo concreto de las colectas y de los repartos, sin que tenga que ser
regulado de manera rígida y uniforme, ha de establecerse, sin embargo, de modo
conveniente en los niveles diocesano, nacional y mundial, unida, siempre que
parezca oportuno, la acción de los católicos con la de los demás hermanos
cristianos. Porque el espíritu de caridad en modo alguno prohíbe el ejercicio
fecundo y organizado de la acción social caritativa, sino que lo impone
obligatoriamente. Por eso es necesario que quienes quieren consagrarse al
servicio de los pueblos en vías de desarrollo se formen en instituciones
adecuadas.
Presencia eficaz de la Iglesia en la comunidad internacional
89. La Iglesia, cuando predica, basada en su misión divina, el Evangelio a
todos los hombres y ofrece los tesoros de la gracia, contribuye a la
consolidación de la paz en todas partes y al establecimiento de la base firme de
la convivencia fraterna entre los hombres y los pueblos, esto es, el
conocimiento de la ley divina y natural. Es éste el motivo de la absolutamente
necesaria presencia de la Iglesia en la comunidad de los pueblos para fomentar e
incrementar la cooperación de todos, y ello tanto por sus instituciones públicas
como por la plena y sincera colaboración de los cristianos, inspirada pura y
exclusivamente por el deseo de servir a todos.
Este objetivo podrá alcanzarse con mayor eficacia si los fieles, conscientes
de su responsabilidad humana y cristiana, se esfuerzan por despertar en su
ámbito personal de vida la pronta voluntad de cooperar con la comunidad
internacional. En esta materia préstese especial cuidado a la formación de la
juventud tanto en la educación religiosa como en la civil.
Participación del cristiano en las instituciones internacionales
90. Forma excelente de la actividad internacional de los cristianos es, sin
duda, la colaboración que individual o colectivamente prestan en las
instituciones fundadas o por fundar para fomentar la cooperación entre las
naciones. A la creación pacífica y fraterna de la comunidad de los pueblos
pueden servir también de múltiples maneras las varias asociaciones católicas
internacionales, que hay que consolidar aumentando el número de sus miembros
bien formados, los medios que necesitan y la adecuada coordinación de energías.
La eficacia en la acción y la necesidad del diálogo piden en nuestra época
iniciativas de equipo. Estas asociaciones contribuyen además no poco al
desarrollo del sentido universal, sin duda muy apropiado para el católico, y a
la formación de una conciencia de la genuina solidaridad y responsabilidad
universales.
Es de desear, finalmente, que los católicos, para ejercer como es debido su
función en la comunidad internacional, procuren cooperar activa y positivamente
con los hermanos separados que juntamente con ellos practican la caridad
evangélica, y también con todos los hombres que tienen sed de auténtica paz.
El Concilio, considerando las inmensas calamidades que oprimen todavía a la
mayoría de la humanidad, para fomentar en todas partes la obra de la justicia y
el amor de Cristo a los pobres juzga muy oportuno que se cree un organismo
universal de la Iglesia que tenga como función estimular a la comunidad católica
para promover el desarrollo a los países pobres y la justicia social
internacional.
CONCLUSIÓN
Tarea de cada fiel y de las Iglesias particulares
91. Todo lo que, extraído del tesoro doctrinal de la Iglesia, ha propuesto el
Concilio, pretende ayudar a todos los hombres de nuestros días, a los que creen
en Dios y a los que no creen en El de forma explícita, a fin de que, con la más
clara percepción de su entera vocación, ajusten mejor el mundo a la superior
dignidad del hombre, tiendan a una fraternidad universal más profundamente
arraigada y, bajo el impulso del amor, con esfuerzo generoso y unido, respondan
a las urgentes exigencias de nuestra edad.
Ante la inmensa diversidad de situaciones y de formas culturales que existen
hoy en el mundo, esta exposición, en la mayoría de sus partes, presenta
deliberadamente una forma genérica; más aún, aunque reitera la doctrina recibida
en la Iglesia, como más de una vez trata de materias sometidas a incesante
evolución, deberá ser continuada y aplicada en el futuro. Confiamos, sin
embargo, que muchas de las cosas que hemos dicho, apoyados en la palabra de Dios
y en el espíritu del Evangelio, podrán prestar a todos valiosa ayuda, sobre todo
una vez que la adaptación a cada pueblo y a cada mentalidad haya sido llevada a
cabo por los cristianos bajo la dirección de los pastores.
El diálogo entre todos los hombres
92. La Iglesia, en virtud de la misión que tiene de iluminar a todo el orbe
con el mensaje evangélico y de reunir en un solo Espíritu a todos los hombres de
cualquier nación, raza o cultura, se convierte en señal de la fraternidad que
permite y consolida el diálogo sincero.
Lo cual requiere, en primer lugar, que se promueva en el seno de la Iglesia
la mutua estima, respeto y concordia, reconociendo todas las legítimas
diversidades, para abrir, con fecundidad siempre creciente, el diálogo entre
todos los que integran el único Pueblo de Dios, tanto los pastores como los
demás fieles. Los lazos de unión de los fieles son mucho más fuertes que los
motivos de división entre ellos. Haya unidad en lo necesario, libertad en lo
dudoso, caridad en todo.
Nuestro espíritu abraza al mismo tiempo a los hermanos que todavía no viven
unidos a nosotros en la plenitud de comunión y abraza también a sus comunidades.
Con todos ellos nos sentimos unidos por la confesión del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo y por el vínculo de la caridad, conscientes de que la unidad de
los cristianos es objeto de esperanzas y de deseos hoy incluso por muchos que no
creen en Cristo. Los avances que esta unidad realice en la verdad y en la
caridad bajo la poderosa virtud y la paz para el universo mundo. Por ello, con
unión de energías y en formas cada vez más adecuadas para lograr hoy con
eficacia este importante propósito, procuremos que, ajustándonos cada vez más al
Evangelio, cooperemos fraternalmente para servir a la familia humana, que está
llamada en Cristo Jesús a ser la familia de los hijos de Dios.
Nos dirigimos también por la misma razón a todos los que creen en Dios y
conservan en el legado de sus tradiciones preciados elementos religiosos y
humanos, deseando que el coloquio abierto nos mueva a todos a recibir fielmente
los impulsos del Espíritu y a ejecutarlos con ánimo alacre.
El deseo de este coloquio, que se siente movido hacia la verdad por impulso
exclusivo de la caridad, salvando siempre la necesaria prudencia, no excluye a
nadie por parte nuestra, ni siquiera a los que cultivan los bienes esclarecidos
del espíritu humano, pero no reconocen todavía al Autor de todos ellos. Ni
tampoco excluye a aquellos que se oponen a la Iglesia y la persiguen de varias
maneras. Dios Padre es el principio y el fin de todos. Por ello, todos estamos
llamados a ser hermanos. En consecuencia, con esta común vocación humana y
divina, podemos y debemos cooperar, sin violencias, sin engaños, en verdadera
paz, a la edificación del mundo.
Edificación del mundo y orientación de éste a Dios
93. Los cristianos recordando la palabra del Señor: En esto conocerán todos
que sois mis discípulos, en el amor mutuo que os tengáis (Io 13,35), no
pueden tener otro anhelo mayor que el de servir con creciente generosidad y con
suma eficacia a los hombres de hoy. Por consiguiente, con la fiel adhesión al
Evangelio y con el uso de las energías propias de éste, unidos a todos los que
aman y practican la justicia, han tomado sobre sí una tarea ingente que han de
cumplir en la tierra, y de la cual deberán responder ante Aquel que juzgará a
todos en el último día. No todos los que dicen: "¡Señor, Señor!", entrarán en el
reino de los cielos, sino aquellos que hacen la voluntad del Padre y ponen manos
a la obra. Quiere el Padre que reconozcamos y amemos efectivamente a Cristo,
nuestro hermano, en todos los hombres, con la palabra y con las obras, dando así
testimonio de la Verdad, y que comuniquemos con los demás el misterio del amor
del Padre celestial. Por esta vía, en todo el mundo los hombres se sentirán
despertados a una viva esperanza, que es don del Espíritu Santo, para que, por
fin, llegada la hora, sean recibidos en la paz y en la suma bienaventuranza en
la patria que brillará con la gloria del Señor.
"Al que es poderoso para hacer que copiosamente abundemos más de lo que
pedimos o pensamos, en virtud del poder que actúa en nosotros, a El sea la
gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús, en todas las generaciones, por los
siglos de los siglos. Amén." (Eph 3,20-21).
Todas y cada una de las cosas que en esta Constitución pastoral se incluyen
han obtenido el beneplácito de los Padres del sacrosanto Concilio. Y Nos, en
virtud de la autoridad apostólica a Nos confiada por Cristo, todo ello,
juntamente con los venerables Padres, lo aprobamos en el Espíritu Santo,
decretamos y establecemos, y ordenamos que se promulgue, para gloria de Dios,
todo los aprobado conciliarmente.
Roma, en San Pedro, 7 de diciembre de 1965.
Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia católica.
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